El mensaje de Hugo no fue la primera frase que se acercó peligrosamente a la verdad.
Fue solo la primera detrás de la que no pude esconder ni el nombre ni el pulso.
Mucho antes de aquel «Alguien sí», yo ya le había dicho que me provocaba. Que me divertía y me encendía. Que había imaginado cosas poco prudentes y que me intrigaba especialmente lo que podría ocurrir si alguna vez nos quedábamos a solas.
Solo que no firmé con mi nombre.
Fingí ser otra mujer.
Porque a veces mi valentía tenía una forma extraña: me acercaba al fuego después de preparar una coartada. Quería que Hugo supiera que era yo y, al mismo tiempo, conservar la posibilidad de jurar que no lo era. Quería mostrarme sin quedar expuesta. Quemarme, pero solo hasta donde todavía pudiera fingir que no sentía el calor.
Así era yo con todo lo que me importaba de verdad.
No sabía sentir a medias. Solo sabía disimularlo muy bien.
Todo había empezado unos días antes con un abrazo que no existió.
Hugo atravesaba una de esas semanas en las que la vida parecía empeñada en recordarle todo lo que podía perder. Tenía que resolver un trámite importante, apenas dormía y continuaba contestando «bien» cada vez que alguien le preguntaba cómo estaba.
Yo sabía que no era verdad.
Le escribí desde la oficina.
—Me he acordado de ti, Huguito. Te mando un abrazo por aquí. Sin contacto físico, tranquilo.
Añadí dos caras riéndose y un beso para que el mensaje no pesara demasiado.
Él contestó casi de inmediato.
—Así me gustan los abrazos. Por el teléfono.
Me reí, pero lo que sentí fue una mezcla de ternura y ganas de zarandearlo.
Yo habría querido darle uno de verdad. No un abrazo correcto, de esos que apenas juntan dos cuerpos durante un segundo, sino uno capaz de obligarlo a detenerse. Rodearlo con los brazos hasta que dejara de hacer bromas, apoyarle la cara contra mi pelo y decirle sin palabras que conmigo no necesitaba fingir que todo le daba igual.
En lugar de eso, hice lo que mejor sabía hacer: escondí el cariño dentro de una broma.
Hugo tenía una habilidad extraordinaria para convertir cualquier gesto de cariño en una broma justo antes de que pudiera alcanzarlo. Si alguien intentaba acercarse demasiado, levantaba la coraza del pasotismo y se refugiaba detrás de una carcajada.
Yo ya empezaba a conocer el mecanismo.
—Qué hombre más seco —escribí.
—Será el calor.
—Pues bebe agua, cactus.
Me respondió con una fotografía absurda y la conversación cambió de dirección. Con Hugo siempre ocurría así: podíamos rozar algo verdadero durante un segundo y pasar inmediatamente a discutir sobre una tontería como si lo anterior no hubiera sucedido.
La diferencia era que yo me quedaba viviendo dentro de ese segundo mucho después de que él pareciera haberlo olvidado.
Donde otras personas veían una broma, yo encontraba un tono. Una pausa. Una palabra elegida en lugar de otra. Mi intensidad tenía esa forma: recogía los destellos que los demás dejaban caer y después intentaba construir con ellos una certeza. A veces acertaba. Otras me hería buscando una respuesta en un gesto que quizá solo había durado un instante.
Él tenía una mañana complicada y yo pasé buena parte de ella pendiente del teléfono. Le pregunté cómo había ido el trámite, escuché varios audios suyos y traté de quitar hierro a lo que le preocupaba. Entre una cosa y otra acabamos bromeando sobre una compañera que, supuestamente, se había fijado en él.
No recuerdo quién inició el juego.
Sí recuerdo lo fácil que me resultó continuarlo.
—Dice que le pareces interesante —escribí.
—Esa chica no está bien.
—Eso ya lo sabe. Por eso le gustas.
—Pobre mujer.
—Ten cuidado, que puede esperar.
Hugo contestó con una risa. Yo debería haber dejado allí la broma.
En lugar de hacerlo, abrí las notas del teléfono.
No sé qué pretendía exactamente. Quizá solo quería hacerlo reír. Quizá necesitaba comprobar hasta dónde podía llegar sin que ninguno de los dos tuviera que reconocer que había un límite. O quizá mi deseo llevaba tiempo buscando una rendija y encontró aquella: una mujer inventada, un tono exagerado y la seguridad de poder decir después que todo era una tontería.
Mis dedos empezaron a moverse con una facilidad que me inquietó. Hay frases que una piensa y otras que nacen más abajo, en ese lugar impreciso entre el estómago y la piel. Cada palabra me producía una descarga pequeña. Una mezcla de vergüenza, poder y vértigo.
Empecé a escribir como si fuera ella.
«Estimado señor Hugo:
Perdone la osadía, pero desde que lo vi no he dejado de tener pensamientos bastante poco decorosos. Hay algo en usted que me divierte, me provoca y despierta una curiosidad que no parece dispuesta a comportarse.
Si este juego continúa, no me importaría que algún día organizáramos una noche los cuatro. Aunque, entre nosotros, lo que de verdad me intriga es averiguar qué pasaría si llegáramos a quedarnos solos.
Atentamente,
la amiga de Cayetana que ha perdido los modales».
Lo releí con una sonrisa.
Sonaba tan excesivo que resultaba inofensivo.
Eso me dije.
Incluía a Alejandro. Incluía a todo el mundo. Convertía la fantasía en un juego colectivo y, por tanto, imposible. Nadie podía acusarme de estar cruzando una línea si la línea aparecía rodeada de personas, bromas y una mujer que ni siquiera estaba escribiendo.
Pero había una frase que no necesitaba a nadie más.
«Lo que de verdad me intriga es averiguar qué pasaría si llegáramos a quedarnos solos».
Esa no pertenecía a la amiga de Cayetana.
Era mía.
Mía era la curiosidad. Mío el deseo de verlo perder por una vez aquella seguridad de hombre al que nada parecía afectar. Mía la imagen fugaz de su cuerpo cerca del mío, de sus manos dejando de estar quietas y de su boca callando todas las bromas que utilizábamos para protegernos.