_“—Y recuerda, Holly —susurró Chris, presionando mis manos contra sus labios con una devoción que entonces creí eterna—. A partir de ahora, no volverás a estar sola.
—¿Me lo prometes? —le pregunté, con la voz quebrada por un nudo de esperanza y miedo.
—Te lo prometo por mi vida. Jamás volverás a sentirte sola, porque yo estaré contigo para siempre.”_
—Christian Hamilton (19 años)
—Holly Anderson (18 años)
Central Park, Nueva York 5 años atrás.
El aire del otoño en Manhattan finalmente ha comenzado a enfriarse, y por primera vez en meses, le doy las gracias al clima. El descenso de la temperatura me permite usar abrigos largos y jerséis de lana que disimulan la curva incipiente de mi vientre, esa que poco a poco empieza a reclamar su espacio bajo mi piel.
Los primeros dos meses tras la huida de Chris fueron un infierno de murmullos. En los pasillos de Harrington & Co., mis compañeros me lanzaban miradas cargadas de una lástima pegajosa, de algún modo, el rumor de que mi “prometido” me había dejado se esparció como pólvora. Afortunadamente, nadie sospecha lo del bebé. Eso sería el fin. En este edificio, la debilidad se huele a kilómetros, y estar soltera, arruinada y embarazada es el equivalente corporativo a tener una sentencia de muerte.
—Holly, vamos a cenar en lo de Tony, ¿te apetece venir? —La voz de Sally, la nueva recluta de marketing, suena tan vibrante que me da envidia.
Me giro en mi silla y trato de forzar una sonrisa. Odio tener que apagarle los ánimos, pero mi realidad no admite cenas de diez dólares por un plato de pasta, y mucho menos copas de vino que no puedo beber.
—Me encantaría, de verdad —digo, mientras niego suavemente con la cabeza y pongo esa cara de “borrego a medio morir” que he perfeccionado para que dejen de insistir—. Pero James… el señor Harrington me pidió estas planillas para mañana a primera hora y…
—¿Otra vez con horas extras, Holly? —La voz de Adam resuena desde detrás de Sally, cargada de una molestia que no intenta ocultar—. Llevas meses prácticamente viviendo en esta oficina. Te quedas hasta que apagan las luces y eres la maldita primera en llegar. Harrington debería darte un aumento desde ayer, o al menos un monumento a la paciencia.
Me tenso. El nombre de James siempre me provoca un escalofrío, una mezcla de respeto profesional y un pavor instintivo hacia su frialdad, pero también es porque le estoy echando el muerto a mi jefe. No es que sea un santo, pero tampoco es tan despiadado como para hacerme trabajar horas extras… todos los días.
—No es eso, Adam. Es solo… es mi trabajo —respondo, tratando de dar por zanjado el tema mientras mis dedos juguetean nerviosos con el borde de mi teclado—. Quizá en otra ocasión, cuando las aguas se calmen.
Ambos se quedan en silencio un segundo, mirándome como si fuera la mentirosa más grande del mundo. Y no puedo culparlos. Lo soy. Soy la peor de todas. Miento sobre mi vida, miento sobre mi vientre y miento sobre por qué me quedo hasta tarde. No es por lealtad a la empresa, es porque el silencio de la oficina vacía es el único lugar donde puedo permitirme estar cansada sin que nadie me pregunte por qué tengo ojeras permanentes. Y por supuesto, por otros fines aún más personales… y un tanto desesperados.
—Como tú digas, Holly. Pero no dejes que ese hombre te absorba el alma —dice Adam con un suspiro, mientras empuja suavemente a Sally hacia la salida.
Los veo marcharse con el resto del grupo, riendo y haciendo planes para el fin de semana. Me quedo sola en la inmensidad de la planta 42, rodeada de cristal y acero. Me acaricio el vientre por encima de la tela gruesa de mi cárdigan y suspiro.
—Solo un poco más —susurro para la oficina vacía—. Solo tenemos que aguantar un poco más.
De pronto, la luz del despacho del fondo se enciende, proyectando una sombra larga y elegante sobre el mármol del pasillo. El corazón me da un vuelco. James Harrington sigue aquí. Y el “muro de hielo” no suele encender las luces a esta hora a menos que tenga algo que decir.
De inmediato, un frío peor que el del otoño neoyorquino me recorre la espina dorsal. Me pongo a rezar fervientemente a cualquier santo disponible para que, bajo ningún concepto, él haya logrado escuchar la sarta de mentiras piadosas que le acabo de soltar a Adam y a Sally. En cuanto veo su silueta recortarse contra el umbral, me aclaro la garganta e, instintivamente, aliso la tela gruesa de mi abrigo sobre mi vientre, intentando borrar arrugas reales o invisibles con dedos torpes y temblorosos.
—¿Hoy también trabajará hasta tarde, señorita Anderson?
Su voz me golpea directo en el pecho. Dios, esa voz. Es profunda, rica, con un matiz aterciopelado y oscuro que resuena en las paredes de la oficina vacía y me provoca un escalofrío incontrolable. Es exasperantemente atractiva, de esas que se te instalan bajo la piel y te exigen atención sin siquiera esforzarse.
—Debería ir a su casa y descansar un poco —añade, dando un paso hacia dónde estoy, pero sin acercarse lo suficiente.
Al principio, me obligo a guardar silencio. Me muerdo el interior de la mejilla, sopesando mis opciones. Pero hay un brillo dorado y demasiado astuto en sus ojos avellana que me advierte que, diga lo que diga, él ya va tres pasos por delante de mí. Cualquier excusa estándar va a sonar falsa. Decido arriesgarme.
—Señor Harrington, lamento si lo incomodé, no era mi intención —digo, adoptando ese tono modesto y profesional que suelo usar como escudo.
En un mundo normal, mostrarse un poco dócil ablanda a cualquiera. Pero James Harrington no pertenece a un mundo normal. Su corazón es un témpano cuya temperatura, con suerte, se eleva a los menos cinco grados en un día en el que está de excelente humor. Y hoy no parece uno de esos días.
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Editado: 01.06.2026