Cuando Deje de Nevar

18- Mentiras Piadosas.

_“Me convencí de que mis mentiras eran piadosas, pero el problema de llamarlas ‘mentiras piadosas’ fue mi primer gran error. Porque no hay nada más cruel y despiadado que fingir que tienes todo bajo control.”_

Holly Anderson.

El sonido de la puerta al cerrarse todavía resonaba en mis oídos cuando el silencio denso de la habitación fue atravesado por una voz que me heló la sangre.

—Vaya… la verdad es que no sé si felicitarte de pie o reprenderte severamente por esa facilidad aterradora que tienes para mentir con tanta espontaneidad.

El susto me sacudió de pies a cabeza con la violencia de un latigazo. Di un salto en mi sitio, sintiendo cómo el corazón se me estrellaba contra las costillas.

—¡Dios santo! —grité en un ahogado susurro, girando sobre mis talones con las manos apretadas contra el pecho.

Allí estaba Tommy. Aún acostado sobre su espalda en el suelo, asomando la mitad del cuerpo por debajo de la cama, con los brazos cruzados detrás de la nuca y clavándome una mirada que mezclaba diversión pura con un escrutinio implacable.

—No soy Él, preciosa, pero agradezco infinitamente el cumplido —replicó con una sonrisa socarrona.

—¡Tienes que dejar de asustarme así! —le reprendí, respirando por la boca para intentar recuperar el aliento mientras sentía el pulso martillándome en las sienes—. Casi me matas del infarto.

—Y tú tienes que darme unas cuantas explicaciones detalladas sobre lo que James acaba de soltar acerca de un “falso contrato” entre ustedes —rebatió él, borrando la sonrisa de un plumazo.

Con un movimiento ágil, se deslizó por completo de debajo de la cama, se sacudió un par de pelusas invisibles de los jeans y se dejó caer pesadamente sobre mi colchón, acomodándose como si fuera el juez de mi propio tribunal.

Me quedé helada. La vergüenza y el pánico se arremolinaron en mi estómago.

—Exactamente… ¿cuánto fue lo que escuchaste? —pregunté, aferrándome a la inútil y estúpida esperanza de poder disuadirlo, o de que quizás se hubiera tapado los oídos.

Tommy soltó un bufido sarcástico y levantó una mano, extendiendo los dedos uno a uno para enumerar mi desgracia.

—A ver, recapitulemos, ¿sí? Escuché desde el momento exacto en que empezó a golpear la puerta como un desquiciado, pasando por su intensa declaración de celos reprimidos, tu confesión de que te agobia esta familia de víboras, hasta llegar a la parte donde le mientes descaradamente en su cara sobre los vasos de cristal. Todo un repertorio de mentiras piadosas, ¿verdad? En resumen: lo escuché todo, Holly. Absolutamente todo.

Me quedé boquiabierta, mirándolo fijamente y calculando mentalmente cuántos años de cárcel me darían si lo estrangulaba con la funda de mi propia almohada en ese preciso momento.

—¿No era infinitamente más sencillo decirme desde el principio: “Holly, escuché todo”? —le espeté entre dientes.

—¿Y perderme la impagable expresión de terror absoluto en tu rostro al darte cuenta de que tu mayor secreto está en mis manos? No, mi plan fue mucho mejor —dijo, soltando una risita que murió rápidamente cuando adoptó una postura tensa y seria—. Pero ahora hablando en serio. Necesito una explicación, Holly. ¿Qué clase de locura es esta? ¿Un contrato? ¿Están fingiendo?

Me dejé caer en el sillón de lectura junto a la ventana, derrotada. ¿Qué otra cosa podía hacer? El daño ya estaba hecho, él lo sabía todo y, conociendo su curiosidad insaciable, no iba a abandonar la habitación hasta exprimir la última gota de la verdad.

—Es una historia patética —murmuré, clavando la vista en mis manos entrelazadas sobre mi regazo, sintiendo el peso aplastante de los recuerdos.

—Tengo todo el día. Sorpréndeme.

Tomé una bocanada de aire tembloroso, preparándome para abrir una herida que todavía sangraba.

—Todo empezó con Chris —pronunciar su nombre todavía me dejaba un sabor a ceniza en la boca—. El hombre con el que se suponía que iba a compartir mi vida, el que me juró amor eterno, resultó ser un cobarde y un estafador. Un buen día simplemente desapareció de la faz de la tierra. Pero no se fue con las manos vacías… me dejó como único regalo una deuda colosal. El uso mi confianza para hundirme en un agujero financiero tan profundo que me tomaría tres vidas enteras poder pagarlo.

Levanté la vista y vi cómo la mandíbula de Tommy se tensaba. Toda traza de diversión había desaparecido de sus ojos, reemplazada por una sombra de furia silenciosa.

—Estaba sola y ya lo había perdido todo, incluso nuestro apartamento ya que él se llevó el depósito del mismo y me dejó en la calle. Comencé a dormir en el antiguo cuarto del conserje en el edificio de James, donde yo trabajo —continué, con la voz rota por la emoción—. Me acorralaron. Los cobradores no dejaban de presionar, mi mundo entero se estaba desmoronando a pedazos y yo no tenía a quién recurrir. Estaba asfixiada, Tommy. Total y absolutamente sola al borde del abismo. Y entonces… James se enteró.

—¿Y qué hizo? —preguntó Tommy en un susurro grave, completamente absorto.

—Hizo lo que hace James Harrington: arrasar con todo. En lugar de despedirme o mirar hacia otro lado, compró mi deuda. La absorbió por completo. De la noche a la mañana, mi jefe, el hombre frío e inalcanzable de la oficina, se convirtió en mi único salvavidas. Me salvó de la ruina absoluta.

Una lágrima solitaria traicionó mi entereza y resbaló por mi mejilla, pero la limpié con furia.

—Pero yo no podía aceptarlo —negué con la cabeza, sintiendo el orgullo arder en mi pecho—. No soy una obra de caridad. Me negué a deberle millones a un hombre como él. Discutimos, me puse firme y le dije que le pagaría cada centavo. Y como él sabía que mi orgullo jamás me permitiría aceptar su dinero como un regalo… me ofreció un trato.

—El contrato… —dedujo Tommy, pasándose una mano por el cabello.




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