Cuando Deje de Nevar

9- Un aliado.

_“En una guerra en territorio desconocido, la supervivencia no depende del orgullo ni de la fuerza, sino de una regla de oro inquebrantable: antes de trazar trincheras en territorio enemigo, lo primero que debes asegurar… es un aliado.”_

Holly Anderson.

Estuve inmensamente agradecida cuando el sonido del cerrojo marcó el inicio de mi soledad. En cuanto Antonia se marchó, me quedé a solas en el vasto silencio de la habitación. Lo primero que capturó mi atención fue un enorme armario de roble oscuro, una pieza de mobiliario tan imponente que parecía sacada de un museo. Abrí sus puertas de par en par, solo para comprobar lo que ya temía: la escasa y modesta ropa que había traído en mi maleta apenas lograría cubrir una esquina de aquel cavernoso espacio. Me sentí diminuta, una intrusa vistiendo disfraces ajenos en un castillo que no me pertenecía.

Con un suspiro que arrastraba todo el cansancio acumulado, me alejé del armario y me dirigí hacia el fondo de la estancia, donde un enorme ventanal de suelo a techo enmarcaba una postal idílica. Desde allí, el bosque nevado se extendía como un manto de cristales bajo el cielo gris. Era una vista de postal navideña, de esas que aparecen en las revistas de lujo, una fantasía invernal a la que yo, con mis mentiras y mi vida destrozada, simplemente no encajaba.

Llevé las manos hacia el vientre, cubriéndolo con una ternura protectora mientras sentía el pulso acelerado de mi propio miedo.

—Realmente no sé si podré hacer esto… —murmuré contra el frío cristal, buscando algún tipo de respuesta en el silencio de mi interior—. Pero ya no hay marcha atrás. No puedo echarme a correr ahora.

Fue entonces cuando, al fijarme con más atención en la estructura del ventanal, descubrí que los paneles de cristal no eran solo una ventana, sino una puerta balcón que comunicaba directamente con el exterior. La urgencia por escapar del encogimiento de paredes de la habitación se apoderó de mí, necesitaba aire fresco, necesitaba que el frío ártico me golpeara los pulmones y despejara el caos mental que me estaba ahogando.

Empujé la hoja de cristal y salí a la terraza.

El espacio era amplio pero sobrio, delimitado por una baranda de hierro forjado antiguo que ya acumulaba una delgada capa de escarcha. Delicados carámbanos de hielo colgaban de los bordes superiores, brillando como pequeños cristales bajo la luz pálida del atardecer montañoso. El aire que me recibió fue una bofetada helada que me cortó la respiración al instante, pero lo preferí mil veces al ambiente enrarecido y opresivo del interior de la mansión.

Caminé con paso lento hacia la baranda, apoyé los antebrazos sobre el metal congelado y cerré los ojos. Inhalé profundamente, llenando mis pulmones con el aroma puro a pino y nieve virgen, y solté el aire con lentitud, dejando que cada segundo de tensión abandonara mi cuerpo.

—Esto está infinitamente mejor… —susurré con una pequeña sonrisa en los labios, abriendo los ojos para contemplar la majestuosidad del paisaje—. La verdad, dudo sobrevivir veinticuatro horas encerrada en esa casa sin perder la cabeza.

—Te entiendo perfectamente. Es una auténtica jungla dónde siempre serás la presa.

Me sobresalté con tanta violencia que estuve a punto de dar un salto hacia atrás y perder el equilibrio. Mi corazón dio un vuelco salvaje contra mis costillas y lancé un ahogado y patético chillido de cervatillo acorralado al descubrir que no estaba sola.

Desde el balcón contiguo, un joven me observaba con una sonrisa divertida que ensombrecía el asombro en mi rostro.

—Vaya, lo siento de verdad. No era mi intención asustarte hasta el punto de infartarte —se disculpó, aunque el brillo travieso en sus ojos contradecía por completo su tono de arrepentimiento.

Lo miré con los ojos entrecerrados, intentando recomponer la poca dignidad que me quedaba mientras recuperaba el aliento. Sus facciones me resultaron instantáneamente familiares: tenía la misma estructura ósea marcada y la elegancia natural de James, pero sus ojos avellana destellaban con una chispa mucho más viva, desenfadada y juvenil, desprovista de esa sombra pesada y corporativa que cargaba el mayor de los Harrington.

—Supongo que no era tu intención… o al menos eso es lo que me gustaría creer —repliqué entre dientes, cruzándome de brazos bajo el abrigo para protegerme del frío—. Con las personas que habitan esta casa, uno ya no sabe qué esperar.

—Ah, ya veo que has tenido el placer de conocer a Beatrice —dijo entonces como si nada.

Él soltó una carcajada suave, un sonido melodioso que rompió la rigidez del ambiente. Se llevó un cigarrillo a los labios con total naturalidad. Por instinto, di un paso hacia atrás para alejarme del humo potencial, pero al instante me di cuenta de un detalle clave: el cigarrillo estaba completamente apagado. Pareció notar mi mirada fija en el extremo seco del cilindro de papel y con una sonrisa de medio lado, se lo quitó de la boca y lo sostuvo entre dos dedos, examinándolo con fingida solemnidad.

Miré la distancia que separaba ambos balcones. Era una separación razonable y estrecha, de apenas un metro exacto, lo suficientemente cerca como para conversar en un tono de voz normal sin necesidad de alzar la voz, pero lo bastante distante como para marcar los límites de dos mundos separados.

Con un gesto juguetón, extendió la mano a través del estrecho espacio vacío que nos separaba, ofreciéndome el objeto como si fuera un trofeo.

—¿Quieres? —preguntó arqueando una ceja, mientras sacudía ligeramente el cigarrillo apagado en mi dirección.

—Ah, no, gracias. Yo no fumo —respondí, negando con la cabeza y sintiendo cómo la tensión inicial se disipaba un poco ante su excentricidad.

—Bien por ti. Yo tampoco —respondió con total frescura, guardando de inmediato el cigarrillo en la cajetilla y luego, en el bolsillo interior de su chaqueta.




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