Capítulo 4 — Después de las siete
El mensaje de Hugo llegó dos días después, a las once y cuarenta y siete de la noche.
No decía que hubiera pensado en nuestra conversación. Tampoco que quisiera repetirla ni que aquella madrugada hubiera significado algo para él.
Era un vídeo absurdo.
Un hombre intentaba saltar una valla, se quedaba enganchado por el pantalón y terminaba al otro lado con un solo zapato.
Debajo, Hugo había escrito una única palabra:
Tú.
Me reí antes de contestar.
—Serás imbécil 😂😂😂
La respuesta llegó enseguida.
—Míralo otra vez. Hasta corre como tú.
—Yo habría saltado la valla.
—Tú habrías discutido con ella hasta convencerla de que se apartara.
—Y habría ganado.
—Eso sí.
Me quedé mirando la pantalla, esperando que aparecieran los tres puntos.
Aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Después nada.
Podría haberle preguntado cómo estaba. Podría haber escrito que me había gustado hablar con él o que llevaba dos días pensando en aquella cocina. No hice ninguna de las tres cosas.
Le envié otro vídeo.
Él respondió con una carcajada.
Y así, escondidos detrás de dos desconocidos haciendo el ridículo, nos dijimos que la conversación no había terminado.
El viernes, a las nueve y doce, volvió a escribir.
—¿Qué plan hay?
Yo llevaba veinte minutos entrando y saliendo de la misma conversación, como si abrirla muchas veces pudiera hacer aparecer su nombre.
Esperé cuatro minutos antes de responder.
—Ninguno que te interese.
—Entonces tiene que ser buenísimo.
—No sé si saldré.
—Claro.
—¿Claro qué?
—Que no sabes si saldrás.
—Pues eso.
—Me avisas cuando termines de convencerte.
Dejé el teléfono sobre la cama y me miré en el espejo.
Ya estaba maquillada.
Hasta ese momento había conseguido fingir que lo hacía porque era viernes, porque me apetecía salir y porque llevaba toda la semana necesitando reírme. Las tres cosas eran verdad.
Solo que no eran toda la verdad.
Me solté el pelo. Me lo recogí. Volví a soltármelo.
Elegí una camiseta, me la quité y probé con otra. La primera me quedaba mejor. La segunda parecía elegida con menos intención.
Me puse la primera.
Después añadí perfume en el cuello y me enfadé conmigo misma por notar cómo se me aceleraba el pulso.
No estaba preparando una traición. No pensaba besar a Hugo, confesar nada ni cruzar una línea. Iba a salir con un grupo de amigos y regresaría a la misma casa de siempre.
Pero quería que me viera.
Y aquel deseo, por pequeño que pareciera, ya tenía algo de secreto.
Alejandro estaba tumbado en el sofá con el teléfono en la mano cuando pasé por el salón.
—Me voy ya.
Levantó la vista.
—¿Vas a salir?
—Te lo he dicho durante la cena.
—Ah, sí. No me acordaba.
—Hugo viene a buscarme. Hemos quedado con los demás en el Codicia.
—Vale. No vuelvas muy tarde.
No preguntó qué camiseta había elegido ni por qué llevaba el pelo suelto. No tenía por qué hacerlo. Aquel detalle no significaba nada para él porque todavía no significaba nada que pudiera señalarse.
Le di un beso rápido y salí.
El coche de Hugo esperaba al final de la calle, con la música baja y la ventanilla del conductor abierta. Cuando me vio acercarme, dejó de tamborilear los dedos sobre el volante.
Fue apenas una pausa.
Pero la vi.
Abrí la puerta y me senté a su lado.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—No has puesto cara de nada.
—Pensaba que al final no salías.
—Qué rápido has cambiado de tema.
Hugo sonrió mientras arrancaba.
—Ponte el cinturón, detective.
—Ya lo llevo.
—Entonces puedes seguir interrogándome.
—No merece la pena. No sabes mentir.
—Y tú sabes demasiado.
Lo dijo en tono de broma, pero durante unos segundos ninguno de los dos se rio.
Giró el volumen de la música y empezó a contarme algo que había ocurrido aquella tarde. Yo lo escuchaba solo a medias. Una parte de mí seguía en el instante anterior, intentando decidir qué había visto exactamente en su cara cuando me acerqué al coche.
Mi intuición ya tenía una respuesta.
Mi cabeza, como siempre, empezó a desmontarla.
En el Codicia nos esperaba una mesa larga, demasiado pequeña para todas las personas que acabaron reuniéndose alrededor. Hugo necesitó menos de cinco minutos para convertirse en el centro de la conversación. Imitó a alguien, exageró una historia y consiguió que dos personas que apenas se conocían se rieran como si llevaran años saliendo juntas.
Parecía el mismo de siempre.
Me desconcertó.
Dos noches antes había hablado conmigo hasta que amaneció. Me había contado cosas que no compartía con cualquiera, había recordado frases mías pronunciadas meses atrás y me había escuchado de una manera que todavía me removía por dentro.
Ahora hacía bromas desde el otro extremo de la mesa sin buscar ni una sola vez un momento a solas conmigo.
Empecé a pensar que quizá yo había dado demasiada importancia a aquella madrugada.
Entonces levantó la vista en mitad de una carcajada y encontró la mía.
No sonrió.
Solo sostuvo la mirada durante un segundo más de lo necesario.
Después continuó hablando.
Aquello fue peor.
Durante la hora siguiente estuvimos cerca sin estar juntos. Yo participaba en una conversación; él, en otra. Alguien cambiaba de sitio y, de pronto, su rodilla quedaba a pocos centímetros de la mía. Una persona pronunciaba mi nombre y Hugo miraba antes incluso de saber por qué me llamaban.
Cada gesto era demasiado pequeño para significar algo y demasiado preciso para ignorarlo.
En un momento de la noche dejé de seguir la conversación. No estaba triste. Solo me había quedado atrapada dentro de mi propia cabeza, intentando ordenar sensaciones que todavía no tenían nombre.