Cuando Deje de Nevar

5- Una cena y una propuesta.

_“Cambié las cadenas de una deuda insostenible por el oro brillante de una mentira. Fingir ser su prometida ante su familia en medio del invierno de Colorado parecía la única salida, sin sospechar que el verdadero peligro no era el contrato que firmaba, sino la peligrosa cercanía de un hombre que ya empezaba a provocar estragos en mi interior."_

Holly Anderson.

Los primeros quince minutos transcurrieron en un silencio tan espeso que casi podías cortarlo con cuchillo. Yo estaba convencida de que él sabía perfectamente que lo había escuchado gritarle a su madre sobre un "compromiso" inexistente. Además, la tensión en la mesa era palpable. James ya llevaba media copa bebida, disfrutando de los matices del tinto, mientras yo no había tocado ni una gota de mi copa. Cada vez que él levantaba la copa, sus ojos avellana se desviaban hacia la mía, que seguía intacta, en una muda pero insistente pregunta.

​—Espero que la cena sea de tu agrado —dijo él, rompiendo el hielo con una cortesía que sonaba peligrosamente gélida. Su mirada cayó sobre mi plato, donde solo descansaba una rodaja de queso y un tomate cherry que me negaba a tocar.

​—Oh, sí, en realidad está todo delicioso —mentí descaradamente—. Pero… la verdad es que no tengo mucho apetito.

​Mi cuerpo, ese traidor sinvergüenza, decidió desmentirme al instante. Mis tripas emitieron un rugido profundo, casi animal, que resonó en el penthouse como un trueno. Sentí cómo el calor me subía por el cuello hasta las orejas, tiñéndome la cara de un rojo carmesí. Si tuviera la nariz de Pinocho, en este momento habría atravesado la pared del salón.

​James levantó una ceja, con una diversión contenida que me hizo querer desaparecer bajo el sofá.

​—Parece que tu estómago no está muy de acuerdo con tus palabras, Holly.

​—Sí, bueno… es…

​—¿Deseas otra cosa para beber? —me interrumpió, ignorando mi torpeza—. He notado que no has tocado tu copa.

​—Es que… yo no bebo —solté antes de poder frenar la lengua.

​James dejó la copa sobre la mesa, emitiendo un tintineo que me hizo saltar. Me miró fijamente, con esa intensidad analítica que usaba para diseccionar contratos.

​—Pero te he visto beber en las fiestas de la empresa.

​—Ah, eso… eso fue antes. En el pasado, muy en el pasado.

​—Tuvimos una gala hace cinco meses, Holly. Y bebiste.

​—Sí, pero… —me desesperé, buscando una salida elegante—. Es que dejé de beber desde entonces porque… estoy a dieta. Ya sabes, el alcohol no es bueno para la salud y quería desintoxicarme.

​James me lanzó una mirada de «no puedo creer la estupidez que acabas de soltar». Y no podía culparlo, todos en la oficina sabían que nunca me había preocupado por las calorías y que, de hecho, el vino era mi único vicio social. Pero no podía decirle la verdad. No podía decirle que mi cuerpo estaba creando vida y que el alcohol estaba vetado por los próximos meses.

​—En fin —dijo, poniéndose de pie con una brusquedad que me sobresaltó—, veré qué hay en la nevera.

​Antes de que pudiera balbucear una disculpa, se esfumó en la cocina. Regresó un minuto después con una jarra de vidrio y una gota de sudor en la frente, trayendo jugo de naranja natural.

​—Espero que esto te guste —dijo, sirviéndome un vaso—. No tiene azúcar agregada.

​—¡Es perfecto! —le dije, y no mentía. El azúcar natural era justo lo que mi cuerpo pedía a gritos.

​Él se sentó, tomó mi copa de vino llena y la cambió por la suya, que estaba vacía, como si quisiera eliminar cualquier tentación. Sus ojos se oscurecieron.

​—Entonces —su voz bajó un tono, volviéndose más grave—, ¿qué fue lo que te llevó realmente a dormir en la oficina, Holly?

​La pregunta cayó como una sentencia. Pensé en mentir, en decir que era una cuestión de comodidad, pero luego, al ver su expresión de expectativa, sentí que la honestidad era mi única arma.

​—Estaba comprometida. Y… bueno, él se marchó sin decir nada —bajé la mirada, buscando cualquier imperfección en la mesa para evitar ver si sus ojos mostraban esa lástima que tanto detestaba. Él permanecía impasible—. Supongo que ya lo sabías. En la oficina todo el mundo se enteró cuando desapareció.

​—Es cierto —confirmó James, directo, sin rodeos—. Supe respecto a tu prometido, Chris, y su ruptura repentina. Pero, Holly… eso no es motivo para vivir en un armario de suministros.

​—Es que Chris marchándose sin decir nada es solo la punta del iceberg —confesé, y sentí que las palabras, reprimidas durante meses, empezaban a brotar—. La razón por la que estoy viviendo en la oficina es porque el muy imbécil se endeudó hasta las cejas y huyó de la ciudad. Reclamó el depósito del apartamento donde vivíamos sin decirme una palabra, se largó con el dinero y me dejó en la calle… con una deuda imposible de pagar.

​El silencio que siguió fue absoluto. No tuve el valor de levantar la vista. De repente, un sonido seco, metálico, me obligó a mirar: James había cerrado los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos y sonaron al tensarse.

​—¿Me estás diciendo —su voz era un susurro peligroso, cargado de una furia gélida que nunca le había escuchado— que tu ex prometido se escapó con tu dinero, te dejó en la calle y te endosó su puta deuda?

​—Sí, esa es la historia en resumen —respondí, con la voz quebrada.

​—¿¡Pero qué clase de imbécil se atreve a hacer semejante canallada!? —Solo lo había visto así de enojado una vez, cuando un competidor intentó robarle información confidencial—. ¡Holly, mírame! ¿De cuánto es la deuda?

​No quería responder. Lo último que necesitaba era a James Harrington sintiendo lástima por mí, o peor aún, viéndome como una causa benéfica. Pero su mirada era tan autoritaria, tan imposible de ignorar, que las palabras salieron solas antes de que pudiera frenarlas.

No dejó espacio para la réplica, ni un resquicio por donde colar una objeción. Con un movimiento seco, se echó hacia atrás, llevó la copa hasta sus labios y bebió el tinto con una sed que rozaba la furia contenida. Yo, en cambio, me quedé anonadada, con el corazón atragantado en la garganta, buscando desesperadamente las palabras correctas para declinar su oferta sin ofenderlo, sin caer en la trampa de exponerme aún más.




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