✨️EXTRA CUENTO CORTO✨️
La niña del abrigo amarillo
Cada tarde, don Ernesto sacaba su silla de madera al porche y se quedaba allí, viendo cómo el viento jugaba con las hojas. Era viudo, viejo y un poco gruñón, pero nadie en el pueblo dudaba que su corazón aún latía fuerte... solo que se le había olvidado cómo demostrarlo.
Una tarde, mientras tomaba su té de menta, la vio.
Una niña, sola, sentada en el columpio oxidado del parque frente a su casa. Llevaba un abrigo amarillo canario, un sombrero con orejitas y botas de lluvia que no hacían ruido.
No era de allí. Lo habría recordado. El pueblo no era tan grande como para que una niña apareciera de la nada.
La observó varios días. Siempre llegaba al atardecer y se iba cuando se encendían las primeras farolas. Nunca hablaba. Solo dibujaba cosas en el aire, como si cosiera estrellas invisibles con sus dedos.
Una noche, el viejo Ernesto cruzó la calle con esfuerzo. Le ofreció una galleta de avena.
—No deberías estar sola —le dijo, con voz áspera.
—No estoy sola —respondió la niña, sin dejar de mirar el cielo.
—¿Y con quién estás?
—Con ella.
Ernesto siguió su mirada. No había nadie. Solo el banco vacío y una luciérnaga que titilaba cerca.
—¿Quién es "ella"?
—Mi hermana. Viene conmigo para que no se te olvide.
—¿Que no me olvide qué?
La niña giró al fin hacia él. Tenía los ojos idénticos a los de su esposa cuando leía poesía en la cocina: serenos, profundos, imposibles de ignorar.
—Que aún puedes querer a alguien —dijo—. Y que no estás tan solo como crees.
Antes de que Ernesto pudiera responder, una ráfaga de viento lo obligó a cerrar los ojos. Cuando los abrió, el columpio estaba vacío.
Solo quedaban las marcas de dos pares de botas pequeñas en la tierra húmeda.
Desde esa noche, el columpio ya no chirría. Ernesto se ríe más. Y cada tanto, cuando el cielo se tiñe de naranja, deja una galleta de avena en el porche, por si acaso.
Por si regresa la niña del abrigo amarillo.