Cuando Darlo Todo Significa Quedarte Sin Nada

CAPÍTULO 8. Dos veces ?

Lo hicimos dos veces.

La primera, Hugo perdió el control.

La segunda, lo perdí yo.

En medio, ambos fingimos que aquello no iba a cambiarlo todo.

Los días posteriores al primer beso estuvieron llenos de mensajes que no decían exactamente lo que querían decir y, sin embargo, ya no podían hacerse pasar por inocentes.

Hugo: ¿Has dormido?

Cayetana: Poco.

Hugo: ¿Culpa mía?

Cayetana: No te emociones.

Hugo: Culpa mía, entonces.

Yo dejaba pasar unos minutos antes de responder para no parecer pendiente.

Él contestaba casi siempre antes de que pudiera bloquear el teléfono.

Habíamos pasado meses arrojándonos anzuelos con la tranquilidad de saber que ninguno se atrevería a tirar de la cuerda. Ahora los dos conocíamos la verdad. Sabíamos cómo respiraba el otro al besar, dónde colocaba las manos, qué sonido hacía cuando se olvidaba de mantener la coraza.

La imaginación ya tenía recuerdos.

Y los recuerdos eran mucho más difíciles de controlar.

La noche siguiente, Hugo me envió una fotografía del sofá vacío.

Hugo: Dice que no entiende por qué te fuiste.

Cayetana: Dile que por culpa del dueño.

Hugo: El dueño tampoco lo entiende.

Me quedé mirando aquella frase con una sonrisa que intenté esconder incluso estando sola.

Cayetana: Porque alguien decidió portarse bien.

Hugo: Llevo arrepintiéndome desde que cerré la puerta.

El deseo me dio un tirón bajo el vientre.

Escribí que podía haberme detenido.

Lo borré.

Escribí que yo también me había arrepentido.

Lo borré.

Al final envié una sola pregunta.

Cayetana: ¿Y cuánto te va a durar lo de portarte bien?

Hugo tardó menos de diez segundos.

Hugo: Hasta que vuelvas.

Volví tres noches después.

Podría decir que esperé porque necesitaba ordenar la cabeza. Que quise asegurarme de no confundir deseo con alivio, ni libertad con urgencia. Que me concedí el tiempo necesario para decidir desde un lugar limpio.

La verdad era menos elegante.

Esperé porque estaba aterrada.

Yo, que siempre había sido atrevida cuando nada me importaba demasiado, no sabía qué hacer con las manos delante del hombre al que llevaba meses entregándole todo lo que pensaba. Podía hablar con Hugo hasta el amanecer sobre mis heridas, mis contradicciones y mis partes menos bonitas. Podía provocarlo desde detrás de una pantalla. Podía imaginarme sentada encima de él sin dejar un solo detalle fuera.

Pero pensar en desnudarme delante de sus ojos me devolvía una timidez que no reconocía como mía.

No era vergüenza de mi cuerpo.

Era miedo a que, después de verlo todo, él cambiara la forma de mirarme.

Elegí una blusa negra, vaqueros y ropa interior que solo podía considerarse casual si una ignoraba los veinte minutos que había tardado en decidirla.

Antes de salir me miré al espejo.

—Vas a tomar una copa —le dije a mi reflejo.

Mi reflejo no tuvo la decencia de creerme.

Hugo abrió la puerta y dejó de hablar antes de empezar.

Su mirada descendió por mi cuerpo con una lentitud que me hizo sentir cada centímetro de piel debajo de la ropa.

—¿Qué? —pregunté.

Él se pasó la lengua por el labio inferior.

—Nada.

—Tú y tu nada otra vez.

—Pasa antes de que diga una barbaridad.

Entré con una seguridad que no sentía.

—A ver si ahora vas a resultar tímido.

Hugo cerró la puerta detrás de mí.

El clic de la cerradura sonó demasiado fuerte.

—Yo no soy el que lleva tres días huyendo.

Me giré.

—No estaba huyendo.

—Claro.

—Tenía cosas que hacer.

—Cambiarte de camiseta diecisiete veces, por ejemplo.

—Doce.

La respuesta se me escapó antes de poder detenerla.

Hugo sonrió.

—Lo sabía.

—Eres insoportable.

—Y tú estás preciosa.

La sencillez de la frase me dejó sin réplica.

No había broma detrás. Ni el tono exagerado con el que solía protegerse cuando algo se acercaba demasiado a la verdad.

Solo él mirándome.

Solo yo sintiéndome vista.

—Gracias —murmuré.

Hugo se acercó.

No me tocó todavía.

Se quedó frente a mí, lo bastante cerca para que su olor me llenara los pulmones, pero con las manos a ambos lados del cuerpo.

—¿Quieres estar aquí?

La pregunta apagó de golpe el ruido de mi cabeza.

No «¿estás segura de mí?». No «¿qué va a pasar?». No «¿qué somos?».

Solo aquello.

Aquí.

Ahora.

Con él.

—Sí.

—Dímelo bien.

Levanté la barbilla.

—Quiero estar aquí, Hugo.

Su mano subió a mi nuca.

—Menos mal.

Me besó.

No hubo la delicadeza cautelosa de la primera vez. Hugo ya conocía mi respuesta y mi cuerpo también conocía la suya. Su boca encontró la mía con el hambre que había visto en sus ojos, y yo me pegué a él antes de recordar que supuestamente estaba nerviosa.

Sus dedos se cerraron en mi pelo.

Los míos agarraron su camiseta.

Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la pared del recibidor. Hugo apoyó una mano a mi lado, evitando cargar su peso sobre mí, y la otra descendió por mi cintura.

El beso se volvió más profundo.

Más lento.

Peor para cualquier posibilidad de pensar.

Cuando su boca abandonó la mía y rozó mi cuello, el cuerpo se me arqueó hacia él sin que yo le diera permiso consciente.

—No sabes cómo me pones —murmuró contra mi piel.

La voz ronca me recorrió entera.

—Algo me imaginaba.

—No. No tienes ni idea.

Me sujetó la cara y me obligó a mirarlo.

Había deseo en sus ojos, pero también una especie de incredulidad. Como si todavía no terminara de aceptar que era yo quien estaba allí. Que había vuelto. Que podía tocarme sin tener que fingir que solo estaba recolocándome un mechón de pelo.

—Estás nerviosa —dijo.

—Tú también.

—Yo estoy intentando no arrancarte la ropa.




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