Cuando Deje de Nevar

14- Revelaciones.

_“Hay reuniones familiares que logran ser mucho más intensas y electrizantes que cualquier película de acción de la gran pantalla. Es justo en esos momentos de puro caos, miradas venenosas y drama en vivo cuando me arrepiento de no tener a la mano un maldito tarro gigante de palomitas y una soda tamaño… familiar.”_

— Holly Anderson.

—¿Quién será el valiente que me explique exactamente qué demonios está sucediendo aquí?

La voz de Eleanor cortó el aire con una autoridad gélida y perfecta, revestida de una cortesía tan venenosa que asustaba. Supongo que, aunque su propia familia estuviera arrancándose los ojos en medio de un salón repleto de la crema y nata de la sociedad, ella mantendría siempre la misma fachada: pacífica y calmada en la superficie, pero albergando una tempestad contenida en su interior. Todo por el maldito qué dirán y la sagrada preservación de las apariencias.

—Oh, mamá, qué alivio que me hayas alcanzado —soltó Bea de inmediato, adoptando un fingido pesar que no engañaba a nadie—. No tienes la menor idea de lo que acabo de descubrir sobre la tan pulcra “prometida” de tu hijo.

—Beatrice, ¿es que acaso no tienes algo mejor que hacer que estorbar y arruinar la noche? —interrumpió James, con la mandíbula tensa y una furia apenas contenida.

—Sabes mejor que nadie que no —espetó ella con soberbia—. ¿Qué hay más importante que intentar proteger el honor de esta familia?

—¿Proteger? Hablas como si Holly fuera una criminal peligrosa o algo peor —replicó James con profunda indignación, mirándola como si no lograra reconocer a la criatura en la que se había convertido—. ¿Qué diablos te pasó en estos años, Bea? Tú no eras así. La verdad es que… ya ni siquiera te reconozco.

—Pues qué bueno que no lo hagas —le devolvió ella con una sonrisa altanera y orgullosa—. Significa que por fin maduré y cambié.

—Bea, querida… no todos los cambios te convierten en alguien mejor —murmuró su padre con un dolor genuino y pesado en la voz.

Beatrice le dirigió una mirada de desdén antes de girarse hacia su madre en busca de aliados.

—¿Lo ves, mamá? —dijo con total desfachatez—. Todos están poniéndose de su lado para defender a esta… cualquiera de la que no tenemos la más remota idea. Ni siquiera sabemos si proviene de una buena familia, aunque es obvio que no. ¡Es la secretaria de tu hijo! Una simple empleada que vio la oportunidad perfecta de abrirse de piernas para meterse en los pantalones de su jefe y usarlo como un maldito trampolín para salir de su miseria.

—¡Beatrice! —bramó James, perdiendo los estribos por completo.

Pero, sinceramente, auch, debía reconocérselo a la maldita, eso sí había dolido. Y entonces me percaté de que hasta ese segundo yo había permanecido en silencio, tragándome el orgullo y dejando que su propia familia intentara ponerla en su lugar. Sin embargo, esa última frase me atravesó como un cuchillo ardiente. En cuestión de horas, esa niñata malcriada había pisoteado mi dignidad, me había insultado de mil maneras y había cuestionado cada átomo de mi existencia. A la muy cínica le urgía un buen baño de realidad.

—Oye… ¿tu nombre era Bea, cierto? —interrupí con una calma glacial, con la única intención de hacerla estallar, aunque de sobra conocía su maldito nombre.

El efecto fue inmediato. Su ceño se fruncido con una furia indignada mientras se volvía bruscamente en mi dirección.

—Disculpa —continué, soltando con suavidad la mano de James para dar un paso al frente y plantarme cara a cara con la arpía—, es que suelo tener pésima memoria para recordar nombres de personas cuya significancia en mi vida es exactamente cero. Pero ya que insistes tanto en aclarar las cosas, déjame decirte un par de verdades. Para empezar, yo no soy ninguna cualquiera, sin embargo, basándome en el escandaloso atuendo que llevas puesto, me temo que más de uno en este salón podría llegar a una conclusión muy distinta sobre ti.

Un murmullo de asombro flotó a nuestro alrededor.

—Segundo —proseguí, sin apartar los ojos de su rostro desfigurado por el coraje—, sí, soy la secretaria de tu hermano. Y no me avergüenza en lo más mínimo, porque a diferencia de princesas mimadas y vacías como tú… yo sí tengo que trabajar duro para ganarme el pan y sobrevivir, exactamente igual que el noventa por ciento de la población mundial. El único motivo por el cual tú no conoces esa realidad no es por mérito propio, sino por la lotería genética y el arduo trabajo de tu padre. Aunque, viendo el resultado, es obvio que los genes fallaron contigo.

—¡¿Cómo te atreves, maldita perra?! —chilló Bea, perdiendo por completo el control.

—Me refiero a que tienes la inmensa fortuna de una familia que te ama, te cuida y te lo dio todo, y aun así tienen que soportar tu insoportable inmadurez —le devolví con una sonrisa filosa—. Eso, querida, debe de ser agotador para ellos.

—¡¿Pero quién demonios te has creído que eres?! —gritó a pleno pulmón, ignorando los desesperados intentos de Eleanor por calmarla—. ¡¿Y qué hay de ti?! ¡¿De qué cueva saliste tú?! ¡¿Qué hay de tu familia?!

—Eso no es asunto tuyo, Beatrice —intervino James con una voz tan helada que cortaba el aire.

Hasta ese momento había guardado silencio, pero cuando se giró hacia mí, vi en sus ojos avellana algo que me robó el aliento: un orgullo feroz, absoluto y un apoyo inquebrantable.

—Holly —murmuró, rozando mi hombro con una ternura infinita que contrastaba con la tormenta a nuestro alrededor—. No tienes que responder si no quieres. Pero si deseas hacerlo… hazlo. Yo te respaldo. Caiga quien caiga.

Las palabras de James me golpearon el alma con la fuerza de una revelación. En ese instante supe que él probablemente ya sabía que yo era huérfana y ahora yo sabía, que eso jamás le había importado en lo absoluto. Me estaba dando la libertad de elegir, la oportunidad de no esconderme más si no lo deseaba o de hacer lo contrario, pero sin importar lo que escogiera, él me apoyaba. Recordé entonces el consejo de Tommy: asegúrate de ser tú quien cuente tu propia historia.




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