Cuando Deje de Nevar

2- El protector.

_“—Nunca firme un acuerdo dejándose llevar por la confianza, señorita Anderson. Recuerde leer siempre las letras pequeñas de un contrato.

—Lo entiendo, señor Harrington.

—No solo lo entienda, vívalo. Porque el día en que pase por alto los detalles… ese día habrá decidido, por voluntad propia, ponerse de rodillas ante su oponente.”_

James Harrington.

Holly Anderson.

Primer día de trabajo en Harrington & Co. Legacy Group.

Los segundos transcurren con una lentitud asfixiante, tanto que soy capaz de ver cómo se dibuja, lenta y deliberadamente, una media sonrisa en el rostro de James. En la profundidad de sus ojos avellana brilla un destello de triunfo absoluto, esa satisfacción depredadora y oscura que siente alguien al acorralar a su presa favorita sabiendo que la ha cazado con el más mínimo esfuerzo. Un remanente de puro pánico eléctrico me sacude el cuerpo, exigiéndome que huya, pero no hay a dónde escapar. Por mucho que corra, el intento sería ridículo si él ya sabe que estoy usando su imponente edificio corporativo como mi residencia personal.

El extraño y denso silencio que nos envuelve se rompe con el siseo metálico del ascensor al abrir sus puertas en el vestíbulo del primer piso. Aunque cada fibra de mi ser suplica por escapar de ese cubículo, mis piernas se niegan a cooperar. No puedo moverme. La mirada de James Harrington me tiene completamente anclada a mi sitio, despojándome de la capacidad de formular un solo pensamiento coherente.

—No se preocupe, Anderson —dice James de repente, rompiendo el hechizo. Se yergue cuan largo es, recuperando esa distancia profesional que tanto lo caracteriza, y mete las manos en los bolsillos de su pantalón sastre—. No pienso despedirla. Tampoco voy a exigirle explicaciones que no me corresponden.

—¿Ah, no? —Esa soberana estupidez es lo único que mi atribulada mente logra articular.

Cierro los ojos con fuerza, deseando retroceder el tiempo para tragarme mis palabras o, mejor aún, para golpear mi cabeza una y otra vez contra el espejo del ascensor. Me estoy comportando como una niña asustada de cinco años a la que un adulto acaba de atrapar cometiendo una travesura en el orfanato.

—No —escucho su voz profunda y masculina justo antes de abrir los ojos.

Lo veo estirar su brazo impecable para presionar con firmeza el botón del piso 42. El ascensor da un leve tirón y comienza a ascender de nuevo hacia las alturas de Manhattan.

—Supongo que si tuvo la audacia de instalarse en el cuarto del conserje…

—Excuarto del conserje —lo interrumpo de inmediato, ajustándome las gafas con un movimiento nervioso.

Necesito aferrarme a ese prefijo como si fuera un salvavidas para mi orgullo moribundo. ¿Qué importancia tiene aclarar que es el “ex” cuarto de limpieza? Para el mundo, ninguna. Para mí, lo es todo. Necesito distanciarme de la idea de que duermo rodeada del fantasma de los cubos y productos de fregar, porque si acepto en voz alta que vivo en un armario de escobas, terminaré por creerme lo que el eco de mi cabeza me susurra: que la vida me ha tratado como a un trapo sucio y descartable. Necesito creer que ese espacio, por muy minúsculo que sea, es un hogar.

—Como decía… —continúa James, ignorando mi interrupción con una caballerosidad fría que no sé si agradecer o resentir—, si ha estado utilizando ese espacio como su vivienda durante los últimos meses, asumo que debe tener un motivo de fuerza mayor para hacerlo.

—Sí, le aseguro que hay una razón… muy poderosa —consigo decir, acariciando inconscientemente la tela de mi abrigo sobre mi vientre aún plano.

—Bien. Con eso me basta.

El silencio vuelve a desplomarse sobre nosotros dentro de la caja de metal. No me atrevo a mirarlo ni de reojo. Sin embargo, en cuanto las puertas se abren de nuevo en la planta desierta y él sale al pasillo con paso firme, la curiosidad y el miedo ganan la partida. Lo sigo a toda prisa, arrastrando mi bolso.

—Yo… ¿puedo saber a dónde vamos? —Mi voz sale destemplada, con un hilo de pánico arañándome la garganta.

—Creí que era obvio, Anderson —responde él sin detenerse, avanzando con zancadas largas y elegantes hacia el final del pasillo—. Vamos a por sus cosas.

—Pero… ¿para qué? —Mis manos empiezan a temblar con violencia.

La certeza de que voy a terminar la noche durmiendo en un banco de Central Park me hiela la sangre. Después de todo, no puedo culparlo; Harrington & Co. Legacy Group es un imperio inmobiliario de lujo, no un maldito fondo de beneficencia o un hotel para sus empleadas desamparadas.

James no se molesta en responder. Se detiene frente a la pesada puerta de madera, gira el pomo, entra y enciende la bombilla desnuda del techo. La cruda luz amarilla ilumina mi realidad sin filtros: mis dos maletas gastadas alineadas junto a la pared, un bolso de lona y mi saco de dormir perfectamente enrollado en una esquina. El ritual que repito cada mañana para borrar el rastro de mi desgracia queda expuesto ante sus ojos avellana.

Él recorre el espacio con una mirada indescifrable, deteniéndose un segundo de más en el saco de dormir antes de girarse hacia mí.

—Dígame cuál de estas maletas contiene lo esencial —sentencia con una calma que me descoloca—. Es la primera que nos llevaremos ahora mismo. Mañana enviaré a Jackie por el resto.

No tengo la menor idea de qué es lo que pretende ni cuál es el juego que se trae entre manos, pero no lo dudo ni por una fracción de segundo. Me abalanzo sobre el armario y tomo con cierta brusquedad la maleta más pequeña, aferrándome a ella como si mi vida dependiera de ese trozo de lona gastada.

​En su interior no hay lujos. Solo está mi pequeño neceser con un tubo de pasta de dientes casi vacío, un cepillo que pide a gritos ser reemplazado, un par de camisetas básicas y algo de ropa interior. Pero lo verdaderamente crucial, lo que hace que mi corazón lata con violencia contra mis costillas, está escondido en el fondo: un pequeño conjunto de algodón unisex, de un color amarillo pálido, que compré en un arranque de frágil esperanza. Hace un par de semanas, mientras deambulaba por Queens intentando digerir la traición de Chris, pasé frente al escaparate de una tienda infantil. El dolor en mi pecho era tan agudo que, sin pensarlo, entré y compré esa prenda diminuta. Es lo único que tengo para mi futuro hijo por el momento y la sola idea de que James pudiera registrar mis cosas y descubrirlo me provoca un terror absoluto.




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