_ “En este tablero no hay movimientos inocentes. Creí tener calculada la jugada perfecta, sin saber que en el amor —como en el ajedrez— la reina siempre queda al descubierto cuando intenta ocultar con quién comparte realmente la partida.” _
— Holly Anderson.
Los dorados rayos del sol matutino bañaban el parqué de la habitación, haciendo que diminutas motas de polvo flotaran en el aire como si bailaran desocupadas bajo la luz. La escena transmitía una falsa calidez, porque ni el brillo más intenso lograba sofocar el frío implacable de las cumbres que se filtraba por el ventanal del balcón.
—Sabes tan bien como yo que no puedes seguir viviendo en este autoexilio, Holly —murmuró Tommy, deslizando un alfil por el tablero con una elegancia exasperante.
—¿Viviendo cómo? —repliqué, fingiendo una ignorancia absurda mientras me concentraba en las piezas para no mirarlo a los ojos.
Llevaba cuatro días exactos insistiendo con la misma canción, y la verdad era que mi resistencia comenzaba a flaquear.
—No te hagas la ciega. Sabes perfectamente a qué me refiero, no puedes continuar huyendo de James. Lo has estado esquivando de la forma más patética desde la noche del baile.
Me tomé varios segundos para responder, deslizando un peón hacia adelante en un movimiento desesperado que me ganó un bufido abiertamente burlón por parte de mi contrincante. Yo era rematadamente mala en el ajedrez, y Tommy se había tomado como cruzada personal enseñarme, una lástima que su alumna fuera un caso perdido, algo de lo que él comenzaba a percatarse con trágica resignación.
—No estoy esquivando a nadie —insistí de mala gana, viendo cómo su reina me ponía en un jaque casi definitivo—. Simplemente he descubierto que me encanta la paz de mi habitación.
—Dirás que te encanta usar esta habitación como una cueva para esconderte —corrigió él, arqueando una ceja con ironía.
—¡Yo no me estoy escondiendo! —protesté, sintiendo que las mejillas me ardían de pura frustración.
Me daba rabia porque tenía razón. Había actuado como una cobarde rematada desde que los labios de James devoraron los míos entre aquellas columnas. La culpa, el miedo al contrato y el secreto destructivo de mi embarazo me tenían paralizada, atrapada entre estas cuatro paredes.
—¿Ah, no? —insistió Tommy, inclinándose hacia adelante con una chispa provocadora en sus ojos avellana—. A ver, ilumíname… ¿A qué otro ser humano, además de a mí, has visto en estos cuatro largos días?
Me le quedé mirando fijamente, devanándome el cerebro hasta que un chispazo acudió en mi ayuda.
—Ayer por la mañana vi a George en el jardín —declaré con fingida suficiencia.
—Querida, mirar dos segundos por el cristal y distinguir al jardinero —cuyo nombre supiste únicamente porque yo te lo dije anoche— no cuenta como interacción humana —destacó con sarcasmo punzante—. Te has escondido aquí inventando un catálogo entero de excusas: que si te duele la cabeza, que si estás agotada o que el estómago te revuelca. ¿Hoy cuál toca? ¿Se te murió el perro imaginario?
—Ja, ja. Qué gracioso eres —rodé los ojos con fastidio—. Además, ¡mira quién viene a darme cátedra sobre esconderse! ¿Qué hay de ti? ¿Cuánto tiempo llevas de parásito clandestino en esta casa sin que nadie sepa que estás aquí?
—Te hago notar que acabas de confesar abiertamente que sí te estás escondiendo —señaló con una sonrisa engreída—. Y lo mío es completamente diferente.
—¿Ah, sí? ¿Me vas a explicar en qué se diferencia?
Tommy abrió la boca para soltar un contraataque, pero se congeló en el acto. Su expresión lúdica se borró de golpe y dirigió la mirada de inmediato hacia la puerta del pasillo.
—Alguien viene hacia aquí —murmuró, poniéndose de pie de un salto en dirección al ventanal.
—¡¿Qué demonios haces?! —le espeté en un susurro desesperado.
—¿Qué no es obvio? ¡Voy a saltar! —soltó rodando los ojos.
—¡Ni se te ocurra irte por el balcón otra vez!
—¿Y qué sugieres? ¿Qué salga por la puerta principal y me estrelle de frente con el servicio? ¿O peor, con James? No creo que a tu celoso prometido le haga la menor gracia encontrarme en tu alcoba a solas…
—Por supuesto que no —le corté en seco, sintiendo que el corazón me daba un vuelco violento. El tiempo se nos agotaba.
En ese instante, unos golpes firmes retumbaron contra la madera de la puerta.
—¿Holly? —la voz profunda y grave de James atravesó el panel, enviándome una descarga de adrenalina al estómago—. ¿Estás despierta? ¿Puedo pasar?
—¡Un momento! —grité con la voz extrañamente aguda por el pánico, mientras agarraba a Tommy del brazo y lo empujaba sin ceremonia hacia el lado de la cama.
—Mmh… no estoy seguro de que a tu prometido le entusiasme la idea de encontrarme en tu cama —murmuró él en un tono peligrosamente juguetón, con una sonrisa canalla dibujada en los labios.
—¡No seas idiota, quiero que te metas debajo!
—¿Debajo? ¡Holly, me voy a llenar de polvo!
—¡Que te metas abajo, carajo!
—¿Holly? ¿Pasa algo ahí dentro? —la voz de James sonó mucho más cerca y el pomo de la puerta comenzó a girar.
—¡No, todo excelente! —bramé mientras le aplicaba una patada nada sutil a la pierna de Tommy para terminar de encajarlo bajo de la cama—. ¡Dame un segundo, me estaba cambiando!
—Voy a entrar.
Sin esperar más, la puerta se abrió de par en par. Para mi suerte, Tommy había logrado desvanecerse en las sombras bajo el colchón a tiempo. Yo me dejé caer apresuradamente sobre las cobijas, pasando una mano por mi cabello desordenado y fingiendo la postura adormilada de quien acaba de despertar de una siesta, mientras James cruzaba el umbral y sus ojos avellana se clavaban en mí con una mezcla de indescifrable escrutinio, alivio y un fuego contenido que me congeló la sangre.
—Creí que había… —se cortó James a media oración, cerrando la boca de golpe mientras sacudía la cabeza, como si intentara ahuyentar una paranoia absurda—. No importa. Holly, tenemos que hablar.
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Editado: 05.09.2026