Cuando Deje de Nevar

7- Silverpine, Colorado.

_“Aterrizar en el corazón helado de Colorado no fue lo que había imaginado. Y encontrarme con una serpiente parlante no era lo que imaginaba como comité de bienvenida”._

Holly Anderson.

Sentí que alguien me sacudía con suavidad, sacándome a tirones de un sueño pesado y brumoso mientras susurraba mi nombre. Aturdida, arrastré la manta de cachemira hasta cubrirme la cara por completo, gruñendo como un oso perezoso al que intentan arrancar de su hibernación.

—Solo cinco minutos más… —balbuceé con la voz ronca y pastosa por el cansancio.

—Lo siento, Anderson, pero me temo que eso es logísticamente imposible —la voz de James en un susurro me llegó a través de la neblina del sueño, aunque el tono divertido no era suficiente para despabilarme del todo—. Aunque debo admitir que no me importaría seguir aquí sentado, observándote babear mientras sueñas con un maldito helado de menta granizada.

—Mmmm… helado… —murmuré, con la mente atrapada todavía en un paraíso azucarado y lejano.

—Sí, bueno. Llevas la última media hora balbuceando y babeando —prosiguió él con una risa contenida—. Literalmente empapando la almohada con tus fantasías lácteas.

—Yo no babeo —discutí a la defensiva, arrastrando las palabras con indignación.

De forma instintiva, llevé los dedos hacia la comisura de los labios. Para mi absoluta desgracia, mis yemas tropezaron con una sustancia tibia y pegajosa.

De inmediato, me incorporé de golpe sobre el asiento de cuero del jet, pasando la manga de mi blusa por la barbilla con desesperación, sintiendo que las mejillas me ardían de la vergüenza al pensar que no solo James, sino también su intachable azafata, me habían visto en semejante estado de indigencia absoluta.

—¿Por qué diablos no me despertaste si sabías que estaba babeando? —le increpé, fulminándolo con la mirada mientras él se cruzaba de brazos con total desparpajo.

Pero entonces me detuve en seco. Mi cerebro, aún aletargado, tardó unos segundos en procesar lo que estaba viendo y escuchando. Era la primera vez que escuchaba a James Harrington reírse de verdad. No era la sonrisa ensayada de los cócteles corporativos, ni la mueca cortés para complacer a un cliente multimillonario, era una risa genuina, profunda, un sonido cálido y ronco que vibraba en su pecho y transformaba por completo la dureza habitual de sus facciones. Su rostro se relajó, los bordes de sus ojos avellana se arrugaron con una ternura inesperada y una punzada tan feroz como traicionera me atravesó el pecho, recordándome lo peligroso que era verlo bajar la guardia de esa manera.

—Es que te veías… extrañamente pacífica durmiendo así —confesó él, suavizando el tono mientras su mirada se detenía en mí con una intensidad magnética que me cortó la respiración—. Además, parecías al borde del colapso. Supuse que dormir te ayudaría a sobrevivir al resto del viaje.

Y no se equivocaba. Para mí, el vuelo había transcurrido en un parpadeo, como si los mil demonios de las náuseas y el dolor por mis anteojos rotos hubieran quedado sepultados bajo el cansancio. Recordé el momento, unas horas antes, cuando James había descubierto mis gafas hechas trizas tras el turbulento despegue. Se había ofrecido a comprarme unos modelos de alta gama antes de aterrizar, pero yo me había negado en redondo, aferrándome a los fragmentos con la terquedad de quien defiende su último tesoro. No quería otras, quería las mías, las que me había regalado Sor Ana, incluso si ahora debía usar un trozo de cinta adhesiva para sostener el cristal izquierdo.

El rugido de los motores cambió de tono bruscamente, volviéndose más pesado y acompasado. La voz del piloto resonó por el intercomunicador anunciando nuestro inminente descenso. Miré a través de la ventanilla ovalada del jet y el aliento se me quedó atrapado en los pulmones.

Habíamos aterrizado en una pista privada oculta en el corazón de Silverpine, Colorado, un valle aislado en las montañas que parecía sacado de una postal navideña excesivamente dramática. El paisaje era imponente y gélido hasta los huesos. Los abetos gigantescos, cargados con una capa espesa y pesada de nieve virgen, se extendían como guardianes silenciosos bajo un cielo plomizo que amenazaba con descargar una nueva tormenta. A lo lejos, las majestuosas Montañas Rocosas se alzaban cortantes, recortándose contra el horizonte en tonos grises y azulados, envueltas en una bruma helada que te hacía sentir insignificante ante la grandeza del mundo.

El termómetro exterior debía marcar varios grados bajo cero, y en cuanto la puerta de la cabina se abrió con un silbido metálico, una ráfaga de aire ártico, puro y cortante como el cristal, irrumpió en el interior, golpeándonos el rostro y obligándome a temblar de inmediato bajo mi delgado abrigo.

—Bienvenida a Silverpine, Anderson —dijo James con una calma imperturbable, poniéndose de pie con su habitual elegancia y ofreciéndome la mano con una caballerosidad que irritaba tanto como seducía—. Prepárate. El verdadero frío recién comienza, y mi familia nos está esperando en la casa.

Un escalofrío repentino me recorrió de pies a cabeza, y ni por asomo tenía que ver con la temperatura del jet. La mera mención de su familia hizo que un nudo de plomo se me instalara en la boca del estómago. James pareció notar al instante mi temblor y sin mediar palabra, tomó el abrigo de lana oscura que había dejado sobre el respaldo de su asiento y lo depositó con firmeza sobre mis hombros. Su peso me envolvió de inmediato, impregnado con su inconfundible aroma a sándalo y a un peligroso lujo masculino que me dejó sin aliento, despertando una punzada de celos y frustración al sentir lo fácil que era para él cuidarme, y lo vulnerable que me hacía su cercanía.

—Gracias —murmuré, apretando la tela contra mi pecho mientras lo miraba por encima del hombro con genuina preocupación—. ¿Pero y qué te pondrás tú? Afuera está helando de verdad.




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