Cuando brillen las estrellas

Capítulo 43

El sol de otoño se filtraba con suavidad por las ventanas del salón, proyectando sombras doradas sobre el suelo de madera recién lustrado. El aire olía a torta de vainilla y chocolate, y en el centro de la mesa principal había un pastel decorado con estrellas, planetas y una pequeña figura de un astronauta sonriente. Los colores vivos de los globos y serpentinas parecían casi bailar al ritmo de una música lejana que solo ellos escuchaban. Sobre la mesa, los platos de colores, los gorros de cartón y las serpentinas anunciaban una sola cosa: Gabriel estaba cumpliendo seis años.

Amelia había comenzado con los preparativos desde hacía semanas. Cada detalle había sido elegido con amor: los colores preferidos de Gabriel, sus dibujos colgados en guirnaldas hechas a mano, los globos formando el número seis sobre la chimenea, y hasta un pequeño cartel con letras brillantes que decía “Feliz cumpleaños, campeón”. Martín, por su parte, se había encargado de la organización logística con el entusiasmo de un niño: contrató un pequeño espectáculo de magia, organizó una búsqueda del tesoro con pistas escondidas por toda la casa, y hasta consiguió una piñata con forma de cohete espacial que colgaba del techo del jardín, esperando ser rota a golpes por las risas y gritos de los niños invitados.

Gabriel se despertó ese día antes que todos, con los ojos grandes de emoción, como si la noche no hubiera sido suficiente para contener tantas ganas de festejar. Saltó de la cama con una energía que parecía inagotable y corrió hasta la habitación de Amelia y Martín, donde se tiró entre ambos como si fuera aún más pequeño de lo que ya era, buscando el refugio que solo ellos podían darle.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Hoy es mi cumple! —exclamó, envolviéndolos a ambos en un abrazo apretado que casi los derriba.

—¡Lo sabemos! —respondió Martín entre risas, haciéndole cosquillas que provocaron carcajadas en Gabriel.

Amelia le besó la mejilla con ternura, observándolo con una mezcla de orgullo y amor que le humedeció los ojos. Se veía más alto, más despierto, con esa mezcla de dulzura y firmeza que ya empezaba a definir su pequeño mundo.

—¿Cómo quieres pasar tu día? —le preguntó ella, acariciándole el cabello con suavidad.

Gabriel pensó un segundo. Luego bajó la mirada y abrió su puño con cuidado. En su palma, como cada día desde hacía meses, descansaba la pequeña piedra que había encontrado en su jardín. Su guía, como la llamaba él.

—Quiero que vayamos al jardín donde cayó —dijo con una sonrisa tímida, casi un suspiro—. Quiero empezar ahí. Después podemos hacer todo lo demás.

Amelia intercambió una mirada con Martín. Era un pedido simple, pero cargado de significado. Asintieron con calma, sabiendo que ese pequeño ritual era más importante que cualquier fiesta.

Asintieron, y los tres salieron juntos al jardín de la casa. El aire fresco les acariciaba el rostro mientras caminaban entre los árboles y las flores, bajo un cielo que empezaba a tornarse gris, presagio suave de lluvia. El césped aún conservaba gotas de rocío que brillaban como diminutas estrellas caídas. Gabriel se detuvo frente a un pequeño rincón cubierto de hojas húmedas y ramas caídas. Se arrodilló con cuidado, como si el lugar mismo guardara secretos invisibles. Colocó la piedra sobre la tierra, mirando hacia el horizonte con una mezcla de esperanza, solemnidad y un pequeño brillo de niño que todavía soñaba.

—Gracias —susurró Gabriel, abriendo los ojos—. Por cuidarme. Por estar conmigo. Aunque ya no te vea tanto, sé que estás.

Amelia no preguntó a quién le hablaba; no hacía falta. Desde aquella despedida en Córdoba, Gabriel había aprendido a vivir sin Cosmo, sin Liam, sin las voces del pasado que lo habían acompañado y a la vez lastimado. Pero la piedra seguía allí, como un puente invisible entre lo que fue y lo que ahora construía, entre el dolor y la esperanza.

Martín puso una mano en el hombro de Gabriel, que levantó la vista y le regaló una sonrisa tímida. Amelia se acercó y lo abrazó con suavidad, transmitiéndole toda la fortaleza que un niño de seis años necesitaba para crecer.

Después de ese instante, el día se llenó de risas, juegos y una alegría sencilla y pura que parecía envolver todo el aire. Había canciones infantiles que se repetían entre los niños y los adultos, globos de colores por todos lados y un mago que, con sus trucos y bromas, hizo aparecer una paloma blanca de una caja vacía, provocando gritos y aplausos sorprendidos.

Gabriel corría por todos lados, con la piedra ahora guardada en su bolsillo, como un secreto feliz que no necesitaba compartir para que le diera fuerza. Tenía pintura en las manos por una actividad de arte que lo manchó de azul y amarillo, el rostro manchado de torta y los ojos brillantes de emoción. Sus risas resonaban, claras y alegres, como campanas en la tarde que parecía no tener fin.

En un momento, Amelia lo vio detenerse bajo un árbol del jardín. Tenía una ramita en la mano y dibujaba algo en la tierra húmeda, concentrado, con la lengua afuera, como hacía cuando se esforzaba en algo. Se acercó sin hacerlo notar, y vio que era un círculo con pequeños puntos a su alrededor, como un sistema solar, perfectamente imperfecto. En el centro había una letra “G”, marcada con una ramita.

—¿Qué haces, amor? —le preguntó suavemente, sin querer interrumpir su concentración.

Gabriel levantó la vista y la miró con una sonrisa traviesa.

—Estoy dibujando mi universo —respondió—. Este es el mío.

Amelia sintió un nudo en la garganta, pero no de tristeza. Era asombro, era amor, era orgullo. Porque ese niño, que alguna vez llegó a su vida con un alma compartida y una historia quebrada, ahora construía el suyo propio. Desde cero. Desde el amor.

Cuando cayó la noche, luego de la piñata que estalló en un torbellino de colores y risas, y de abrir los regalos (entre ellos, un pequeño telescopio que lo dejó sin aliento y con la mente llena de estrellas), Gabriel se acurrucó en el sofá con una manta sobre las piernas. Martín y Amelia se sentaron a su lado, cada uno tomando una mano pequeña y cálida.




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