Cuando Darlo Todo Significa Quedarte Sin Nada

CAPÍTULO 6. La versión más fácil

La primera vez que Alejandro pronunció el nombre de Hugo durante nuestra ruptura, comprendí que ya había elegido la única versión de la historia en la que no tenía que mirarse.

—Es por él, ¿verdad?

No lo preguntó para saber.

Lo preguntó para poder descansar.

Estábamos en la cocina. Era tarde y la casa tenía ese silencio frágil que solo existe cuando un niño duerme al otro lado del pasillo y dos adultos intentan destrozarse sin levantar demasiado la voz.

Yo doblaba una camiseta pequeña sobre la mesa. Luego otra. Y otra. No porque hiciera falta hacerlo en aquel preciso instante, sino porque mis manos necesitaban una tarea que no temblara.

Alejandro permanecía de pie frente a mí, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Había dejado las llaves junto al frutero con más fuerza de la necesaria. El golpe todavía parecía suspendido en el aire.

—No —dije.

—No me mientas, Cayetana.

—No te estoy mintiendo.

—Entonces explícame qué coño está pasando.

Alcé la mirada.

Había esperado esa frase durante años.

La había imaginado mientras cenábamos sin hablarnos, mientras me acostaba con la sensación de dormir junto a alguien que estaba a kilómetros, mientras intentaba convertir mi tristeza en palabras que él pudiera escuchar sin sentirse atacado. La había deseado cada vez que una conversación terminaba hablando de mis formas, de mi tono, del momento que había elegido, de todo menos de aquello que yo trataba de contarle.

Explícame qué está pasando.

Y ahora que por fin la tenía delante, ya era demasiado tarde para explicar nada.

—Está pasando que no puedo más.

Alejandro soltó una risa seca, sin humor.

—Claro. Y casualmente no puedes más ahora.

—No es ahora.

—Has cambiado.

—Sí.

Mi respuesta lo descolocó. Esperaba que me defendiera. Que negara. Que volviera a meterme en aquel juicio donde él formulaba la acusación y yo me dejaba la piel presentando pruebas de mi inocencia.

Pero yo había cambiado.

En eso tenía razón.

Había dejado de suplicar que me creyera.

—Sales más —continuó—. Estás todo el día con el teléfono. Te ríes con él. Hablas con él de cosas que conmigo ni siquiera intentas hablar. Y luego vienes aquí y me dices que se acabó. ¿Qué quieres que piense?

—Quiero que pienses en todo lo que pasó antes.

—Ah, sí. Ahora resulta que todo ha sido una mierda.

—Yo no he dicho eso.

—Lo estás diciendo.

—No. Eso lo estás diciendo tú porque te resulta más fácil defender once años enteros que mirar lo que nos ha roto durante los últimos.

Su cara se endureció.

Yo seguí doblando ropa.

Aquella escena contenía nuestro matrimonio entero: yo intentando poner orden en medio del desastre y él exigiéndome que, además, le explicara por qué estaba cansada.

—Hemos tenido problemas como todo el mundo —dijo.

—No quiero vivir como todo el mundo si vivir así significa sentirme sola dentro de mi propia casa.

—Nunca has estado sola.

Dejé la camiseta sobre la mesa.

—Eso no puedes decidirlo tú.

—He estado aquí.

—Tu cuerpo ha estado aquí muchas veces. Tú no.

Lo vi recibir la frase como una bofetada. Durante un segundo me arrepentí. Aquel era mi reflejo más antiguo: decir la verdad y correr inmediatamente a suavizarla para que no le doliera a quien llevaba años haciéndome daño sin querer verlo.

Esta vez no corrí.

—He trabajado para esta familia —dijo—. Todo lo que he hecho ha sido por vosotros.

—Yo nunca he dicho que no hayas trabajado.

—Pues lo parece.

—He dicho que yo también lo he hecho. Solo que mi trabajo no llegaba con una nómina entera ni te obligaba a preguntarte quién se quedaba con el niño, quién iba al médico, quién contestaba los mensajes del colegio, quién sabía qué ropa le quedaba pequeña o qué había que comprar para el día siguiente.

—Yo también he hecho cosas.

—Sí.

—Parece que no vale nada de lo que he hecho.

—Claro que vale. Pero no borra todo lo que faltó.

—Siempre igual. Siempre sacando la lista.

—No es una lista, Alejandro. Es mi vida.

La nevera arrancó con un zumbido. En el pasillo crujió una madera y los dos miramos hacia la puerta. Nos quedamos quietos, escuchando. No se oyó nada más.

Bajamos todavía más la voz.

Como si el amor que no habíamos sabido cuidar pudiera protegerse hablando bajito sobre sus ruinas.

—Dejé de trabajar durante un tiempo para cuidar de nuestro hijo —continué—. Después reduje mis horas. Organicé mi vida alrededor de la vuestra y no me pesa haberlo hecho. Lo volvería a elegir por él. Lo que me pesa es que tú terminaras creyendo que no costaba nada. Que como yo podía con todo, entonces era mi obligación poder siempre.

—Yo no te obligué.

—No hacía falta. Bastaba con que tú no estuvieras.

—Eso es injusto.

—¿Injusto? Injusto era que tú pudieras salir sin dejar un manual de instrucciones y yo tuviera que organizar hasta la hora a la que iba a respirar. Injusto era que tus planes fueran vida y los míos parecieran una traición. Injusto era salir una noche y pasarla mirando el teléfono porque en cualquier momento podía tener que volver, aunque el padre de mi hijo estuviera en casa.

—Nunca te he prohibido salir.

—No hace falta cerrar una puerta con llave para conseguir que alguien deje de cruzarla.

Alejandro se pasó una mano por la cara. Parecía agotado. Yo también lo estaba, pero mi cansancio era distinto. El suyo acababa de llegar a aquella cocina. El mío llevaba años viviendo allí.

—¿Y el dinero? —pregunté—. ¿También vas a decirme que me lo he inventado?

—¿Qué pasa ahora con el dinero?

—Pasa que lo mío siempre fue de la casa y lo tuyo era algo por lo que yo tenía que preguntar. Pasa que cuando pedía claridad parecía que te estuviera acusando de robarme. Pasa que yo tenía que justificar cualquier necesidad mientras tú decidías qué contarme y cuándo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.