Cuando el hielo cicatrice

Prólogo

Hace cuatro años

—¿Vas a quedarte ahí toda la noche? —grita, emocionada, desde el lago congelado—. Ven que mi trasero se congela y no tenemos toda la noche.

No sé para qué me ha traído hasta acá. Dice que me dirá algo que me pondrá muy feliz. Pero no hay nada en el mundo que me haga más feliz que ella.

Da una vueltecita y se desliza un poco con sus zapatillas. Sus rizos rubios rebotan cuando intenta estabilizarse para no caer y termina soltando una risa que se pierde en el aire frío de la noche.

El lago está completamente cubierto de hielo. La superficie brilla bajo la luz pálida de la luna y de un viejo farol cerca del muelle. Todo está en silencio, excepto por su risa melodiosa, que me arrulla de una manera que jamás había sentido. Intento compararla con las canciones de cuna que me cantaba mamá, pero esto es diferente. La risa de Alaska debería ser patrimonio nacional de North Bay.

—Ven aquí, Nixie. Antes de que Ash nos pille.

—Asher está con papá sacando la nieve del camino. No vendrá hasta más tarde. Yo me aseguré de eso —gira otra vez y es como si estuviera viendo a una bailarina bailar en puntillas—. Debo confesar que me gusta que me llames así, aunque no sepa qué significa.

—Ya te lo he dicho muchas veces. Duendecillo de nieve.

—Es absurdo, no soy bajita. Mido 1.70 y cuando me pongo mis zapatos super altos puedo llegar a medir 1.85.

No lo sabré yo, que la he visto llevar tacones con el uniforme durante todo el tiempo que estuvo en el instituto.

Alaska nunca fue como las demás chicas del colegio.

Mientras la mayoría se conformaba con el uniforme sin más, ella lo convertía en una especie de pasarela europea. Siempre llevaba algo distinto: un pañuelo fino anudado en la garganta, pulseras que tintineaban cuando movía las manos, un bolso pequeño colgado del hombro como si estuviera desfilando por una pasarela en lugar de caminar por los pasillos del instituto. Y por supuesto tacones.

No tengo nada que decir cuando se pone tacones.

Camina como si el mundo entero fuera su escenario. La espalda recta. La barbilla apenas levantada. Esa forma suya de mirar por encima del hombro que hacía que medio instituto olvidara cómo respirar durante unos segundos. Entre esos yo.

Claro, que yo lo disimulaba, no como los chicos que se giraban cuando pasaba. Nestor intentando parecer interesante, Kyle simplemente observándola como si fuera un espectáculo imposible de ignorar.

Y lo peor de todo es que ella ni siquiera parecía darse cuenta. O ahora que lo pienso, tal vez lo sabía perfectamente, y por eso caminaba con esa seguridad peligrosa, como una pequeña femme fatale perdida entre pupitres y taquillas.

Pero yo sabía algo que los demás no.

Que debajo de toda esa elegancia y de esos tacones imposibles seguía estando la misma chica capaz de reírse a carcajadas, tropezar con sus propios pies y lamerse los dedos después de comer cheetos. Porque cuando voy a casa de Asher dejo de ver a Nixie y veo a la Alaska descalza y despeinada sonriendo a toda hora.

Algo que me tiene jodidamente enamorado.

Si tan solo supiera lo mucho que me gusta y del por qué ese apodo tiene un significado más allá. Que nació aquí en este mismo lago cuando la vi salir de él.

—Tengo algo importante que decirte y debe ser exactamente en la parte del muelle donde nos besamos por primera vez. Así que o vienes aquí ahora mismo, Dick Andrew, o juro que le digo a Asher todo lo que su mejor amigo hace con su hermanita cuando él no está.

Camina unos pasos más allá y vuelve a resbalar un poco. Está buscando exactamente lo que dijo: el muelle donde nos dimos el primer beso. Para llegar hasta allí tiene que cruzar parte del lago congelado.

—La que quiere esconderse de tu hermano eres tú, no yo —sonrío ante su amenaza—. Somos adultos, Nixie. Dentro de poco empezaré a jugar profesionalmente en la liga nacional de hockey… y tú serás la relacionista pública más hermosa que ese equipo haya visto jamás.

Suelta una risita al darse cuenta de que su amenaza no funciona. Se encoge de hombros, decidía, sin dejar de caminar. Haga lo haga o diga lo que diga no va a parar. Cuando a Alaska se le mete algo entre ceja y ceja no hay poder humano que la haga cambiar de opinión.

Ella no lo sabe, pero ayer, durante el entrenamiento, hice un mal movimiento al frenar en seco contra la barandilla y sentí un tirón en el tobillo. Nada grave, según el fisioterapeuta, pero lo suficiente como para recomendarme reposo un par de días.

Reposo que claramente no estoy cumpliendo.

No quiero pisar el hielo por miedo a resbalar y empeorar la molestia, pero si insiste en que lo que quiere decirme es tan importante, y que tiene que ser exactamente en el lugar donde nos dimos el primer beso. No seré yo quien se lo niegue. Aunque estoy seguro que eso importante es que salió becada para su carrera.

Doy un paso hacia el lago y no sé si es por la lesión reciente, pero algo se siente extraño bajo mi pie. Una sensación rara, como si el hielo no estuviera tan firme como debería. Me detengo apenas un segundo, escuchando. El viento mueve las ramas de los árboles y el lago responde con un crujido profundo que siempre tiene en invierno.

Sigo avanzando.

Alaska está unos metros más adelante, girando sobre sí misma mientras intenta encontrar el punto exacto del muelle. Sus rizos rubios saltan con cada pequeño resbalón y por un instante pienso que se ve ridículamente feliz, como una niña jugando sobre un lago que cree completamente suyo.

Doy otro paso.

Luego otro.

Y no tengo tiempo de reaccionar cuando el crujido seco me avisa que el hielo se ha roto. Mi pie cede enseguida y mi cuerpo desaparece hacia abajo. El agua helada me golpea como un puñetazo en el pecho. Es tan fría que por un segundo mi cuerpo deja de responder. El aire se me escapa de los pulmones en un jadeo brutal mientras me hundo hasta la cintura.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.