Tengo una cicatriz que me seguirá hasta el día de mi muerte.
No hablo de una cicatriz física. Hablo de una que no se puede ver, de esas que aprendes a esconder detrás de una sonrisa con el transcurrir del tiempo. Una cicatriz que jamás pienso mostrarle a nadie.
O eso creía.
Hasta que Dick Andrew volvió a aparecer en mi vida.
Es el nuevo jugador de los Northbay Wolves, el mismo equipo de hockey donde trabajo como fisioterapeuta, y el mismo hombre al que llevo años intentando olvidar. Su regreso no solo trae titulares, aplausos y expectativas. También arrastra un pasado que creí enterrado bajo capas de silencio. Un pasado que nos pertenece a los dos.
Porque mientras él carga con una cicatriz que todos pueden ver: una que casi terminó con su carrera sobre el hielo. La mía vive en el alma. Y esas… esas nunca sanan del todo. No cuando sabes que tú fuiste quien la provocó.
Aunque dicen que algunas heridas empiezan a cerrarse cuando te enfrentas a la única persona que estuvo contigo cuando todo se rompió.
Yo no creo lo mismo, yo pienso que eso ocurre… Cuando el hielo cicatrice.