Cuando Deje de Nevar.

Prólogo.

_“—Holly, pequeña, recuerda que siempre debes ser una niña buena.

—¿Por qué, sor Ana? ¿Qué pasa si el mundo no es bueno conmigo?

—Entonces el cielo se encargará de poner todo en su sitio… a su debido tiempo. Recuerda que la vida es como la tierra: solo cosechas lo que siembras. Tú mantén tu corazón limpio, y el calor de un hogar llegará a ti cuando más lo necesites.”_

—Sor Ana.

—Holly Anderson (7 años)

Hogar Infantil San Judas.

12 de Julio.

Astoria, Queens, Nueva York.

Esa voz en mi cabeza no tiene el tono dulce de una madre preocupada. Nunca lo tuvo. Como crecí en el Hogar Infantil San Judas, siempre imaginé que me libraría de los sermones familiares, pero la vida tiene un sentido del humor retorcido. Contra todo pronóstico, el eco de sor Ana parece haberse instalado en mi cerebro, repitiendo ese mantra que hoy me quema como ácido: «Te lo dije, Holly. Cosechas lo que siembras por eso debes ser una niña buena».

—¿Y ahora qué piensas hacer, querida? —La voz de Teresa me saca de mi estupor.

Es nuestra vecina desde hace cinco años, o al menos lo fue hasta que Chris decidió borrarme del mapa. La miro y el estómago se me revuelve, y no es solo por las náuseas matutinas. No quiero responderle. Sé que si abro la boca, el veneno que tengo acumulado saldrá disparado contra ella. Y no es que Teresa sea una santa; la he visto demasiadas veces devorando a Chris con la mirada, como una gata hambrienta esperando el menor descuido para clavarle las uñas. Me daban celos, sí, pero me daban más asco sus intenciones de “cazar” lo que yo creía que era mío.

—No lo sé, Teresa —le suelto, cortante.

Sé lo que viene. Sus próximas palabras están ensayadas, sacadas de un guion barato de televisión.

—Ay, cuánto lo siento… Me encantaría ayudarte, pero ya sabes cómo está Nueva York, Holly. —Por supuesto que lo sabía. Ni en sus mejores días movería un dedo por mí—. Te ofrecería mi sofá esta noche, pero es que no hay espacio, mi primo se queda conmigo y…

—No te molestes, Teresa. No gastes tus neuronas inventando una excusa ridícula —la interrumpo, fulminándola con la mirada. Mis gafas se resbalan por el sudor de la rabia y me las ajusto con un gesto brusco—. Ambas sabemos que jamás tuviste la intención de ayudarme. Solo has venido a ver el cadáver de mi relación de cerca.

Ella retrocede con un gesto dramático, llevándose a la boca una mano con la manicura destrozada de hace tres semanas. Al parecer, el sueldo de mesera en el café de Dory’s no le alcanza para mantener el personaje de mujer fatal.

—¡Y por eso es que Chris se largó y te dejó en la calle! —me grita de pronto, perdiendo la fachada de compasión—. ¡Ya sabía yo que no iban a durar! Eres demasiado “fresa” para un hombre como él. Demasiado estirada con tus libritos y tu aire de secretaria importante.

—Tú no tienes ni la menor idea de por qué terminamos…

—¿Terminaron? —dice ella al tiempo que suelta una carcajada irónica que resuena en el pasillo vacío del edificio —. Qué gracioso. Según lo que dice todo el edificio, él fue quien te botó. Te dejó sola para vagar por las calles y, sinceramente, bien merecido te lo tienes. Las de tu clase son todas iguales: se creen las más bonitas, las más listas, y terminan así.

Me señala con el dedo, enfatizando cada palabra como si fueran clavos en mi ataúd.

—Solas, endeudadas y en la basura —sentencia con su marcado acento mexicano antes de meterse en su apartamento y dar un portazo que hace vibrar mis tímpanos.

Me quedo ahí, de pie, rodeada por un par de maletas que contienen los restos de mi dignidad. ¿Qué podría haberle dicho? Tenía razón. Chris me había desechado de la noche a la mañana. Levantó el depósito del alquiler de nuestro departamento, le entregó las llaves al dueño sin avisarme y desapareció, dejándome una deuda millonaria que mis ahorros de asistente nunca podrán cubrir.

Me acaricio el vientre, todavía plano, mientras el frío del pasillo —ese aire acondicionado deficiente que huele a humedad y encierro— empieza a calarme los huesos. Estoy sola. Estoy arruinada. Y como si la vida no se hubiera ensañado lo suficiente conmigo, estoy embarazada de un hombre que prefirió dejarme en la calle a pesar de todas sus promesas.

—Y hasta aquí llegó su “para siempre” —murmuro. Mi voz sale amarga, cargada de un cinismo que no sabía que poseía, pero no puedo evitarlo.

Arrastro mi maleta por el pasillo y el sonido de las ruedas contra el suelo desgastado retumba en mis oídos como una marcha fúnebre. En el fondo, una pregunta traicionera me escuece el pecho: ¿Qué habría pasado si Chris hubiera sabido lo del bebé? ¿Se habría quedado por deber, o habría huido aún más rápido? Niego con la cabeza, apartando el pensamiento con violencia. No importa. No se retiene a nadie con un niño; eso no es amor, es una condena, y no sería justo para ninguno de los dos. Si decidió irse, es porque no me amó lo suficiente. Punto.

—Lamento tanto lo que pasó, Holly —la voz de la señora Miller me sobresalta.

Viene regresando de su paseo matutino con Popy, su caniche hiperactivo. Paso por su lado intentando ignorar esa mirada de lástima que tanto detesto, pero me detengo en seco cuando añade—: Si necesitas algo… lo que sea, no dudes en decirme.

Me giro sobre mi hombro y por un segundo me siento tentada de soltarle una estupidez como <<Claro. Me vendría bien si tiene unos diez mil dólares que le sobren, ya sabe, Chris se endeudo hasta el cuello y luego se largó dejándome la deuda a mí>>. Pero entonces la miro a los ojos y ese pensamiento se esfuma tan rápido como vino. A diferencia de la víbora de Teresa, sé que la señora Miller lo dice de corazón. Ella nos vio llegar como una pareja ilusionada y ahora me ve irme como un naufragio. Le dedico una sonrisa que no llega a mis ojos café, pero que intenta ser un agradecimiento honesto.




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