Cuando Deje de Nevar

6- Náuseas en las alturas.

_“Cláusula especial del acuerdo (pero totalmente no negociable): A cambio de soportar un jet privado, náuseas a diez mil metros de altura y una mentira con fecha de caducidad, la “falsa prometida” se reserva el derecho absoluto e intransferible de sacar de quicio a James Harrington tantas veces como su escasa paciencia se lo permita… sin derecho a réplica por parte del CEO.”_

Dos horas más tarde, el contrato reposaba impreso con una nitidez impecable sobre el escritorio privado del estudio de James. Las páginas olían a tinta fresca y a una condena perpetua disfrazada de acuerdo legal. Él ya había estampado su firma con un trazo firme y dominante, pero no antes de haberlo leído en voz alta dos veces. Dos malditas veces, no porque fuera un despistado, sino porque yo, aterrorizada ante el abismo, le había suplicado con un hilo de voz que lo repitiera, buscando desesperadamente cualquier excusa para retrasar lo inevitable.

Ahora, el peso del mundo recaía sobre el extremo de mis dedos. La pluma estilográfica de metal pesado quemaba en mi palma. Una parte de mí —la más racional— gritaba que huyera, que firmar esto era entregarle mi libertad a un hombre que ya poseía el control absoluto de mi mente. Una punzada de celos oscuros y amargos me recorrió las entrañas al pensar en cuántas mujeres habrían matado por estar en mi lugar, firmando un contrato de “compromiso” con James Harrington, deslumbradas por su dinero y su poder. Pero para mí, esto no era un cuento de hadas, era una jaula dorada y claustrofóbica.

James me observaba desde el otro lado del mueble de caoba, con los ojos avellana fijos en mí, analizando cada microgesto de mi rostro tenso.

—¿Te tiembla el pulso, Anderson? —su voz, baja y cargada de una intimidad peligrosa, rozó el silencio de la habitación—. Aún estás a tiempo de echarte atrás.

Su tono no era una amenaza, era un recordatorio implacable de mi propia ruina y de que él, una vez más, tenía todas las cartas de la partida. Levanté la barbilla, desafiando el nudo que se me había formado en la garganta.

—No me tiembla el pulso, solo… estoy admirando tu talento para maquinar contratos de esclavitud moderna —repliqué con una falsa bravuconería que apenas disimulaba mi pánico.

Él esbozó una sonrisa de lado, una mueca lenta y fascinante que me aceleró el corazón de la peor manera, encendiendo esa chispa de pasión y peligro que siempre lograba descolocarme.

—No es esclavitud, Holly. Es protección —murmuró, inclinándose ligeramente hacia adelante, acortando distancias invisibles—. Y te aseguro que yo cumplo mis tratos con mucha más lealtad que tu ex prometido.

Las palabras golpearon directo en mi orgullo herido. Tragué saliva con dificultad, sintiendo que el aire escaseaba en el estudio. Tomé una bocanada de aire profundo, cerré los ojos por un segundo para apaciguar el caos en mi pecho y, antes de que mi cobardía me ganara la partida, bajé la punta de la pluma y garabateé mi firma con una rapidez feroz sobre la línea punteada.

—Listo —exhalé, dejando caer el bolígrafo como si quemara, e intentando esbozar una sonrisa burlona, como si acabara de romper un récord mundial de mala toma de decisiones.

James se recostó en su asiento, contemplando la tinta seca que ahora unía nuestros destinos de la forma más retorcida posible. Su mirada se suavizó por una milésima de segundo, adquiriendo un brillo posesivo que me dejó sin aliento.

Pero en ese preciso instante, un relámpago de puro terror heló mi sangre. Una verdad aplastante me golpeó con la fuerza de un tren en marcha: James aún no sabe nada sobre el bebé.

Miré su perfil, su mandíbula fuerte, la forma en que su mente ya estaba calculando nuestros próximos pasos en Colorado, y decidí enterrar el pánico. Hoy había vendido mi libertad para salvar mi pellejo. El pequeño secreto que crecía en mi vientre tendría que esperar su propio momento para estallar, aunque sabía que, cuando lo hiciera, destruiría el frágil mundo que acabábamos de construir.

Una semana después.

Resulta que para los Harrington las festividades de fin de año comenzaban a finales de noviembre y no en diciembre, lo que explicaba por qué ahora me encontraba atrapada a miles de metros de altura, a bordo de un jet privado rumbo a Silverpine, Colorado, aferrada a una bolsa de papel marrón como si fuera mi única tabla de salvación en medio de un naufragio.

—¿Falta mucho para llegar? —pregunté con la voz temblorosa, casi inaudible, mientras apretaba la bolsa contra el pecho sintiendo que el estómago se me iba a la garganta.

James me miró de reojo. Su ceja izquierda se alzó en un arco preciso mientras me estudiaba con esa mezcla de perplejidad y fastidio que tan bien conocía. Su expresión indicaba que al principio creyó que estaba bromeando, pero al notar el temblor en mis manos y el tono de genuina desesperación en mi voz, simplemente soltó un suspiro cargado de pesada paciencia.

—Holly —su voz adoptó el timbre exacto que utilizaba cuando reunía aire para hablar con un caso perdido—, el avión despegó hace apenas diez minutos.

—¡Pero me dijiste que tu maldito jet era el más veloz del mundo! —le reproché a gritos, perdiendo el poco autocontrol que me quedaba, sin importarme lo patética que sonaba.

A él pareció importarle un rábano mi rabieta. En cambio, a su impecable azafata personal, que pasaba por el pasillo en ese momento, pareció apetecerle arrojarme por la escotilla, mirándome con una frialdad digna del mismísimo demonio.

—Sí, lo dije —respondió James con una calma exasperante, cruzando las piernas con total elegancia.

—¿Entonces me mentiste? —insistí, aferrándome al reposabrazos con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos, mientras una parte racional de mi cerebro me gritaba que estaba actuando como una histérica—. ¿Por qué demonios tuviste que mentirme?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.