Aquella noche yo no estaba sentada entre la multitud.
La atravesaba.
Era verano y en Valdebruma se celebraba uno de esos sorteos populares capaces de convertir la plaza en el centro del mundo durante unas horas. Había mesas por todas partes, sillas ocupando cada hueco y conversaciones superpuestas que obligaban a hablar más alto de lo normal.
Yo ayudaba a repartir las papeletas numeradas. Iba de un lado a otro, acercándome a las mesas, cobrando, entregando y regresando a por más. Mientras casi todos permanecían sentados, yo cruzaba la plaza una y otra vez.
—¡Aquí, aquí! —gritaron desde una de las mesas.
—¡Cayetana, que a nosotros también nos faltan! —reclamó alguien desde la otra punta.
Levanté las papeletas por encima de mi cabeza y miré a unos y a otros con fingida resignación.
—A ver, que ya sé que todos queréis verme, pero lo bueno se hace esperar —contesté, guiñándoles un ojo.
Las risas me acompañaron hasta la siguiente mesa.
Así era yo. Tenía desparpajo, una respuesta rápida y esa facilidad para convertir las miradas en un juego antes de que pudieran hacerme sentir expuesta.
Así que no, no era invisible.
Nunca lo había sido del todo.
Llevaba el pelo rubio largo, atravesado por mechas todavía más claras. Tenía la piel muy blanca, aunque en verano adquiría un tono dorado, y unos ojos grandes, verdes y tan expresivos que a menudo contaban lo que yo todavía intentaba callar. Era alta y delgada, con curvas que encajaban en mi figura con naturalidad.
Sabía que podía resultar atractiva y fingir lo contrario sería falsear también esta historia. Desde muy joven había notado cómo algunos hombres me seguían con la mirada o encontraban cualquier excusa para acercarse. A veces aquello me gustaba. Otras me incomodaba. Casi siempre actuaba como si no me hubiera dado cuenta.
Quien me conocía por primera vez solía ver a una mujer segura. Yo misma había aprendido a representar muy bien esa versión: entraba con decisión, bromeaba, miraba de frente y parecía no necesitar la aprobación de nadie.
No era completamente mentira. Aquel desparpajo también formaba parte de mí. El problema era que mi seguridad funcionaba mejor a distancia. A medida que conocía a alguien, que su opinión empezaba a importarme y que podía hacerme daño, se iba desinflando. Cuanto más cerca permitía estar a una persona, más fácil resultaba que acabara mirándome a través de sus ojos en lugar de los míos.
También había percibido gestos más fríos por parte de algunas mujeres. Cambios de expresión, distancias repentinas o una hostilidad que no alcanzaba a comprender. Durante mucho tiempo, cuando alguien reaccionaba así conmigo, mi primera pregunta no era qué podía estar sintiendo esa persona.
Era qué había hecho mal yo.
La envidia me costaba reconocerla porque el bien de otra mujer nunca me había parecido una pérdida para mí. Podía admirar una cara bonita, alegrarme por una amiga o celebrar que a alguien le ocurriera algo bueno sin sentir que aquello me quitaba nada.
Eso no me convertía en mejor persona.
Yo también me enfadaba, prejuzgaba y cometía errores. A veces interpreté mal a alguien. A veces fui injusta. Con los años aprendería que no toda antipatía era envidia y que no todo rechazo era culpa mía. Pero entonces todavía no sabía distinguir una cosa de la otra. Y casi siempre, por si acaso, terminaba quedándome yo con la culpa.
Sabía que tenía potencial. El problema era que mis cualidades me parecían posibilidades y mis defectos, hechos.
Aquella noche la plaza estaba abarrotada y todo el mundo podía verme pasar. Sin embargo, hubo una sola mirada que me importó antes incluso de recibirla.
Oí un coche llegar por una de las calles laterales y levanté la cabeza. No sé qué tuvo aquel sonido para imponerse al murmullo de la plaza. Quizá no fue el coche. Quizá fue la casualidad. Solo recuerdo que miré.
Unos instantes después lo encontré.
Estaba sentado sobre el murete de uno de los extremos de la plaza, un poco más alto que el resto. Con la multitud moviéndose por debajo, parecía ocupar un lugar aparte, como si no necesitara mezclarse con nadie para que todos supieran que estaba allí.
Y miraba hacia mí.
Yo llevaba una camiseta de verano sin mangas, de color coral, y unos vaqueros ajustados. Seguía cruzando la plaza con las papeletas entre las manos, pero de pronto fui consciente de cada movimiento: de cómo caminaba, de dónde colocaba los brazos y de la posibilidad de que sus ojos continuaran siguiéndome.
Sentí su mirada antes de atreverme a creer en ella. Tenía algo magnético, una intensidad capaz de atravesar el ruido y alcanzarme desde el otro lado de la plaza.
Mi intuición dijo: «Te está mirando».
Mi mente respondió enseguida: «No te hagas ilusiones».
Así funcionaba ya dentro de mí. La intuición llegaba primero, limpia y rápida. Después aparecía la cabeza con sus preguntas, sus explicaciones alternativas y su empeño en contradecir aquello que yo acababa de percibir.
Tal vez miraba a alguien situado detrás. Tal vez solo coincidimos al levantar la vista. Tal vez yo había querido verlo.
Pero aquella vez mi intuición había entendido la escena antes que mi miedo.
Alejandro tenía esa clase de presencia. No necesitaba hacer nada extraordinario. Le bastaba con estar. Desde aquel lugar ligeramente elevado parecía observarlo todo con la seguridad de quien nunca se pregunta si pertenece a un sitio. Parecía que Valdebruma entero lo conocía y que él sabía moverse dentro de todas aquellas miradas.
Había hombres guapos a los que una observaba durante un instante y olvidaba al siguiente. Con Alejandro no me ocurrió eso. Tenía los brazos fuertes, una forma tranquila de ocupar el espacio y algo que entonces no sabía nombrar.
Así que lo llamé seguridad.
Y sentí aquellas mariposas impacientes, un poco ridículas, que no pedían una historia ni imaginaban todavía un futuro. Solo querían una cosa.