Capítulo # 5
Unas horas después.
Helena miró al nuevo colega que venía por parte de su padrino.
—Soy Luciano Marchetti —se presentó con una sonrisa encantadora.
Ella estaba que no lo creía, porque era excesivamente sexy, tenía unos rulos en su cabello hermosos y esos ojos verdes que lo hacían ver llamativo; su color de piel era blanco y debía medir un metro noventa.
—Eres un papito —solté sorprendiendo a mi excuñada.
—Deja de bromear, Kimberly —le pidió él, risueño.
—¿Se conocen? —preguntó ella sorprendida.
—Sí, él estuvo casado con una de mis amigas.
—Gracias a Dios, que no tuvimos hijos —aclaró él y mirando seductoramente a Helena—. Tú eres preciosa.
—Gracias, soy Helena De Santis —dijo extendiendo la mano.
—Hermoso nombre —dijo sin dejar de mirarla—. Eres toda una belleza.
—Gracias.
Kimberly
Acarició mi vientre.
—Mi niña tiene hambre.
—Quieres que alimente a mi ahijada.
Estaba mirándolo divertida; Luciano era una persona maravillosa.
—Sí.
—Vamos.
Luciano esperó que las mujeres salieran para él salir de la oficina. Para cerrar la puerta.
—Deberíamos irnos a la cafetería —propuse.
Helena negó con la cabeza.
—Ustedes deciden —dijo Luciano sin darle tanta importancia.
—Me niego, quiero que comamos en un restaurante —expresó Helena.
—Por mí está bien —volvió a decir él, sin dejar de mirar a Helena y pensó—. ¡Qué mujer tan hermosa!
Kimberly
Observé cómo venía Ciro en compañía de su padre.
—Hola.
Ciro
Me sorprendí al ver a Luciano en nuestro bufé de abogados y extendí la mano para saludarlo.
—Hola, Luciano. ¿Y cómo estás?
—Muy bien, aquí disfrutando de la compañía de estas hermosas mujeres y en especial de mi ahijadita —comentó él tocando el vientre de Kimberly—. Ya quiero que nazca.
—Todos estamos ansiosos —aclaró Adriano con una sonrisa; el embarazo de Kimberly había sido lo más esperado en el bufé porque era la única embarazada—. Yo quiero que se parezca a Kimberly.
—También quiero que se parezca a su madre —comenté al mirar a Kim, que se veía hermosa con su pancita de embarazada.
—Vamos —habló Helena mirándolos con fastidio; tenía hambre.
Kimberly
Di un paso más y sentí una punzada en mi vientre, y eso hizo que me paralizara y llevara mi mano a mi vientre. Todos se me quedaron mirando y se alarmaron; lo podía ver en sus miradas y Ciro me miró; él me conocía bien.
Ciro.
Me acerqué a Kim porque se había detenido de manera extraña y la conozco bien; algo estaba pasándole.
—¿Qué pasa? —le pregunté alarmado.
—Sentí una punzada en el vientre —confesé agarrándolo de la mano—. Podrías llevarme a casa.
—¿A casa? —repite sorprendido; podía notar lo nerviosa que estaba—. Vamos a la clínica.
—Ok.
Luciano preocupándose por su amiga.
—Será una contracción.
—No, la pequeña Kimberly solo quiere asustarme —aseguré a mi amigo, intentaba sonreír—. Parece que se cansó del trabajo.
Ciro
Sin decirle nada, la cargué; no me importaba que las personas estuvieran mirándonos; lo que me importaba era ella.
—Puro bla, bla —dije serio—. Nos vemos.
—Se van con cuidado —pidió Adriano mirando a Luciano y a su hija—. Vayan a comer.
—¡Claro que sí!
Luciano estaba fascinado con ella.
—Es hora de irnos, doncella.
—Con gusto.
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Tres minutos después.
En el estacionamiento.
Kimberly
Sentí otra punzada más fuerte y mi corazón latía fuertemente; no quería que mi hija naciera prematuramente.
—¡Maldición!
Ciro
Me alarmé al subirme a la camioneta; estaba demasiado pálida y nerviosa, como que si no entendiera lo que estaba pasando.
—¿Qué sucede, amore mío?
—Creo que son contracciones —confesé aterrada, sintiéndome con un manojo de nervios que estaban mezclándose con miedo y pánico. Mi bebé no estaba preparada para nacer y menos en las condiciones en las que me encontraba actualmente; sin poder evitarlo, comencé a llorar. No era su tiempo.
—Tú tranquilízate un poco —dije agarrando su rostro y lo junté con el mío—. Solo respira, amore mío, verás que no será nada malo.
—Ella no puede nacer aún —intenté tranquilizarme—. Me muero si le pasa algo a mi hija.
—No seas pesimista, cariño —encendiéndole la camioneta, tengo que tranquilizarla de alguna forma—. Esa princesa no nacerá hoy.
Kimberly
Solo asentí con la cabeza; estaba muy nerviosa y asustada. El médico me explicó que un bebé prematuro sería delicado y que debo tomar las cosas con más calma. Mi trabajo era demasiado demandante y nunca me he negado a defender un caso; ahora debo pensar en mi hija, en mi pequeña que merecía nacer bien.
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En un restaurante.
Julián se encontró con un viejo amigo.
—Es un gusto verte, Gonzalo.
Gonzalo sonrió y le dio un apretón de mano.
—Sigues igual.
—Lo mismo digo —soltó él, sentándose en la silla, y lo miró con seriedad—. ¿Para qué soy bueno?
—Sí, aún recuerdas, me casé con Dayana Villa —recordándole divertido.
—Claro que sí, con la modelo —afirmó sin entender mucho.
—Tuvimos un hijo y queremos bautizarlo —informó sin dejar de sonreír.
—¡Enhorabuena, felicidades!
—Gracias, mi esposa y yo estuvimos platicándolo demasiado y lo elegimos como padrino de nuestro pequeño Genzo.
Julián estaba incrédulo; nunca en su vida alguien lo había tomado en cuenta para ser padrino de un bebé. Se sentía realmente halagado.
—Claro que sí.
—Mi esposa no quiere decírtelo. Por miedo a que no quieras ser padrino de nuestro bebé.
Él estaba confundido.
—¿Por qué lo dices?
—Porque mi esposa es superamiguísima de Paulina Greco —explicó y observó su seriedad—. Respetaré tu decisión si no deseas ser su padrino.
—Voy a aceptar ser el padrino —anunció con una sonrisa malévola—. Quiero ver a Paulina.