Cuando Darlo Todo Significa Quedarte Sin Nada

CAPÍTULO 2. Las siete de la mañana.

La primera vez que pensé que Hugo podía convertirse en un problema, Alejandro dormía a pocos metros de nosotros.

Hugo era su mejor amigo.

Yo seguía siendo la mujer con la que Alejandro había construido una vida.

Y no había ocurrido nada.

No nos habíamos tocado. No había una frase que no pudiéramos repetir delante de él ni un gesto concreto del que sentirnos culpables. Solo dos vasos sobre la mesa de la cocina y una conversación que ninguno de los dos parecía dispuesto a terminar.

Eso era precisamente lo inquietante.

Habían pasado muchos años desde aquella tarde en la terraza del Codicia. Los suficientes para que yo hubiera aprendido a bajar la voz sin darme cuenta y a confundir la ausencia de una discusión con la tranquilidad. Por eso quizá me sorprendió tanto encontrarme despierta de verdad a aquellas horas, riéndome con un hombre al que durante mucho tiempo apenas había mirado.

La noche no estaba destinada a ser importante.

Por eso lo fue.

Habíamos cenado en casa. Nada especial: varias personas alrededor de una mesa demasiado pequeña, platos desordenados, música baja y conversaciones superpuestas. Hugo había llegado el último y, como siempre, consiguió que pareciera que la reunión empezaba con él.

Alejandro se retiró poco después de la una.

—Yo me voy a la cama —dijo, dejando un beso rápido sobre mi cabeza.

No estaba enfadado. No había tensión. Conocía a Hugo mejor que nadie y confiaba en él. También confiaba en mí.

Los demás se habían marchado ya. Hugo levantó el vaso.

—Me termino esto y tiro.

—Claro.

Ninguno de los dos preguntó cuánto tardaba exactamente en terminarse un cubata.

Recogí los platos mientras él permanecía sentado en la cocina. Encendí un cigarro junto a la ventana y Hugo acercó el cenicero sin que tuviera que pedírselo. Empezamos hablando de la cena. Después de una persona del grupo. Después de sus hijos, de una decisión que aún no sabía cómo tomar y de la facilidad con la que la gente opina sobre una vida desde fuera.

—Todos creen que me da igual todo —dijo.

—Ayudas bastante a que lo crean.

—¿Por qué?

—Porque te ríes hasta de los cuadros.

Miró el que teníamos colgado junto a la puerta. Estaba ligeramente torcido.

—Es que ese cuadro se lo merece.

Me reí.

Él también.

La conversación cambió de dirección tantas veces que dejó de importar cómo había comenzado. Hugo podía pasar de una historia absurda a una confesión sin que se notara el salto. Me hacía reír y, justo cuando yo bajaba la guardia, preguntaba algo que nadie me había preguntado antes.

—¿Y tú qué haces cuando estás mal?

—Arreglo lo de los demás.

—Eso no te lo he preguntado.

Me quedé mirándolo.

—Ya.

No insistió. Esperó.

Aquella espera fue más íntima que muchas preguntas.

Le hablé de cosas que no pensaba contar. No de grandes secretos, sino de ese cansancio que cuesta explicar porque está formado por demasiadas pequeñas decepciones. Hugo no interrumpió para defender a Alejandro. Tampoco aprovechó para criticarlo. Escuchó.

De verdad.

Cuando terminé, recordó algo que yo había dicho meses antes en mitad de otra conversación.

—Entonces aquello venía de aquí.

Sentí una sorpresa casi física.

—¿Te acuerdas de eso?

—Claro.

Lo dijo como si recordar fuera lo normal.

A las tres añadimos hielo a los vasos.

A las cuatro y media seguíamos fumando junto a la ventana.

A las cinco, la cocina estaba llena de ese cansancio alegre que vuelve sinceras a las personas. Hugo me contó una historia de su adolescencia que terminó imitando a tres personas distintas. Me dolía el estómago de reír.

A las seis empezaron a oírse los primeros pájaros.

—Nos van a dar los buenos días —dije.

—Qué gente más educada.

Ninguno se levantó.

Había algo extraordinario en aquella facilidad. No necesitábamos buscar un tema, llenar silencios ni calcular cuándo le correspondía hablar al otro. Las horas se habían ido sin dejarnos la sensación de haberlas perdido.

Entonces pensé en Alejandro.

No con culpa.

Con tristeza.

Nunca habíamos hablado durante seis horas seguidas. Ni al principio, cuando todavía queríamos saberlo todo el uno del otro. Nuestras conversaciones importantes siempre parecían necesitar un motivo, una discusión o un problema que resolver. Con Hugo, en cambio, hablar no llevaba a ninguna parte y precisamente por eso podía llegar a todas.

A las siete menos cuarto se puso en pie.

—Como no me vaya ahora, ya me quedo a desayunar.

Quise decirle que se quedara.

No lo hice.

Lo acompañé hasta la puerta. Durante unos segundos permanecimos allí, sin saber cómo terminar una noche que oficialmente no había significado nada.

—Gracias —dijo.

—¿Por qué?

—Por escuchar.

—Tú también lo has hecho.

Sonrió de una forma distinta a la que utilizaba con todo el mundo. Más pequeña. Sin público.

Después se marchó.

Cerré la puerta y regresé a la cocina. Había dos vasos sobre la mesa, un cenicero lleno y una luz de amanecer que hacía que todo pareciera más verdadero de lo que había sido durante la noche.

Me sentía despierta.

Ligera.

Viva de una manera que había olvidado.

Y quería repetirlo.

A las siete de la mañana comprendí que algo había sucedido.

El problema era que no había sucedido nada.

Y para entender por qué aquella nada podía ponerlo todo en riesgo, tengo que volver al hombre que dormía al otro lado de la pared.




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