Cuando Deje de Nevar

11- Reflejos bajo el hielo.

_“De niña devoraba cuentos de hadas soñando con el final feliz de Cenicienta, creyendo que toda princesa rota encontraba tarde o temprano su corona. Jamás imaginé que la magia vendría en forma de un vestido prestado y un secreto compartido, y que mi propia medianoche no me encontraría huyendo del baile, sino marchando hacia el centro mismo de la boca del lobo.”_

—Holly Anderson.

El reflejo que me devolvió el espejo antiguo de cuerpo entero me dejó completamente sin aliento. Parpadeé un par de veces, incapaz de asimilar que la mujer elegante y segura que me miraba desde el otro lado del cristal era realmente yo.

Llevaba puesto un vestido deslumbrante, de una sofisticación que nunca creí llevar. Un diseño de corte impecable en un profundo y vibrante tono ciruela, con un corpiño cruzado que estilizaba mis hombros y una falda asimétrica de volantes sutiles que caía con gracia, rozando mis piernas con un aire de alta costura que parecía imposible de conseguir en medio de la nada. Mi cabello, antes atrapado en un desordenado desastre de viaje, ahora se derramaba en ondas suaves y pulidas, recogido en un peinado elegante que despejaba mi cuello con gracia. Y el maquillaje… sutil, experto, perfectamente ejecutado. Un toque de luz en los pómulos y unos tonos tierra que hacían que mis ojos de color marrón claro adquirieran un brillo inusualmente intenso, magnético y deslumbrante, convirtiéndome de la noche a la mañana en alguien verdaderamente imponente.

Una punzada de asombro y una extraña y cálida oleada de confianza me recorrieron el pecho. Durante toda mi vida —y más aún desde que puse un pie en este maldito mundo de millonarios y desprecio— me había sentido invisible, una simple sombra corriente. Pero ahí, reflejada bajo la cálida luz de la habitación, sentí algo que rayaba peligrosamente en el empoderamiento y la pasión contenida. Mi corazón martillaba contra mis costillas, no solo por la sorpresa, sino por la peligrosa certeza de que ya no era la misma chica asustada que había bajado de aquel jet. Costaba creer que había sido esa misma mañana.

Me giré lentamente hacia él, con los ojos muy abiertos por la incredulidad, recordando que Tommy era un auténtico comodín. Un alma libre y caótica que parecía adaptarse a cualquier oficio con una facilidad insultante, capaz de arreglar un mecanismo complejo, diseñar piezas o, aparentemente, transformar a una mujer común en la protagonista de una gala con los materiales más inverosímiles que siempre guardaba escondidos en su desordenado taller.

—Tommy… —balbuceé, incapaz de encontrar las palabras correctas mientras gesticulaba hacia mi propia figura—. ¿Cómo diablos hiciste esto? ¿Cómo lograste sacarme algo así de la nada?

Él se recostó contra el borde de su escritorio, cruzándose de brazos con una sonrisa lenta, torcida y cargada de una sincera admiración que derribo por completo mis defensas.

—No hice nada extraordinario, Holly —respondió con una suavidad inusual en su voz, clavando sus ojos avellana en los míos—. Yo solo me encargué de realzar la belleza que ya estaba ahí, esperando a que alguien tuviera el valor de mirar más allá de la superficie.

Un calor repentino me quemó las mejillas, obligándome a desviar la mirada hacia la textura impecable de la tela. La duda, filosa y pesada, se deslizó de inmediato por mi mente.

—Es precioso… de verdad, lo es —admití, acariciando la suave tela con las yemas de los dedos antes de mirarlo con sospecha—. Pero, dime la verdad, Tommy… ¿De dónde sacaste este vestido? ¿Cómo apareció exactamente en tu poder?

El aire en la habitación pareció volverse denso por un segundo. Tommy guardó silencio de golpe y una sombra de melancolía cruzó su rostro, y su sonrisa se desvaneció en un destello de recuerdos lejanos, antes de volver a curvar los labios con una ironía sutil.

—Digamos que… lo estaba guardando para una ocasión especial —murmuró, con un matiz críptico en la voz.

Mis ojos se abrieron de par en par, y el pánico me congeló la sangre en las venas. Un escalofrío mil veces peor que el hielo de la montaña me recorrió de arriba abajo.

—Espera… —dije, dando un paso atrás con horror absoluto, sintiendo el estómago revuelto—. Por favor, dime que esto no era de Beatrice. ¡Dime que no estoy usando un vestido de esa arpía!

Tommy hizo una mueca instantánea de asco tan genuina y exagerada que casi me arranca una carcajada de alivio en medio del susto.

—¡Por favor, Holly, no me ofendas de esa manera! —espetó, sacudiendo las manos con indignación y arrugando la nariz—. Ni en un millón de años. Ella no tiene semejante nivel de buen gusto ni aunque su vida dependiera de ello.

Pensé en eso durante unos cuantos segundos, sopesando las opciones en mi mente antes de negar con la cabeza. Tenía razón, imaginarse a Beatrice luciendo una pieza de alta costura tan elegante y sobria era físicamente imposible. Ella optaría por algo poco decoroso, recargado y mil veces más escandaloso.

—Ahora, antes de que bajes y dejes ciego a cualquiera que se cruce en tu camino, necesito pedirte un favor enorme —dijo Tommy, cambiando de tono mientras se ponía serio—. Por favor, no le digas a nadie que yo estoy aquí.

Lo miré con el entrecejo fruncido, desconcertada por el repentino halo de misterio.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Aún no es momento de que sepan que he vuelto a casa. Y si Beatrice o Eleanor se enteran de que fui yo quien te rescató y te ayudó con esto… te aseguro que te harán la vida imposible el doble de rápido.

—Ya veo que no tienes una relación precisamente idílica con ellas —le solté, y aunque no era una pregunta, él se limitó a asentir con un suspiro cansado que arrastraba viejos rencores.

Tommy me sostuvo la mirada un instante, evaluándome con una curiosidad repentina antes de dar un paso al frente.

—Hay algo importante que debo preguntarte, Holly. Y espero no sonar grosero ni metido.




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