Cuando Deje de Nevar

20- Punto de no retorno.

_“Puedes exigirle a un hombre que te entregue la verdad absoluta sobre su vida, pero pierdes todo el derecho a hacerlo cuando el mayor engaño late escondido bajo tu propio abrigo.”_

Holly Anderson.

Llevábamos apenas quince malditos minutos de trayecto, pero el aire dentro de la cabina del SUV se sentía tan espeso que me costaba respirar. En más de una ocasión me descubrí fantaseando con abrir la puerta, lanzarme al asfalto en movimiento y rezar para que las ruedas me pasaran por encima. Habría sido un alivio comparado con la tortura de viajar junto a Eleanor Harrington. Ella conversaba con su hijo con una fluidez gélida, ignorando mi existencia con una maestría absoluta, tratándome como si yo fuera un adorno más en la tapicería del auto.

Y entonces, de la nada, soltó un nombre que hizo que el ambiente se congelara por completo.

—¿Has sabido algo de Sabrina últimamente, hijo? —inquirió Eleanor. Su voz fue baja, casi un susurro arrastrado, pero resonó en el habitáculo como el eco de una explosión.

Vi cómo los hombros de James se tensaron bajo la tela del traje, como si hubiera recibido un latigazo invisible. Sus manos se aferraron al volante forrado en cuero con tanta brutalidad que los nudillos se le pusieron blancos y por un segundo, temí que arrancara el aro de cuajo.

—Madre —masculló James entre dientes, con la mandíbula tan apretada que los músculos le temblaban—, te aseguro que este no es ni el lugar, ni el maldito momento adecuado para hablar de Sabrina.

—Ah, lo comprendo perfectamente —canturreó ella, arrastrando las palabras con una perspicacia venenosa—. Aún no le has comentado a tu prometida sobre ella. ¿Me equivoco?

El estómago se me desplomó. Un pinchazo caliente, agudo e innegable de celos me atravesó el pecho quemándome las entrañas. ¿Quién demonios era Sabrina? James jamás había pronunciado ese nombre en mi presencia. No tenía ni la más pálida idea de su existencia hasta hace cinco segundos, y la forma en que él reaccionaba me gritaba que no era una simple conocida.

—No, madre —replicó James, destilando advertencia en cada sílaba—. Y tampoco he sabido absolutamente nada de ella desde que se fue. Fin de la historia.

—Yo que tú, pondría a tu prometida al corriente de la situación —sentenció Eleanor con una sequedad que cortaba—. Y lo haría lo antes posible.

—¿Y a qué viene tanta urgencia? Está claro que le hablaré de ello, pero no comprendo tu prisa, madre.

—A que a tu adorable hermana se le ocurrió la brillante idea de invitarla a la casa para pasar las fiestas con nosotros —escupió Eleanor, sin ocultar su absoluto disgusto. Estaba clarísimo que, fuera quien fuera esa tal Sabrina, a Eleanor le agradaba incluso menos que yo—. Y conociendo lo impertinente que es, no tardará en aparecer. No se conforma con presentarse el día de Nochebuena como haría cualquier persona con un mínimo de decoro y ajena a la familia.

—Beatrice… ¿Ella la invitó? —la voz de James era una mezcla de incredulidad y furia contenida.

—Por supuesto que lo hizo. Jamás perdieron el contacto, ya sabes que siempre fueron uña y carne.

—¡Joder con esa niña imprudente! —estalló James, golpeando el volante con la palma de la mano.

Ambos parecían haber olvidado por completo mi presencia en el asiento del copiloto. No sabía si agradecer mi invisibilidad o sentirme humillada, pero mi cabeza era un torbellino. Necesitaba saber quién era esa mujer y por qué su inminente llegada lograba desestabilizar al inquebrantable James Harrington de esa manera. El monstruo de los celos ya había clavado sus garras en mi garganta.

—Dobla a la izquierda en la siguiente esquina —ordenó Eleanor de pronto, señalando por la ventanilla hacia una calle empedrada—. Puedes dejarme allí, caminaré el resto del trayecto.

—¿Estás segura?

—Sí. Adonde voy no queda lejos.

—¿Vas a visitar a la señora Gandalf?

—Sí, hace siglos que le debo un buen café y una charla lejos de esa casa.

—Bien, ten cuidado —le dijo él, deteniendo el inmenso vehículo junto a la acera mientras ella abría la puerta trasera con elegancia—. ¿A qué hora paso a recogerte?

—No te molestes. Pienso volver bastante tarde, no deben esperarme —respondió sin molestarse en mirarlo mientras bajaba a la calle—. Además, tendrás que acompañar a Holly a recorrer el pueblo en cuanto te desocupes.

—¿Segura que no quieres volver temprano?

—No. Supongo que tu padre ya te adelantó que Liam pisará la casa hoy.

—Me lo comentó, sí.

—Bien, entonces ahí tienes tu respuesta —cortó ella con frialdad ártica—. Espero que disfruten su paseo.

Eleanor cerró la puerta y se alejó con pasos medidos hasta perderse entre la gente. Al observar por la ventanilla, reconocí la calle en la que estábamos. El corazón me dio un brinco. Estábamos a escasas cuadras del hospital del pueblo. Si quería ir a mi chequeo sin levantar sospechas, este era el momento y el lugar perfecto.

—Si no te importa… —comencé a decir, desabrochándome el cinturón de seguridad con manos temblorosas—, creo que yo también me bajaré aquí.

—¿Estás segura, Holly? —preguntó James, parpadeando, aún visiblemente afectado por la mención de esa mujer.

—Sí. Quiero caminar un poco, conocer el pueblo a mi ritmo, y tú ya estás retrasado para esa reunión —le dediqué una sonrisa comprensiva mientras abría la puerta, sintiendo la brisa fría chocar contra mi rostro—. Te mantendré al tanto de por dónde ando.

Él asintió despacio, pero sus ojos estaban perdidos. Su mente claramente seguía atrapada en la sombra de Sabrina.

Salí del vehículo, pero antes de que pudiera cerrar la puerta, su voz me detuvo.

—¡Holly! —me llamó. Me giré hacia él, encontrando sus ojos avellana fijos en los míos con una urgencia abrumadora—. Te prometo que te contaré todo sobre Sabrina. Todo.

Tragué saliva. Un peso de culpa aplastante se instaló en mi pecho. Qué ironía tan cruel: mientras él sentía la desesperada necesidad de no ocultarme a su fantasma del pasado, yo me dirigía a escondidas a revisar la vida de otro hombre que crecía en mis entrañas. Yo también le estaba guardando secretos. Secretos que tenían el poder de destruirlo todo.




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