Cuando Deje de Nevar

12- El vals de la provocación.

_“ Jamás imaginé que interpretar a Cenicienta pudiera sentirse tan peligrosamente perfecto… sobre todo cuando el zapato de cristal se cambia por una armadura de alta costura, y el príncipe que te sostiene entre sus brazos no te rescata de la tormenta, sino que se convierte en el incendio perfecto que te consume por dentro.”_

Holly Anderson.

Lo primero que capturaron mis ojos al asomarme al borde de la gran escalinata fue la imponente figura de James. Estaba de espaldas al abismo de los escalones, discutiendo de forma acalorada, con los hombros tensos y la mandíbula apretada, frente a su madre, quien se limitaba a mantener una sonrisa gélida y a asentir con fingida superioridad.

—No puedo creer que hayas vuelto a hacer algo así, madre —bramó él, con la voz cargada de una furia contenida que retumbaba en el vestíbulo.

—¿A qué te refieres, querido? —contraatacó Eleanor con una calma desquiciante y una falsa inocencia.

—Querías avergonzar a mi prometida a toda costa. ¿Acaso no te sirvió de lección absoluta lo que pasó con Hana?

El nombre cayó en el aire como una bomba de racimo. Eleanor palideció al instante y la sonrisa se le congeló de golpe.

—¡Te tengo dicho mil veces que ese maldito nombre está prohibido en esta casa! —chilló ella, perdiendo por fin los estribos.

—¿Por qué? —le espetó él con una vehemencia desgarradora, dando un paso al frente—. ¿Es que recordarla te hace sentir demasiado culpable?

—¡Eres un maldito ingrato!

No podía seguir escuchando a escondidas. Aunque la curiosidad me quemaba por dentro —muriendo por saber quién diablos era Hana y qué le había sucedido—, el sentido común me gritó que ese terreno era demasiado peligroso para pisarlo ahora. Además, al vislumbrar de reojo un par de sombras que comenzaban a asomarse por el pasillo de la entrada principal, supe que eran más invitados llegando a la gala. Si los altos mandos corporativos veían al heredero de los Harrington discutiendo a los gritos con su madre, el escándalo y la mala publicidad para la empresa habrían sido inevitables.

Inhalé hondo, sacudí los nervios y decidí entrar en escena.

—¿James, cariño? ¿Eres tú? —dije adoptando la tonada más dulce, empalagosa y artificial que logré tramar, mientras comenzaba a descender los últimos escalones con una gracia felina que me sorprendió hasta a mí misma.

James se giró de inmediato al escucharme, y su reacción fue un espectáculo digno de ser enmarcado. Sus ojos avellana se abrieron de par en par, perdiendo toda la furia anterior para quedarse completamente fijos en mí. Su mandíbula se relajó en una mudez absoluta, un rastro de asombro genuino y devoción silenciosa que le iluminó el rostro. A su lado, Eleanor giró el cuello con brusquedad y al verme descender envuelta en aquel vestido de alta costura, con el peinado impecable y una presencia imponente, sus ojos se estrecharon de pura rabia contenida, asimilando que su trampa había fracasado estrepitosamente.

—Lamento llegar algo tarde, señora Harrington —le canté con una voz melosa que pareció caerle como una patada directa al hígado—. Me habría gustado llegar a la hora prevista, pero ya sabe lo tedioso que resulta prepararse cuando una debe arreglarse para un evento de gala de última hora.

—No hay ningún problema, querida… —articuló ella entre dientes, con una sonrisa tan forzada que parecía a punto de quebrarse—. Te ves… espectacular.

—En realidad, madre, se ve mucho más que espectacular —interrumpió James con una voz ronca y possessiva, dando un paso rápido hacia mí para rodearme la cintura con su brazo, pegando mi cuerpo al suyo con una firmeza que me robó el aliento.

Justo en ese momento, un hombre maduro ingresó del brazo de una elegante mujer ataviada con joyas deslumbrantes. Al verlos, Eleanor respiró aliviada, encontrando la excusa perfecta para escapar.

—Oh, señor y señora Rittler, por favor, pasen por aquí… —los llamó con una amabilidad repentina, alejándose de nosotros y guiándolos de inmediato hacia el salón de baile.

James esperó a que desaparecieran por completo tras las puertas dobles antes de volverse hacia mí, sin soltarme ni un solo milímetro de la cintura.

—Holly… te ves absolutamente impresionante —murmuró, con un brillo de pura adoración en los ojos.

—Muchas gracias. Tú tampoco te quedas atrás, luces bien —le contesté, y no era una simple cortesía, a pesar de llevar el traje formal de siempre para reuniones de negocios, la forma en que le quedaba era otra historia.

—Siempre me ves vestido de este modo, Anderson —replicó él con una media sonrisa de lado.

—Lo sé. Pero esta noche, no sé por qué… te ves de maravilla.

Y era verdad. Había algo en la atmósfera, en la tensión del momento, en el traje negro de sastre impecable y la camisa blanca con el nudo de la corbata ligeramente deshecho, que lo hacía lucir peligrosamente irresistible.

—Lamento en el alma no haberte advertido sobre esta maldita gala, Holly. Te juro que yo no tenía la menor idea…

—Tranquilo, lo sé. No te preocupes por eso.

—De todas formas… tengo curiosidad. ¿Cómo diablos supiste lo del baile? ¿Y qué le pasó a tus anteojos rotos?

Me quedé en silencio por una fracción de segundo, sopesando mis opciones. Quise decirle la verdad, pero de inmediato recordé la promesa solemne que le había hecho a Tommy de no revelar su presencia en la mansión. No podía confesarle quien era el que me había rescatado del desastre.

—Digamos simplemente que tengo un hada madrina muy peculiar —respondí con una sonrisa pícara y evasiva.

James soltó una exhalación divertida.

—Bien, guarda tus secretos si así lo deseas. Por ahora, solo asegúrate de darle mi más sincero agradecimiento a tu misteriosa hada madrina.

—Eso ten por seguro que lo haré.

—Dime una cosa, Holly… ¿Sabes bailar? —preguntó de pronto, arqueando una ceja con desafío.




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