_ ¨Entre un abrazo desesperado tras la madera, un loco desafiando la gravedad en las alturas y la sombra de un pasado que pronto lo cambiará todo, mi corazón cometió el más peligroso de los pecados: desear que el incendio de sus labios no se apagara jamás. ¨ _
— Holly Anderson.
Apagué la lámpara de la mesa de noche, sumergiendo la habitación en una oscuridad casi absoluta, no sin antes aferrar con dedos temblorosos el pequeño frasco de gas pimienta que había guardado allí por precaución. Con el corazón martillándome en la garganta y pisando con sigilo fantasmal, me deslicé de puntillas hacia el ventanal que daba al balcón. Conté mentalmente hasta tres, conteniendo el aliento, y de un tirón violento abrí las cortinas y empujé la puerta de cristal hacia afuera.
Sin pensarlo dos veces, ciega por el pánico y dispuesta a defenderme de cualquier fantasma o acosador, alcé el brazo y apreté con fuerza el botón del spray, apuntando a ciegas hacia la negrura de la noche y esperando de todo corazón haber acertado en el blanco.
Supe de inmediato que había fallado de manera rotunda cuando un brazo fuerte, cálido y pesado me rodeó la cintura con una precisión pasmosa, arrancándome el frasco de las manos y haciéndolo tintinear contra el suelo. Al mismo tiempo, una mano grande cubrió mi boca de golpe, ahogando el grito estrangulado que intentaba escapar de mi garganta.
Comencé a patalear, a retorcerme con furia ciega, propinando codazos al aire en un desesperado intento por liberarme, hasta que una voz divertida, suave y burlona me sopló directamente al oído:
—Tranquila, pequeña fierecilla… soy yo.
El aire se quedó atrapado en mis pulmones. Un torrente de alivio inmediato me recorrió de pies a cabeza, seguido de inmediato por una ola titánica de pura y exasperada rabia. Si no estuviera tan aterrorizada, le habría dado un puñetazo directo a la mandíbula. Puse los ojos en blanco con tanta fuerza que me dolió la nuca, pidiéndole paciencia a todos los santos del cielo para no estrangular al idiota que tenía pegado a la espalda.
—Ahora te voy a soltar la boca, Holly… pero solo bajo una estricta condición: prométeme que no vas a intentar matarme a golpes —susurró él con una risa contenida antes de retirar lentamente su mano de mis labios.
Me giré bruscamente hacia él apenas sentí el espacio libre, fulminándolo con una mirada que bien podría haber incendiado el maldito edificio entero.
—No te prometo absolutamente nada, Tommy —espeté entre dientes, aunque la traicionera sonrisa que tiraba de la comisura de mis labios arruinó por completo mi fachada de mujer ultrajada.
Él soltó una carcajada baja, luminosa, rindiéndose con las manos en alto mientras me miraba con una diversión descarada brillando en el fondo de sus ojos avellana.
—¿Es que acaso estás completamente loco? —le solté en un susurro acusatorio, cruzándome de brazos mientras sentía que el corazón aún me latía a galope tendido—. ¡Casi me da un infarto, Tommy! ¡Un puto susto de muerte!
—Lo siento, de verdad lo siento, Holly. Te juro que esa no era mi intención —se excusó, aunque ni una sola pizca de arrepentimiento real logró borrar la sonrisa torcida de su rostro.
—Como sea… —bufé, agachándome con torpeza para tantear el suelo hasta dar con el frasco de gas pimienta y guardarlo de nuevo—. ¿Qué diablos haces aquí a estas horas y, sobre todo, cómo demonios entraste a mi cuarto? Además, tienes una suerte increíble de que mi puntería sea una basura, porque de lo contrario estarías llorando sangre ahora mismo.
—Bueno, en eso último te doy la razón y le agradezco al cielo que seas pésima con las armas de defensa personal —bromeó él, encogiéndose de hombros con total impunidad—. Pero vine porque me preocupé, Holly.
Su tono cambió de golpe. La fachada juguetona se desvaneció en un segundo, dando paso a un semblante inusualmente serio que me descolocó por completo. Justo en ese instante, una ráfaga de viento helado se coló por el ventanal abierto, haciéndome tiritar de pies a cabeza bajo la fina tela del vestido.
—¿Por qué no entramos de una vez? Se está congelando aquí fuera —dijo él, señalando con el mentón hacia la penumbra de mi habitación.
—Claro, fantástica idea… —mascullé, bajando la vista y descubriendo con incredulidad que él ni siquiera llevaba calzado puesto y sus pies descalzos soportaban el hielo del balcón con una naturalidad alarmante—. Al menos yo tengo la decencia de traer zapatos.
Cuando cruzamos el umbral y nos adentramos en el cuarto, Tommy echó un rápido vistazo a su alrededor, aunque no había demasiado que ver, el espacio seguía exactamente igual de impersonal que antes de mi llegada.
—A ver, explícame bien eso de que estabas preocupado —le exigí, retomando el hilo de la conversación mientras me abrazaba el torso para calmar el frío.
Tommy desvió la mirada un segundo, rascándose la nuca con evidente incomodidad antes de confesar:
—Escuché a James afuera de tu puerta, Holly. Estaba… bueno, estaba actuando como un maldito loco desesperado. Y como tú no respondías a sus llamados, quise asegurarme de que estuvieras bien.
Lo miré con los ojos entrecerrados, incapaz de dar crédito a lo que oía.
—¿Y por qué diablos no iba a estarlo?
—No lo sé… es que, según alcancé a notar, habías echado el cerrojo. Él no lograba abrir, tú guardabas silencio absoluto y yo…
—¿Así que tu brillante solución ante la duda fue darme un susto mortal colándote por el balcón como un ladrón de medianoche?
—No, claro que no era la idea asustarte —protestó, alzando las manos a la defensiva—. Pero entré en pánico cuando vi que la puerta principal era una causa perdida, al menos hasta que a James se le ocurriera derribarla a patadas. La única otra ruta viable era el balcón, así que corrí al mío y salté hacia el tuyo sin pensarlo dos veces…
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Editado: 05.09.2026