Hugo tardó casi un mes en besarme.
Yo tardé un día menos en reconocer que llevaba todo ese tiempo esperando.
Entre una cosa y la otra hubo dos palabras, muchas noches y una cantidad indecente de momentos en los que nuestras bocas estuvieron a una distancia perfectamente salvable.
Pero aquella primera noche no ocurrió nada.
Abrí su mensaje cuando la casa ya llevaba un rato en silencio.
¿Estás bien?
Escribí que sí.
Lo borré.
Escribí una explicación demasiado larga sobre Alejandro, el niño, la puerta cerrándose y aquel hilo de paz que me hacía sentir culpable.
También lo borré.
Al final respondí la única verdad que podía sostener sin esconderme.
No. Pero lo estaré.
Los tres puntos aparecieron de inmediato.
Desaparecieron.
Volvieron.
¿Quieres que te llame?
Miré hacia el pasillo. La puerta de la habitación de mi hijo estaba entreabierta y una franja de luz tenue cruzaba el suelo.
No puedo hablar. Y necesito pensar.
Esta vez Hugo tardó un poco más.
Vale. No hace falta que me cuentes nada. Estoy aquí.
No dijo que iba a venir.
No convirtió mi ruptura en la ocasión que llevaba esperando ni trató de ocupar el sitio que Alejandro acababa de dejar vacío. No me pidió detalles. No preguntó si aquello cambiaba algo entre nosotros.
Se quedó al otro lado del teléfono.
Disponible, pero fuera de mi decisión.
Yo apoyé la frente contra la encimera y cerré los ojos.
Aquello también era una forma de cuidado: no entrar solo porque una puerta se había abierto.
A la mañana siguiente me envió un vídeo absurdo de un hombre intentando meter una cabra en el asiento trasero de un coche. Ninguna pregunta. Ninguna referencia a la noche anterior.
Solo la cabra, el hombre perdiendo un zapato y una frase:
Así te veo hoy organizando tu vida.
Me reí en mitad de la cocina.
Fue una risa breve, casi oxidada, pero mía.
Y después empezó el mes más largo de mi vida.
Alejandro se llevó algunas cosas. Luego volvió a por otras. Hubo cajas, papeles, conversaciones que parecían tranquilas hasta que dejaban de serlo y silencios que pesaban más que las discusiones. Hubo que aprender a hablar de horarios cuando todavía dolía hablar de nosotros. Hubo que pronunciar delante de nuestro hijo palabras sencillas para explicar algo que a los adultos se nos había vuelto imposible.
Yo pasaba de la pena al alivio y del alivio a la culpa sin necesidad de moverme del sofá.
Hugo no intentó sacarme de ahí.
Continuó escribiéndome.
A veces para preguntar cómo estaba. Casi siempre para hablar de cualquier otra cosa. Un comentario sobre alguien del grupo. Una fotografía mal enfocada. Una canción que, según él, yo iba a criticar antes de que terminara el primer minuto. Una pregunta sobre mis planes del viernes formulada como si le diera exactamente igual la respuesta.
Nada había cambiado.
Todo había cambiado.
Ya no existía una relación a la que ser infiel, pero seguían existiendo el miedo, la lealtad mal entendida, la amistad de Hugo con Alejandro y la sospecha de que cualquier paso entre nosotros sería utilizado para reescribir hacia atrás todos mis motivos.
Yo era libre.
Todavía no sabía sentirme inocente.
Por eso nos acercábamos de la única manera que conocíamos: fingiendo que no lo hacíamos.
Una noche, Hugo apareció con el coche y bajó la ventanilla.
—Sube.
—Qué romántico. Ni siquiera preguntas si tengo planes.
—Si los tuvieras no habrías bajado tan deprisa.
Miré mi ropa. Vaqueros, una camiseta negra y la cazadora ligera que había cogido antes de salir.
Había tardado doce minutos en elegir aquel conjunto que pretendía demostrar que no había elegido ningún conjunto.
—Igual solo quería saber qué querías.
—Y por eso te has puesto perfume.
Me quedé quieta con una mano apoyada en la puerta.
Hugo sonrió sin mirarme del todo.
—Sube, Cayetana.
—Eres imbécil.
—Pero huelo bien las cosas.
Entré intentando conservar algo de dignidad.
—¿Adónde vamos?
—A un sitio oscuro.
Giré la cabeza hacia él.
—Tienes que mejorar muchísimo la forma de decir eso.
Hugo soltó una carcajada y arrancó.
Condujo fuera de Valdebruma, por una carretera estrecha que se iba quedando sin farolas. La música sonaba baja. Las luces del pueblo desaparecieron detrás de nosotros y el cielo comenzó a llenarse de estrellas.
Él sabía que me gustaban.
No porque se lo hubiera contado aquella semana, sino porque me había escuchado meses atrás hablar de constelaciones como si fueran personas: con sus historias, sus heridas y su forma particular de encontrarse incluso separadas por distancias imposibles.
Hugo recordaba mis entusiasmos.
Era una de las cosas que más cerca me hacían sentir de él.
Y una de las que más ganas me daban de acercarme físicamente.
Detuvo el coche junto a un camino y apagó las luces.
La oscuridad nos cayó encima.
—No me mates —dije—. Acabo de empezar una vida nueva y sería un desperdicio.
—Tenía pensado venderte por piezas, pero hablas demasiado. Nadie va a querer la cabeza.
—La cabeza es lo mejor que tengo.
—Ya.
Una sola sílaba.
Sin risa.
Lo miré, pero Hugo ya estaba abriendo su puerta.
Salimos. El aire olía a tierra seca y a hierba. Nos apoyamos en la parte delantera del coche, uno junto al otro, con los brazos casi rozándose.
Sobre nosotros, el cielo parecía mucho más grande que el mundo del que acabábamos de salir.
Le señalé una estrella. Después otra. Intenté explicarle cómo encontrar una constelación utilizando tres puntos brillantes como referencia.
—No te estás enterando de nada —dije.
—Sí me estoy enterando.
—Llevas un minuto mirando al mismo sitio.
—Estoy mirando.
Seguí la dirección de sus ojos.