_“Nunca tuve predilección por buscar mi propia tumba, pero bastó cruzar el umbral de esa imponente mansión de piedra para comprender que no solo me había metido de cabeza en el nido de las serpientes, sino que el verdadero veneno ya empezaba a quemarme por dentro.”_
— Holly Anderson.
Al final, cualquier intento de detenernos en el pueblo quedó completamente descartado. James echó un vistazo al retrovisor y la sombra de una mueca de fastidio cruzó por su rostro. Justo detrás de nosotros, a escasos metros, el lujoso todoterreno de su familia se mantenía pegado a nuestro parachoques como un depredador acosando a su presa, una clara advertencia de que nos estaban custodiando de cerca para asegurarse de que cumpliéramos con el itinerario impuesto.
—Parece que nos han montado escolta personal —dije con una mezcla de amargura y resignación, cruzando los brazos bajo el abrigo prestado de James mientras sentía cómo el nudo en mi estómago se apretaba un poco más.
James soltó un suspiro pesado, apretando el volante de cuero con la mandíbula tan tensa que los músculos se le marcaron con fuerza.
—Olvídate de la tienda, Holly. Ya no tiene sentido —respondió con voz ronca, sin apartar la vista de la carretera—. Mi madre no nos dejará respirar ni un solo segundo.
El ronroneo del motor sonaba con suavidad y así dejamos atrás el pintoresco centro del pueblo de Silverpine. Las calles parecían sacadas de una postal navideña excesivamente cara: hileras de casonas de estilo alpino con techos colmados de nieve virgen, farolas antiguas de hierro forjado que proyectaban una luz ámbar y cálida sobre la ventisca, y pequeñas tiendas de antigüedades y chocolaterías artesanales cuyos cristales empañados mostraban decoraciones festivas impecables. Todo allí respiraba una opulencia silenciosa, un aire limpio y exclusividad que me hacía sentir como una intrusa disfrazada con la ropa equivocada.
A medida que el auto comenzó a ascender por una carretera secundaria, serpenteando a través de un denso bosque de pinos centenarios cargados de escarcha, el pueblo fue quedando atrás, tragado por la inmensidad blanca de la montaña.
Y entonces, emergiendo de la bruma y los árboles como una fortaleza inaccesible, apareció la mansión de los Harrington.
El aire se me quedó atrapado en la garganta. No era una simple casa, no, eso habría sido decir una blasfemia. Aquello era un palacio de piedra gris y madera oscura, una estructura imponente de arquitectura alpina y gótica que se alzaba desafiante contra el cielo plomizo de Colorado. Sus enormes ventanales de cristal reforzado reflejaban la majestuosidad de las cumbres nevadas, y un largo camino de entrada pavimentado con adoquines antiguos conducía hasta una imponente puerta doble de roble macizo flanqueada por pilares de piedra. Todo en ese lugar gritaba poder, linaje, riqueza y un desprecio absoluto por cualquiera que no perteneciera a su estirpe.
Una ola de vértigo y profunda intimidación me recorrió la columna vertebral. Contemplé la mansión con los ojos muy abiertos, sintiéndome dolorosamente pequeña, frágil y fuera de lugar. ¿Qué diablos hacía yo allí? ¿Cómo se suponía que iba a fingir ser la prometida de uno de los hombres más ricos y poderosos del país frente a una familia que me devoraría viva antes del desayuno? Mis dedos aferraron con fuerza la tela del abrigo de James, buscando un ancla en medio de la tormenta mental que amenazaba con destrozarme.
James aparcó el auto junto a la entrada principal y, antes de apagar el motor, se giró hacia mí. Al ver mi expresión pálida y desencajada, su mirada se suavizó de inmediato, perdiendo toda la frialdad para dejar paso a una intensidad protectora que me quemaba por dentro. Alargó la mano y, con una delicadeza desconcertante, apartó un mechón de mi cabello rebelde, rozando mis dedos helados con los suyos.
—Mírame, Holly —pidió en un susurro bajo, casi una orden íntima que hizo que mi corazón diera un vuelco salvaje—. No estás sola en esto. Juntos vamos a jugar este juego, y te juro que no dejaré que nadie te toque un solo pelo.
Asentí despacio, tragando saliva con dificultad, mientras sentía que el calor de su tacto era lo único real en medio de ese castillo de hielo. Las puertas del infierno familiar estaban a punto de abrirse, pero con James a mi lado, por primera vez sentí que tal vez, solo tal vez, estaba dispuesta a quemarme.
En cuanto mis botas hundieron la suela en la nieve crujiente y helada, supe con absoluta certeza que esta aventura me iba a arrancar diez años de vida. Un instinto primario, visceral e incontrolable me hizo llevar la mano hacia el vientre, buscando instintivamente proteger y calmar a mi bebé en medio del caos. Pero, al percatarme del gesto, disimulé de inmediato, transformando la caricia protectora en un movimiento mecánico, sacudiendo pelusas inexistentes de la tela del abrigo. En ese preciso instante, como si sintiera el temblor invisible que me sacudía por dentro, los dedos de James envolvieron mi mano con una firmeza magnética, justo cuando las puertas del todoterreno negro se abrieron con un chasquido sutil.
El chofer descendió con rapidez para abrir la puerta trasera. La primera en salir con su habitual aire de superioridad fue Bea, pero tras ella emergió la verdadera emperatriz de este imperio de hielo: la madre de James.
Era una mujer imponente y deslumbrante de pies a cabeza, con el cabello plateado perfectamente recogido en un rodete severo que dejaba al descubierto un rostro de facciones afiladas, pómulos marcados y unos ojos de un azul tan gélido y penetrante que parecían capaces de diseccionar el alma humana en segundos. Llevaba puesto un abrigo largo de visón negro y cachemira que exudaba una riqueza obscena, caminando con una gracia depredadora, como si el suelo de la montaña misma le perteneciera por derecho divino.
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Editado: 10.08.2026