_“Creí que entrar a su mundo significaba jugar bajo sus reglas, soportar sus desprecios y sonreír mientras me despedazaban por dentro. Pero cuando el propio apellido Harrington comenzó a resquebrajarse para defenderme, comprendí que la verdadera guerra apenas empezaba… y ya no estaba sola en el campo de batalla.”_
— Holly Anderson.
Cuando la última nota del vals se desvaneció en el aire, el peso de las miradas volvió a caer sobre nosotros como una losa de plomo. Por unos segundos interminables, el salón entero pareció contener el aliento, evaluándonos con recelo y murmullos apenas perceptibles. Pero, para mi absoluta fortuna, la tensión se disipó tan rápido como llegó y las conversaciones recobraron vida y los rostros ajenos se giraron hacia otra parte, dejándonos respirar.
—Bien… debo confesar que eso definitivamente superó cualquier cosa que hubiera imaginado —le dije a James, con una sonrisa tan amplia y genuina que sentía que me abarcaba el rostro entero.
—Espero de verdad que haya sido una experiencia placentera, Holly.
—Por supuesto que lo fue… —murmuré, y las palabras no llevaban ni un ápice de mentira.
Mientras lo decía, me perdí un segundo en la forma en que me miraba. Había una intensidad tan agobiante en sus ojos avellana que me quemaba por dentro. Y fue en ese preciso instante de distracción cuando mi mente, de manera traicionera, estableció un puente mental involuntario: los ojos de James y los de Tommy compartían exactamente el mismo tono avellana y profundo, pero el brillo que albergaban era radicalmente opuesto. Los de James eran fuego contenido, un abismo de pasión y tormenta, pero al mismo tiempo podían ser de un frío tan cortante como el hielo. Y los de Tommy, en cambio, eran una chispa traviesa y un reflejo de libertad en medio de la jaula.
Estaba tan perdida en esa desconcertante comparación que ni siquiera advertí la presencia de un hombre de mediana edad que se había acercado sigilosamente a nosotros.
No hizo falta ninguna presentación formal para adivinar quién era. Con solo mirarlo un segundo, la evidencia saltaba a la vista porque era la versión del futuro de James Harrington. El hombre poseía la misma elegancia imponente, la misma mandíbula perfectamente marcada y una estampa que imponía respeto sin esfuerzo. Pero lo que me dejó helada fue descubrir en sus facciones maduras un atisbo, una sombra sutil que también me recordaba extrañamente a Tommy. Era un misterio desconcertante, un lazo invisible que mi cabeza intentaba descifrar sin éxito, sabiendo que James solo tenía una hermana y que aquel hombre debía ser, por lógica, su tío o su padre. Desde luego, no guardaba ningún parecido con Beatrice y ella parecía cortada por una tijera completamente distinta, tanto en apariencia como en su alma venenosa.
—Buenas tardes —saludó el hombre con una voz cálida, extendiendo los brazos para envolver a James en un abrazo rápido y afectuoso— ¿Cómo estás, hijo?
—Hola, padre. Qué alegría tan inmensa tenerte aquí, justo quería presentarte a alguien muy especial. Holly, él es mi padre, Richard Harrington.
Richard se giró hacia mí con una sonrisa tan genuina, franca y cálida que disipó de inmediato la mitad de mis temores. Era un hombre de cabello entrecano en las sienes, con arrugas sutiles alrededor de los ojos que delataban una vida de sonrisas, y una presencia que sin dudas ganaba varios suspiros.
—Es un verdadero honor conocerlo al fin, señor Harrington —le dije, extendiendo la mano con un atisbo de timidez.
Pero en lugar de aceptar el apretón de manos, Richard la tomó con suavidad y depositó un beso cortés y respetuoso sobre mis nudillos.
—El placer es enteramente mío, querida. Y por favor, ya eres parte de esta familia, soy tu futuro suegro así que olvídate del “señor Harrington”, me hace sentir un patriarca de museo y me arruga el alma.
—¡Oh, por Dios! ¿Usted viejo? —respondí de inmediato, parpadeando con fingida inocencia antes de soltar una risita— Es decir… viendo lo bien que se conserva, no aparenta más de… ¿treinta años?
Richard soltó una carcajada profunda y contagiosa, visiblemente halagado, mientras apoyaba una mano afectuosa sobre el hombro de su hijo.
—Vaya, hijo… tienes debilidad por las mujeres inteligentes. Sabe exactamente cómo tratar a un anciano para engatusarlo y hacerlo sentir un jovencito. Te lo digo sin reservas: esta vez le atinaste de pleno. Ella me cae rematadamente bien.
—Te recomiendo encarecidamente que sigas el impecable instinto de tu padre, querido sobrino —interrumpió una voz masculina con un matiz de burla elegante, mientras un hombre se aproximaba por detrás de Richard—. Recuerda lo que pasó la última vez que decidiste ignorar el sabio consejo paterno… Digamos que te fue de mal en peor, para no remover cenizas ni entrar en detalles escabrosos.
La mención flotó en el aire como una bofetada helada. James se puso tenso al instante y su mandíbula se trabó con tanta fuerza que un músculo le saltó en la mejilla, y por el rabillo del ojo alcancé a ver una diminuta y traicionera perla de sudor resbalarle por la sien. Por otro lado, yo no tenía ni la más pálida idea de a qué se referían, otro misterio por el cuál me desvelaría más tarde.
—¡Tío Arthur! —exclamó James con un entusiasmo tan exagerado y forzado que rozaba la desesperación— ¡Qué tremenda sorpresa tenerte aquí esta noche!
Lo miré de reojo, sintiendo una punzada curiosidad. El tal Arthur era el retrato esculpido de Richard, solo que con un par de años menos a cuestas. En ese momento comprendí que la genética de los Harrington venía pura y dura del lado paterno y hasta ese segundo, no había encontrado ni el más mínimo rastro de Eleanor en las facciones de James.
—Así que tú eres Holly, ¿Cierto? —dijo Arthur, inclinándose con una galantería exagerada para depositar un beso ligero en cada una de mis mejillas.
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Editado: 05.09.2026