La lluvia comenzó como un murmullo lejano, apenas un susurro constante sobre las tejas del tejado de la escuela. Amelia se detuvo en seco, su mano aún apoyada sobre el picaporte de la sala de maestros. Algo en ese sonido, en ese ritmo pausado y monótono del agua, le erizó la piel como un presagio. Era un sonido familiar, pero también extraño, como un latido suave que recordaba pero que no lograba entender del todo.
Desde la ventana empañada, vio a Liam parado bajo un alero. El niño tenía cinco años, pero sus gestos eran demasiado contenidos para alguien tan pequeño, demasiado medidos y serenos. Observaba el cielo gris con una expresión grave, casi adulta, que parecía no pertenecerle. La lluvia no lo tocaba, porque el alero lo protegía, pero tampoco parecía importarle que estuviera allí, solo, en silencio. Amelia sintió un estremecimiento profundo, como si un frío dulce y ajeno le recorriera la espalda.
—Amelia.
La voz de Martín la sacó de su ensoñación. Entró en la sala con su típico andar tranquilo, el abrigo negro ligeramente humedecido y los lentes empañados por el contraste entre el frío de la calle y el calor de la sala. Su presencia era calmante, un ancla en medio del desconcierto.
—Hola —respondió Amelia, demasiado rápido, con la garganta seca.
Martín se quitó la bufanda con cuidado, sacudiendo unas gotas de lluvia que caían en pequeñas perlas sobre el suelo. Luego se acercó a la ventana, junto a ella, y sus ojos se posaron en Liam.
—Está solo otra vez —dijo en voz baja, observando al niño.
Amelia asintió.
—Le gusta el silencio. A veces creo que escucha cosas que nosotros no.
Martín la observó, sin prisa, sin juzgar. Su mirada tenía algo cálido, como si entendiera más de lo que decía, como si también guardara secretos de otros silencios.
—¿Quieres un café? —preguntó, y Amelia asintió, agradecida por ese gesto sencillo.
Mientras el aroma amargo del café recién hecho llenaba la sala, Amelia hojeó un cuaderno que encontró sobre la mesa. Era el cuaderno de Liam. Allí, entre dibujos infantiles y garabatos, había figuras extrañas: relojes sin manecillas, pájaros sin alas, puertas que no conducían a ningún lugar visible. En una esquina, escrita con letra temblorosa, estaba la palabra "Gabriel".
El corazón de Amelia dio un salto brusco.
—Él me dijo que se llama Liam. Pero a veces... —su voz se quebró, susurró sin atreverse a terminar la frase.
Martín se acercó, sus ojos fijos en ella.
—¿Gabriel?
Ella asintió lentamente, sin palabras. El café ya no importaba. Algo invisible se había activado en el aire. Un eco, una vibración antigua que despertaba recuerdos enterrados.
(...)
Aquella tarde, cuando los pasillos quedaron vacíos y la escuela empezó a quedarse en silencio, Amelia decidió quedarse un rato más. Liam apareció junto a ella, caminando con pasos ligeros, casi etéreos, como si supiera que ella lo esperaba.
—Estás triste hoy —dijo con la sinceridad inocente de un niño.
—No estoy triste —replicó Amelia, intentando mantener firme su voz.
—Tienes miedo. Está justo ahí —señaló su pecho con un dedito pequeño.
Amelia lo miró, desconcertada. Nunca había hablado de ese miedo con nadie. No desde aquella noche oscura en su adolescencia cuando su madre cerró la puerta con llave y ella se quedó sola con el corazón en un puño. No desde la vez que decidió que no lloraría nunca más.
Liam ladeó la cabeza, curioso y serio al mismo tiempo.
—Cuando tengas menos miedo, me voy a ir. Pero no estarás sola. Gabriel se quedará contigo.
Amelia sintió un nudo en la garganta. Era solo un niño, pero sus palabras tenían un peso extraño, una sabiduría que no correspondía a sus años.
—¿Dónde está tu familia, Liam? —preguntó, aferrándose a la normalidad.
—Me estaban esperando, pero llegué a otro lugar primero. Quizás todavía no es tiempo de ir con ellos.
—No entiendo.
—No hace falta. Aún no.
(...)
Martín se ofreció a llevarla a casa cuando la lluvia se intensificó. El viaje fue breve, acompasado por el tamborileo constante de las gotas sobre el parabrisas. En la radio sonaba una canción melancólica, hablaba de trenes que parten y estaciones vacías. Amelia bajó la mirada, sintiéndose, de repente, como esa estación solitaria.
Liam, dormido desde hacía un rato, recostaba la cabeza contra la ventana del asiento trasero. Su respiración era lenta y profunda, los puños cerrados, y el ceño apenas fruncido, como si estuviera alerta incluso en sueños. Amelia giró la cabeza para observarlo con cuidado, sintiendo que su pequeño cuerpo era mucho más frágil y liviano de lo que imaginaba.
Cuando llegaron, Martín no apagó el motor de inmediato.
—Hay algo en ese niño. No solo raro. Es... inquietante. Pero también hermoso.
Ella asintió, sin apartar la mirada de Liam.
—Me recuerda a algo. O a alguien. Como si ya lo hubiera visto antes, pero no sé cuándo.
Martín la miró un instante más, en silencio. Sin decir palabra, le tomó la mano por un segundo. El contacto fue leve, respetuoso, pero dejó una estela cálida que pareció calmar el viento de dudas en su pecho. Cuando la soltó, ambos fingieron que nada había pasado.
Amelia bajó del auto con cuidado, abrió la puerta trasera y cargó a Liam en brazos. Su cuerpo pequeño se acomodó contra su hombro, dormido y tranquilo. Lo sintió más liviano de lo que había esperado, y su corazón latía agitado por muchas razones que todavía no sabía cómo explicar.
Ya en su dormitorio, abrió un viejo cajón. Dentro encontró fotos, cartas sin terminar, una medalla de la escuela secundaria y una hoja amarillenta, doblada con cuidado. Era un dibujo de cuando tenía seis años: un ángel pequeño, con ojos demasiado grandes para su rostro infantil. Abajo, escrita con su caligrafía de niña, estaba una palabra: Gabriel.
(...)
Esa noche, los sueños no le dieron descanso. Vio a su padre joven, sin el ceño fruncido, con una sonrisa amable. Estaban en el jardín, y él le enseñaba a andar en bicicleta. Pero la imagen se quebraba como cristal, rota por un grito y el cierre de una puerta con llave. El eco de una palabra prohibida resonaba en sus oídos.