Capítulo 9 — Donde se ven las estrellas
Los viernes dejaron de ser suficientes.
Y eso fue lo primero que debió asustarme.
Porque una cosa es esperar un mensaje.
Otra muy distinta es empezar a necesitar la presencia de alguien.
Yo ya sabía cómo sonaba el coche de Hugo antes de verlo doblar la esquina. Sabía cuándo estaba a punto de hacer una broma y cuándo la utilizaba para esconder algo. Sabía distinguir su sonrisa para los demás de aquella otra, más pequeña, que aparecía cuando estábamos solos.
Sabía demasiadas cosas de un hombre al que todavía insistía en llamar amigo.
Aquella noche acabamos lejos de Valdebruma.
No recuerdo quién propuso subir.
Seguramente ninguno.
Con Hugo muchas cosas sucedían así: empezábamos conduciendo sin dirección y terminábamos en algún lugar al que, de haberlo pensado demasiado, quizá nunca habríamos ido.
La carretera ascendía entre curvas oscuras hasta dejar el pueblo debajo de nosotros.
Cuando bajé del coche, el aire era más frío de lo que esperaba.
Me crucé de brazos.
—¿Tienes frío?
—No.
—Estás temblando.
—No estoy temblando.
Me miró de arriba abajo.
Despacio.
—Vale.
Ese «vale» me recorrió más que el frío.
Me giré hacia el cielo para que no notara nada.
Arriba no había prácticamente luna.
Solo estrellas.
Miles.
Me gustaban desde siempre porque tenían una cualidad que pocas cosas poseían: conseguían hacerme sentir diminuta sin hacerme sentir pequeña.
Hugo se colocó a mi lado.
Cerca.
No demasiado.
Lo suficiente.
—Venga —dijo—. Ilústrame.
—¿Sobre qué?
—Sobre todas esas cosas que sabes tú y que no sirven para absolutamente nada.
Giré la cabeza.
—Eres un ignorante.
—Pero atractivo.
Solté una carcajada.
—Eso lo has dicho tú.
—No hacía falta que lo dijeras tú.
—Qué asco das.
—Muchísimo.
Sonrió.
Y yo tuve que volver a mirar al cielo.
Porque aquella noche estaba especialmente guapo.
Me jodió reconocerlo incluso para mí misma.
Hugo nunca había sido el hombre que entraba en una habitación y conseguía que yo dejara de escuchar al resto.
Ahora podía estar rodeado de veinte personas y mi cuerpo sabía exactamente dónde estaba.
Aquello no tenía nada que ver con la belleza.
Era peor.
Era familiaridad.
Conocía aquellas manos.
No porque me hubieran tocado.
Precisamente porque todavía no lo habían hecho.
Las había visto conducir, sujetar un cigarro, preparar una copa, acariciar distraídamente la cabeza de uno de sus hijos. Las había visto señalarme algo mientras se reía y agarrar el volante con una sola mano mientras con la otra cambiaba una canción.
Nunca había pensado demasiado en ellas.
Hasta que empecé a pensar demasiado en ellas.
—¿Cuál es la tuya? —preguntó.
—¿Mi qué?
—Tu estrella.
—No tengo una estrella.
—Seguro que sí.
—Eso no funciona así.
—Contigo todo funciona raro.
Lo miré.
—¿Y eso qué significa?
Se encogió de hombros.
—Nada.
Otra vez.
Nada.
Hugo podía esconder un incendio entero dentro de esa palabra.
Me acerqué a él para señalar una constelación.
—Mira allí.
—¿Dónde?
—¿Ves esas tres?
—Sí.
Mentía.
—No ves una mierda.
—Estoy siguiendo tu dedo.
—Pues sigue mirando.
Me situé un poco más cerca.
Su hombro rozó el mío.
Fue mínimo.
Tela contra tela.
Un accidente perfectamente inocente.
Mi cuerpo no lo interpretó así.
De repente fui demasiado consciente de mi respiración.
Del perfume que llevaba.
Del suyo.
Del calor que desprendía a pesar del frío.
De que si giraba la cabeza apenas tendría que moverme.
No lo hice.
—Ahí —murmuré.
—¿Dónde?
—Hugo…
—Estoy intentando aprender.
—Tú estás intentando tocarme los cojones.
Se rio muy bajo.
—También.
Giré la cara para protestar.
Error.
Estaba mirándome.
No al cielo.
A mí.
La sonrisa había desaparecido.
Aquello duró quizá dos segundos.
Tres.
No sé.
Hay momentos que el cuerpo mide de otra manera.
Sus ojos bajaron un instante.
Hasta mi boca.
Y volvieron a subir.
Fue tan rápido que podría haberme convencido de que lo había imaginado.
Pero yo llevaba toda la vida haciendo eso.
Viendo algo.
Sintiéndolo.
Y después construyendo diez explicaciones para convencerme de que mi primera percepción era exagerada.
Aquella vez no.
Lo había visto.
Hugo también se había dado cuenta de que estábamos demasiado cerca.
Y no se apartó.
Yo tampoco.
Noté una corriente absurda recorriéndome el estómago.
La misma sensación de estar justo en el borde de algo.
Una parte de mí quería que se acercara.
La otra quería salir corriendo.
Y las dos querían exactamente lo mismo.
Que ocurriera.
—¿Has quedado después? —preguntó.
La frase cayó entre nosotros como algo mucho más pesado de lo que aparentaba.
—¿Después?
—Sí.
—¿Después de qué?
Me sostuvo la mirada.
—De esto.
Ahí estuvo.
Solo un segundo.
Después volvió Hugo.
El de siempre.
Se metió las manos en los bolsillos y miró al frente.
—O sea, después de estar aquí, pesada.
Sonreí.
Pero ya era tarde.
Había escuchado la primera versión.
—No sé.
—Vale.
—¿Por qué?
—Por saber.
—¿Te interesa?
—Tengo una curiosidad científica.
—Claro.
—Estoy aprendiendo astronomía y todo.
—Imbécil.
Me giré otra vez hacia el cielo.
Notaba su mirada.
Podría haberle dicho la verdad.
No había nadie después.
No quería que hubiera nadie.