_“El embarazo es una dicotomía perfecta: es la magia de crear vida y la pesadilla de perder el control sobre la propia. Entre náuseas y el miedo, el cuerpo se siente como un extraño, pero camino por una cuerda floja aferrándome a la única certeza que tengo: que al final de este camino arduo, me espera el premio más grande: mi bebé. El único corazón que latirá exclusivamente por mí.”_
— Holly Anderson.
En algún lugar del primer trimestre.
Observo a James dejar mi maleta junto a una puerta pesada que intuyo conduce hacia un pasillo de los dormitorios, pero me guardo las preguntas. No quiero parecer entrometida, mucho menos en su territorio. Simplemente me quedo de pie en el centro de ese inmenso salón, observando cuál será su siguiente movimiento mientras trato de asimilar que estoy aquí.
—Puede sentirse como en su casa, señorita Anderson —dice en un tono inesperadamente suave, dirigiéndome una mirada rápida antes de encaminarse hacia la cocina.
La cocina es un espectáculo aparte, aunque mantiene esa misma estética desalmada del resto del penthouse. Dominando el centro del espacio hay una colosal isla de mármol negro absoluto, pulida hasta el punto de reflejar las luces dicroicas del techo como si fuera un espejo de agua oscura. Los electrodomésticos de acero inoxidable están empotrados con una precisión que incluso asusta y no hay un solo utensilio fuera de lugar. Es hermosa, sí, pero pulcra hasta la agonía. De inmediato siento la extraña y casi tóxica tentación de derramar algo sobre ese sitio tan impecable, aunque sea un chorrito de agua, solo para vandalizar tanta perfección y devolverle la normalidad al mundo. Por el bien de mi empleo y de mi dignidad, logro contener mis impulsos criminales.
Me quedo a una distancia bastante prudencial, apoyando la espalda contra una de las columnas de hormigón, observando cada movimiento que James realiza en ese espacio. Lo veo moverse con una soltura que me descoloca, buscando algunas verduras frescas y utensilios en los compartimentos ocultos.
—Supuse que tendría hambre —suelta de repente, sin apartar la vista de unos pimientos rojos que comienza a lavar en el fregadero—. Mi madre dice que se me da bien la cocina. De hecho, ella alega que soy bastante mejor que ella. Claro está que para eso no hace falta mucho... Después de todo, no recuerdo ni una sola vez en mi vida que ella haya cocinado algo. Estoy seguro de que jamás ha puesto un pie en la cocina.
Las últimas palabras salen de su boca en un susurro casi imperceptible, espeso, como si estuviera hablando consigo mismo. Como si la solemnidad del espacio lo hubiera traicionado y hubiera olvidado, por un jodido segundo, que yo estoy parada a unos metros de él. Es un destello de drama familiar, una pequeña grieta en su muro de hielo que me permite ver al niño rico que creció rodeado de lujos pero al parecer, carente de calor materno.
Cuando James eleva la cabeza y sus ojos avellana se encuentran con los míos, sus labios se tuercen en una mueca rápida que intenta emular una sonrisa. Es entonces cuando compruebo que mi intuición no falla: esa confesión no era para mí. Se le escapó.
Afortunadamente, cuento con años de experiencia en el arte de ser invisible. He estado presente en reuniones de alta gerencia donde mi presencia debía pasar desapercibida, tomando minutas mientras los directivos se despedazaban o revelaban secretos financieros. Sé perfectamente cuándo debo hacer oídos sordos ante temas que jamás deben salir de esas paredes. Así que aplico mi mejor estrategia corporativa: me hago la desentendida.
Asiento con la cabeza de manera pausada, fingiendo que solo registré su comentario sobre mi apetito. James parece apreciar el gesto en silencio, la tensión en sus hombros disminuye un milímetro.
—Muy bien, entonces prepararé unas ensaladas ligeras y algo de salmón —dice, retomando su seguridad habitual.
Inmediatamente siento un vuelco violento en el estómago, pero me las arreglo para disimularlo con una sonrisa cortés que espero no parezca una mueca de dolor.
—Por cierto —continúa él, dejando los pimientos sobre la tabla de picar—, siento que es totalmente innecesario que nos hablemos de forma tan formal estando fuera del horario de trabajo. Además... hace un rato, en el ascensor, me llamaste la atención con un descaro que ningún otro empleado en esta empresa ha osado tener jamás.
El tono de su voz lleva un matiz indescifrable, una mezcla de diversión y una sutil provocación que me enciende las mejillas.
—Yo... quería disculparme por eso. De verdad, no sé qué me pasó —miento descaradamente. Sí sé lo que me pasó: mis hormonas están en pie de guerra—. Lo lamento mucho, señor Harrington.
—Holly, por favor —me interrumpe, ladeando la cabeza mientras apoya las manos en el borde de la isla de mármol—. Siéntete libre de tutearme. Fuera de la oficina, simplemente dime James.
—Pero...
—Como dije antes, no estamos en el trabajo. Y además, nos conocemos desde hace unos cuantos años. Es lo mínimo.
Me quedo atrapada en la intensidad de su mirada. Su nombre de pila se siente pesado en mi boca, demasiado íntimo, demasiado peligroso para mi estabilidad emocional.
—Sí. Por supuesto, seño... James.
—Así está mejor —concluye él con un asentimiento de cabeza un tanto rígido.
Se dirige hacia la inmensa nevera de doble puerta, pero antes de abrirla por completo, se gira en mi dirección. Para ese momento, la curiosidad me ha vencido y me he acercado un poco más, quedando justo al otro lado de la isla de mármol, en el lado contrario a donde él se dispone a cocinar, me senté sobre una butaca de madera.
—Espero que te guste el salmón —comenta.
—Claro —digo, tragando saliva con dificultad mientras intento ocultar el pánico que empieza a invadirme—. Es... delicioso. Muy rico. Ñami -ñami.
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Editado: 17.07.2026