Cuando baje el sol de enero (estaciones #1)

34. Cuesta abajo y sin frenos

Como empezaba a ser costumbre en los últimos meses, la semana pasó a toda velocidad entre la dinámica incesante de prácticas, clases y estudio. Tras la críptica conversación de aquel domingo, Beni no volvió a hacer mención a su futura confesión, ni en persona ni por el móvil, así que Lorena trató de elucubrar lo menos posible mientras sentía cómo su relación se afianzaba día a día, como si fuese lo más natural del mundo.

El alto rubio era más cariñoso, atento y divertido de lo que la joven recordaba que Víctor hubiese sido nunca, con lo que cada segundo juntos le parecía un sueño hecho realidad.

El día del cumpleaños, para su ligera decepción, al final no pudieron quedar hasta bien entrada la tarde porque Beni tenía que terminar un trabajo para la facultad que había descuidado y debía entregar el lunes siguiente. Aun así, su rostro se iluminó con la misma alegría de siempre cuando por fin se encontraron en su rincón frente al BodyFit, a escasos pasos del metro, justo antes de fundir sus labios en un beso tan intenso que casi borró de un plumazo el frío a su alrededor.

—Eh, hola, ratita —susurró el joven, tierno.

—Hola, ratón. Felicidades —repuso ella en el mismo tono, sin soltar las manos de su cuello.

—Gracias —sonrió él, a juego con ella, antes de tomar su cintura con mimo—. Vamos, anda, que me pelo de frío —afirmó, para diversión de su acompañante—. ¿Lista para probar el mejor restaurante japonés de Madrid?

—Mientras no sea solo pescado crudo… —incidió Lorena, torciendo apenas el gesto.

Beni se rio con naturalidad.

—Tranquila, este sitio tiene bastantes más cosas cocinadas… —le aseguró—, aunque sé que acabarás cayendo —agregó enseguida, con aire conspirador.

Lorena sacudió la cabeza, pero prefirió dejar pasar la discusión y, en cambio, se dejó conducir sin más quejas hacia el centro de Madrid. Como todavía tenían tiempo hasta la hora de la reserva, y el mentado sitio se encontraba en una de las calles más turísticas cerca de la Puerta del Sol, la pareja paseó desde su barrio hasta allí sin prisa; todo mientras charlaban y reían con la tranquilidad que dan los meses de conocerse y confiar ya bastante el uno en el otro.

Aun así, cuando llegaron, la joven comprobó que el “Tokyo” no era lo que habría esperado de un japonés en zona turística. En realidad, era un local no demasiado grande, pero decorado con recato y objetos tradicionales que llamaron mucho la atención de Lorena. Aparte, como de costumbre cuando él elegía dónde ir, Beni se ocupó de guiarla con paciencia y amor a través de la carta para que pudiera evitar lo que ambos sabían que no le gustaba… Al menos, hasta ese día.

Y es que, a pesar de lo que le había dicho unas horas antes, en un momento dado Lorena tuvo que admitir que la curiosidad había podido con ella, y acabó probando lo que parecía una bolita de arroz alargada con salmón encima, apenas pasado por el fuego. No era pescado crudo estrictamente, pero tuvo que admitir que el sabor la sorprendió para bien. Su novio parecía casi ufano por ello.

De cualquier forma, solo cuando terminaron de comer se atrevió por fin a tantear el terreno con suavidad y retomar un tema que, sin querer, la carcomía por dentro desde la semana anterior.

—Bueno, pues…

—¿Qué?

Su tono era curioso, nada violento. A pesar de eso, a la joven todavía le costó un par de segundos vocalizar lo que pasaba por su cabeza.

—No sé —se animó al fin, comedida—. Es solo que estoy intrigada por lo del secreto que me dijiste el otro día —comentó. Aun así, al ver su rostro cambiar de golpe a una súbita seriedad, Lorena se tensó y agregó de carrerilla—: Pero no tengo ninguna prisa, de verdad. No si tú no te sientes cómodo.

Para su ligera ansiedad, Beni resopló, pero no parecía molesto. Solo… cansado, por alguna razón que Lorena no lograba discernir aún.

—No es eso, ratita. Es que… hace tanto que no hablo con nadie de ello que casi no sé ni por dónde empezar —reconoció entonces, para cierta extrañeza de la joven.

—No te preocupes, de verdad —aseguró ella de inmediato, alzando las manos en un gesto de rendición sincera—. Está bien si no quieres hablar de ello.

Beni, por su parte, pareció reflexionar durante unos instantes antes de volver a abrir la boca:

—La verdad es que pasó hace mucho tiempo, pero reconozco que es algo que me dejó marcado —explicó, sucinto—. Y tampoco es que mi padre haya querido nunca volver a sacarlo a relucir, pero… es algo que creo que necesito soltar en algún momento.

Lorena asintió y se inclinó apenas sobre la mesa hacia él.

—Te escucho —aseguró, honesta.

Su novio, por su lado, la observó con lo que parecía cierta precaución en los ojos jaspeados. Sin embargo, tardó poco en imitar su posición e inspirar hondo para comenzar el relato.

—Creo que esto no te lo he mencionado nunca tampoco, pero… mi padre tenía una hermana mayor, hace tiempo.

Lorena negó con la cabeza, al tiempo que un extraño escalofrío ascendía por su espalda al intuir por qué hablaba en pasado.

—¿Qué pasó? —quiso saber, sin alzar la voz.

Beni suspiró como primera respuesta.




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