_“El viaje hacia la redención solo tiene espacio para dos, pero en la familia Harrington, el infierno siempre se asegura de enviarte compañía.”_
— Holly Anderson.
Para cuando mis piernas por fin reaccionaron y me llevaron corriendo hasta la puerta de la habitación de Tommy, él ya se había esfumado. Me quedé allí, parada en medio del corredor vacío, mordiéndome las uñas con tanta fuerza que casi me hago sangrar. El pánico me devoraba por dentro. ¿Cómo demonios sabía lo del embarazo? ¿En qué momento me había descuidado tanto? Y lo más aterrador: si él lo había deducido, ¿alguien más en esta maldita casa lo habría descubierto ya?
No. Eso era sencillamente imposible. Nadie podía saberlo. Pero, claro, minutos atrás también habría jurado por mi vida que era imposible que Tommy lo supiera.
—Carajo —siseé, caminando de un lado a otro por la gruesa alfombra del pasillo como un animal enjaulado.
Sin proponérmelo, bajé la mirada. Mis manos se posaron casi por inercia sobre la gruesa lana de mi jersey, alisando la tela y apretándola contra mi cuerpo. El aire se me atascó en la garganta. Mi vientre ya no estaba perfectamente plano, era sutil, casi imperceptible para el ojo ajeno, pero yo podía sentir esa pequeña curva firme que delataba la vida que crecía dentro de mí. Solo se notaba si pegaba la tela a mi piel con fuerza, justo como lo estaba haciendo en ese momento…
El clic metálico de un pestillo girando me congeló la sangre.
La puerta de la habitación de James se abrió de golpe. Me quedé petrificada, atrapada justo frente a su umbral, con las manos aún enmarcando mi vientre.
James se detuvo en seco. Sus ojos avellana bajaron directamente hacia mis manos, y luego subieron hasta mi rostro. Una sonrisa suave, cargada de una chispa de esperanza y de una ilusión que me rompió el corazón, transformó la dureza habitual de sus facciones.
—¿Está todo bien? —preguntó con voz ronca, casi reverente, dando un paso hacia mí.
El terror me dio una bofetada. Reaccioné por puro instinto de supervivencia, soltando el jersey como si estuviera ardiendo. Sacudí la lana desesperadamente para que cayera holgada y ocultara cualquier rastro de mi secreto, fingiendo quitarme unas pelusas inexistentes con dedos temblorosos.
—Sí, por supuesto, todo está perfecto —le solté, forzando una sonrisa que seguramente parecía una mueca de dolor—. Solo… iba de camino al comedor.
La ilusión en su rostro se apagó de inmediato. Fue reemplazada por una sombra de decepción tan profunda que me hizo sentir la peor escoria del planeta.
—Entiendo —murmuró, tensando la mandíbula y ajustándose los puños de la camisa—. Supongo que, si vas a bajar para almorzar… podemos ir juntos.
Asentí en silencio, incapaz de articular otra mentira, y comenzamos a caminar.
El trayecto hacia el comedor fue una tortura forjada en mármol y silencios incómodos. Bajamos la imponente escalinata principal, atravesando los amplios corredores donde los retratos de las generaciones Harrington parecían seguirnos con miradas juzgadoras. La mansión rezumaba un lujo helado ycada paso que dábamos sobre los pisos pulidos resonaba como un eco que me recordaba constantemente lo ajena que era yo a todo ese mundo.
Cuando llegamos a las inmensas puertas dobles de roble del comedor, el murmullo de las voces nos recibió. La estancia era deslumbrante con una mesa kilométrica de caoba pulida que dominaba el centro, iluminada por una gigantesca lámpara de araña de cristal, rodeada por ventanales que dejaban entrar la luz pálida de las montañas nevadas.
En un extremo de la mesa, Richard conversaba en voz baja y con el ceño fruncido con Eleanor, quien bebía de su copa con su habitual postura estirada. Pero lo que realmente capturó mi atención fue Beatrice.
La intocable princesa de la casa estaba completamente absorta en la pantalla de su teléfono celular, ajena al universo. Había estirado el brazo al máximo para sacarse selfies y, creyéndose inobservada, fruncía los labios como un pato, abría los ojos de par en par y hacía una serie de morisquetas tan ridículas y exageradas que rompieron por completo la tensión que me asfixiaba.
Una carcajada corta, cristalina e involuntaria escapó de mis labios.
James, que venía a un paso por detrás de mí, giró la cabeza sorprendido por el sonido de mi risa. Siguió la trayectoria de mi mirada y, al descubrir a su implacable y altanera hermana haciendo bizcos frente a la cámara, no pudo contenerse. Soltó una carcajada profunda y genuina que retumbó en las paredes del comedor.
El sonido fue como un disparo de advertencia. Beatrice bajó el teléfono de golpe, su rostro pasando del rosa pálido a un rojo furia en un milisegundo. Cuando sus ojos se clavaron en mí, toda la comicidad de la escena murió aplastada. Su mirada se volvió de hielo puro, cargada de un desprecio tan venenoso que casi pude sentirlo rasguñándome la garganta.
Afortunadamente, nuestras risas habían atraído la atención de Richard. El patriarca levantó la vista de su conversación y, al verme entrar junto a su hijo, su rostro severo se iluminó con una calidez que desentonaba maravillosamente con el resto de las víboras de su familia.
—¡Holly, querida! —exclamó Richard, poniéndose de pie de inmediato para recibirnos, con una sonrisa amplia y franca—. Qué alegría inmensa verte por fin fuera de esa habitación. Nos tenías a todos bastante preocupados estos días. Bienvenida de nuevo a nuestra mesa.
—¿Por qué le mientes así, papá? Seamos honestos, solo James, tú y el tío Arthur eran los que estaban preocupados por su gran ausencia —la voz de Beatrice cortó el aire como un cuchillo afilado, adornada con una sonrisa gélida y perfecta—. La verdad es que el resto estábamos respirando maravillosamente bien sin tenerla dando vueltas por aquí.
—Beatrice.
El nombre salió de los labios de Richard no como una palabra, sino como un látigo helado. El tono de su padre fue una advertencia tan cruda y su mirada tan letal, que hasta a mí se me erizó el vello de la nuca.
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Editado: 05.09.2026