Elisa sonreía entusiasmada bajando las escaleras mientras seguía con la mirada a su antiguo entrenador, el Blackline Gym seguía siendo exactamente el mismo lugar que recordaba parecía como si el tiempo no hubiera pasado.
En cuanto la vio, él se quedó quieto.
Por un segundo no dijo nada, como si necesitara asegurarse de que era real y después la sonrisa le salió sola.
—¿Elisa?, no me lo creo… —murmuró mientras se acercaba rápido, casi sin contenerse—. Ven acá.
Elisa apenas tuvo tiempo de soltar una risita cuando él la envolvió en un abrazo firme, de esos que llevas mucho tiempo esperando. Ella cerró los ojos un segundo, sintiendo ese lugar otra vez como algo familiar.
—Pensé que te habías olvidado de nosotros —dijo él en voz baja, todavía sin soltarla del todo.
Elisa rió suavemente, apoyando la frente un instante en su hombro.
— Imposible, te prometí que volvería.
Cuando se separaron, el entrenador la sostuvo por los hombros, mirándola como si estuviera evaluando cada cambio en ella.
—Te has vuelto toda una mujer—dijo con una sonrisa nostálgica.
Elisa bajó la mirada un segundo, acomodándose el cabello con naturalidad.
—En cambio tu eres el mismo hombre encantador de siempre—respondió con honestida.
Él sonrió antes su comentario como si esa respuesta fuera graciosa.
—Los años no pasan en vano, me eh vuelto más viejo.
El sonido del gimnasio llenaba el fondo como siempre. Golpes, pasos, voces. Todo seguía en movimiento.
Elisa miró alrededor con calma, dejando que el lugar la terminara de envolver otra vez.
—Sigue siendo mi hogar, ¿verdad? —preguntó después de unos segundos.
El mentor soltó una pequeña risa.
—Aquí siempre tienes un espacio, eso no ha cambiado.
Ella sonrió apenas.
La frase quedó flotando entre los dos sin necesidad de más, y Elisa dejó su chaqueta sobre una banca casi sin pensarlo, como si el gesto también fuera parte de volver.
Entonces lo notó en el ring.
Sus movimientos, precisos, rápidos, sin pausa innecesaria. A simple vista se podía ver la disciplina y experiencia en cada uno de sus movimientos, todo en él parecía encajar con una naturalidad casi automática, como si el cuerpo entendiera antes que la intención.
—¿Él quién es? —preguntó Elisa, sin apartar la vista.
El entrenador siguió su mirada.
—¿Él? —se giro en su dirección—. Lleva un tiempo viniendo. Se llama Thiago… no habla mucho, pero entrena como si no tuviera otra cosa en la vida.
Elisa no respondió de inmediato. Solo lo siguió mirando, con cierta curiosidad.
En ese momento, como si lo sintiera, el chico giró la cabeza.
El cruce fue breve, directo, sin intención de quedarse en él, pero suficiente para que las miradas se encontraran en el aire por un segundo que no se alargó más de lo necesario.
Elisa desvió la vista.
—Quiero ver lo que construiste en estos años que no estuviste aquí.—dijo el entrenador.
Elisa asintió.
Y caminó con él hacia el área de entrenamiento.
Se vendó las manos sin prisa y entró al espacio. El primer golpe fue suave, casi de ajuste. Después el cuerpo recordó solo. El ritmo apareció sin esfuerzo, golpe tras golpe, respiración, movimiento.
Desde un lado, el entrenador la observaba en silencio.
En algún momento levantó la vista.
El ring estaba vacío, Thiago ya no estaba. No pensó en eso más de lo necesario siguió entrando y luego se despidió para volver a casa.
El regreso a casa fue silencioso pero el silencio no duró mucho. En cuanto entró, la tensión se sintió de inmediato.
Su madre la esperaba sentada en el sofá.
—¿Has vuelto a ese lugar? —la voz de su madre fue lo primero que llenó el espacio, sin necesidad de elevar el tono para sentirse firme.
Elisa dejó las llaves sobre la mesa con calma.
—Entrené.
—No es solo entrenar —respondió su madre, girándose hacia ella—. Te acabas de inscribir en una de las mejores universidades del país, Elisa. No para que sigas perdiendo el tiempo en un gimnasio de barrio.
Elisa la miró sin cambiar la expresión.
—No estoy perdiendo el tiempo.
La tensión se instaló entre las dos sin necesidad de gritos.
—Te estás preparando para una carrera real. Para algo profesional. El boxeo puede ser parte de eso, sí, pero no así, no en ese lugar.
Elisa sostuvo la mirada.
—Ese lugar fue donde empecé.
Si madre se levantó del sofá y con paso decidídp se detuvo muy cerca de ella.
—Y ahora eres otra cosa —respondió con firmeza—. Tu estatutos cambio, acéptalo de una vez y comportate a la altura, quiero más discusiones con esto.
Elisa sostuvo la mirada un segundo pero después sin ganas de seguir discutiendo asintió. Subió las escaleras sin decir más y la casa quedó en silencio.