Cuando Deje de Nevar

3- El espacio entre los dos.

_“El espacio es solo la separación física entre dos cuerpos, la distancia es el muro emocional que decidimos levantar para protegernos. Al final, estar cerca es una coincidencia geográfica, permitir que el otro se acerque es una capitulación.”_

—James Harrington.

El trayecto en el ascensor hacia los niveles subterráneos de la torre Harrington se siente eterno. El silencio ya no es incómodo, sino espeso y cargado de una expectativa que me eriza la piel. Cuando las puertas se abren en el estacionamiento privado, el aire frío del subsuelo me golpea el rostro, haciéndome encoger los hombros. La iluminación es tenue, compuesta por hileras de luces LED blancas que rebotan contra el concreto pulido y los pocos autos de alta gama estacionados en las plazas exclusivas.

James camina a mi lado con una naturalidad exasperante, mientras yo arrastro los pies, aferrando mi pequeña y desgastada maleta contra el pecho como si fuera un escudo. Nos detenemos frente a su vehículo. Es un Audi de un color gris cronos, casi negro bajo esta luz. Es un coche eléctrico, soberbio y de líneas aerodinámicas e imponentes que gritan lujo y sofisticación, pero sin la necesidad estridente de presumir con motores ruidosos o colores llamativos. Es exactamente como él: letal, impecable y discretamente poderoso.

Sin pedirme permiso, James estira su brazo largo y, con una suavidad que me pilla desprevenida, me quita la maleta de las manos. Sus dedos rozan los míos por menos de un segundo, pero la descarga eléctrica de ese contacto me recorre la espina dorsal, encendiendo un calor traicionero en mi vientre. Lo observo caminar hacia la parte trasera y el maletero se abre de forma automática con un siseo imperceptible. Al dejar mi vieja maleta de lona barata junto a su perfecto set de viaje de piel, el contraste es casi doloroso. Mi pobreza y su opulencia flotando en el mismo espacio.

—Señor Harrington… —rompo el silencio, mi voz reverberando suavemente en el lugar vacío—. ¿Dónde está Jackie?

Sé perfectamente que Jackie, su chofer y guardia de seguridad personal, nunca se aparta de su lado. Es el único hombre en el que James parece confiar a ciegas en todo Nueva York.

James cierra la cajuela con un movimiento pausado. Se gira hacia mí, clavando esos intensos ojos avellana que parecen devorarme la línea de los pensamientos. Da dos pasos firmes en mi dirección, acortando la distancia hasta que vuelvo a quedar bajo el radar de su embriagador perfume a menta y maderas.

—Le di la noche libre, Anderson —responde con su característica voz profunda, arrastrando las palabras con una calma que me acelera el pulso.

¿Le dio la noche libre? ¿A Jackie? Mi mente se vuelve un caos. James Harrington no conduce su propio auto en la ciudad a menos que sea estrictamente necesario. ¿Por qué querría encargarse de esto él mismo? ¿Por qué ocultarle a su hombre de confianza que su asistente ejecutiva estaba viviendo en un armario de limpieza? Un súbito ramalazo de drama interno me golpea: ¿le avergüenza que lo vean conmigo? ¿O es algo más?

Antes de que pueda perderme en mis propias conjeturas, él se desplaza hacia el lado del acompañante y abre la puerta con una galantería impecable, manteniéndose firme mientras espera que suba. Titubeo. Mis zapatos se clavan en el cemento porque, entrar en ese auto significa cruzar la línea invisible que separa a la Holly Anderson empleada de la Holly Anderson mujer desamparada. Significa entrar en su espacio más íntimo.

—Suba, Anderson. No muerdo. Al menos, no si sigue las reglas —dice, y juro que capto un matiz peligrosamente oscuro en su tono, una nota de pasión contenida o simple juego psicológico que me hace tragar saliva —. Solo estaba bromeando, ya sabe, para aligerar el ambiente.

Asiento levemente, sin saber que responder ante eso y me deslizo en el asiento de cuero. El interior del vehículo huele a él y es una atmósfera limpia, costosa y abrigada. James cierra la puerta con un golpe sordo que me aísla del resto del mundo. Segundos después, él ocupa el asiento del conductor. El auto se enciende sin un solo ruido, solo el tablero digital iluminando sus facciones afiladas y esa mandíbula tensa que tantas veces he visto contraerse durante las reuniones de negocios.

Salimos del edificio y nos incorporamos al caótico tráfico nocturno de Manhattan. Las luces de los rascacielos y los neones de la ciudad se reflejan en el parabrisas, creando una danza de colores sobre nuestras cabezas. El silencio dentro del coche es magnético, pesado, asfixiante. Miro de reojo el tablero, inmaculado, sin un solo objeto personal. De pronto, una punzada ridícula y ardiente de celos me atenaza el pecho. Mis hormonas, completamente revolucionadas por el embarazo, deciden jugar en mi contra. Me descubro preguntándome cuántas mujeres elegantes, modelos de pasarela o herederas de la alta sociedad neoyorquina habrán viajado en este mismo asiento, disfrutando de su cercanía, tocando esa piel perfecta. Me muerdo el labio, furiosa conmigo misma por tener pensamientos tan estúpidos. Él es mi jefe. Yo solo soy un problema que está resolviendo por pura beneficencia corporativa.

Un escalofrío violento me sacude el cuerpo de repente. Intento disimularlo pegándome a la puerta, pero es inútil. Mis manos tiemblan sobre mis rodillas.

James no dice nada, pero por el rabillo del ojo veo cómo su mano derecha, grande y de dedos largos, se mueve hacia la pantalla táctil central. Con un par de toques rápidos, sube la temperatura de la climatización de mi lado. Al instante, un flujo de aire cálido comienza a envolverme las piernas y el rostro, derritiendo el frío que llevaba incrustado en los huesos desde hacía semanas.

Pero no se detiene ahí. James estira el brazo hacia los asientos traseros sin apartar la vista de la carretera. Trae consigo una pesada y mullida manta de lana de cachemira gris.




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