Cuando el hielo cicatrice

Capítulo 1

Alaska

—¡Mamá Laska! ¡Mamá Laska! —La puerta se abre sin pedir permiso y un torbellino de energía se lanza directo a mi cama—. ¡Levántate!

—¡Ey! —me quejo entre risas cuando su pequeño cuerpo cae sobre mí—. ¿Cuántas veces hemos hablado de tocar antes de entrar?

—Abu dijo que podía entrar —dice, sonriendo, con sus mejillas rojas por el frío.

—Ven aquí —murmuro, atrayéndolo contra mí y hundiendo la cara en su cuello—. Buenos días, enano.

—No soy enano —protesta—. Soy grande. Tengo tres años —hace la seña con sus deditos.

—Claro, gigante.

Lo abrazo con fuerza, como si el mundo fuera a acabarse si me suelta y en seguida aparece ese pequeño tirón en el pecho. El mismo que nunca desaparece cuando recuerdo ese día.

Cuando lo suelto sale corriendo como entró, dejando la puerta abierta. Me quedo un segundo más en la cama, pensando en cómo será mi primer encuentro con… él.

No debería afectarme tanto. Es solo un jugador más. Un nombre nuevo en la lista. Eso es todo lo que debería ser. Lo repito en mi cabeza para convencerme.

Ya lo sé, por supuesto que sé que Dick Andrew vuelve a North Bay. Más exactamente a los Northbay Wolves. He escuchado los rumores que siempre corren antes de que algo se haga oficial. Pero eso no quiere decir que me sienta preparada para verlo.

¿Cómo se saluda a alguien que fue todo… y luego nada?

¿Cómo se mira a una persona sin pensar en el momento exacto en que todo se rompió?

Suelto el aire despacio y me obligo a incorporarme de la cama, con Dick Andrew instalado en mi mente como un pensamiento que no pedí, pero que tampoco logro apartar del todo. El pasado se cuela sin permiso, fragmentos de ese día, imágenes difusas que regresan con una claridad incómoda, y es inevitable preguntarme cómo estará ahora, cómo luce después de todos estos años, si su cuerpo sigue siendo el mismo o si el tiempo y todo lo que pasó dejaron marcas, si habrá adelgazado, si seguirá llevando el cabello de la misma forma descuidada que tanto le gustaba… si su pierna estará…

Me visto rápido y recojo mi cabello en un moño alto, asegurándolo con manos que ya se mueven por costumbre. No me molesto en maquillarme; hace mucho que dejé de hacerlo y, aunque antes no podía salir de casa sin al menos un lápiz labial, ahora ya me he acostumbrado a eso.

Me pongo mis zapatillas deportivas y para cuando bajo las escaleras, ya tengo puesta mi mejor versión. La que sonríe, la que funciona, la que no se detiene. Papá me sonríe con un café recién hecho, como cada mañana y me da un beso en la coronilla.

—Pensé que hoy ibas a saltarte el desayuno —dice sin apartar la vista de su taza.

—Nunca haría algo tan irresponsable —respondo, sentándome frente a él.

Normalmente no salgo de casa sin comer, aunque sea algo liviano. Es casi una regla que me impuse con el tiempo. Pero hubo una época en la que podía pasar días enteros sin probar bocado, como si el hambre fuera lo único que podía controlar cuando todo lo demás se desmoronaba.

Desliza el café hacia mí sin necesidad de mirarme y el aroma me envuelve al instante, suficiente para hacerme olvidar el ruido que llevo dentro.

—¿Día importante?

—Pues supongo que algo movido. Llega un jugador nuevo. —Aprieto los labios y tomo la taza de café entre mis manos, dejando que el calor me ancle al presente.

Papá asiente, como si no fuera gran cosa, pero sus ojos se levantan por encima del borde de la taza y se clavan en mí. Luego su atención se desvía hacia el otro lado de la cocina, donde mamá está cortando fruta. Sigo su mirada por inercia y busco a Summer, pero no está. Tampoco el enano. Frunzo levemente el ceño, porque hace apenas unos minutos estaba brincando sobre mi cama como si el mundo dependiera de ello.

Asher baja las escaleras de dos en dos. Cuando llega a la cocina saluda a mamá con un beso y toma una tostada al vuelo, le da un mordisco sin siquiera sentarse en la mesa.

—¿Estaba el enano por aquí? —pregunta con la boca medio llena mientras alcanza una taza y prueba un sorbo de café todavía demasiado caliente—. Me pareció escucharlo, pero no subió a saludar a su tío favorito, así que supongo que no.

—A Summer se le hizo tarde y tuvo que salir corriendo para dejarlo en la escuela —responde mamá sin mirarlo, concentrada en cerrar un recipiente con fruta ya cortada—. De camino al centro de entrenamiento le dejas esto a su maestra.

Le extiende el envase y Asher lo toma sin dejar de masticar. Termina de embutirse el resto de la tostada en un par de mordiscos, deja la taza a medio usar sobre la mesa y ya está buscando las llaves del auto, moviéndose por la casa con esa prisa constante que parece seguirlo a todas partes.

—Vamos, Alaska —dice, girándose hacia mí—. Apúrate o no te llevo. El entrenador fue bastante claro —añade, señalándome con las llaves—. Tenemos que llegar temprano para la presentación de Andrew.

El estómago se me tensa sin previo aviso, como si su nombre tuviera el poder de apretar algo invisible dentro de mí. Puedo sentir el intercambio silencioso entre mamá y papá, una mirada que pasa de uno al otro en apenas un segundo, pero que dice demasiado.

Ese día nadie sabe lo que pasó realmente. Solo saben que hubo un accidente. Que Dick y yo estuvimos ahí. Que algo salió mal. Pero no saben cómo. No saben por qué. No saben lo que hice. Nunca le dije nada a nadie.

Excepto a Summer. Y aun así… ni siquiera ella conoce toda la verdad.

Aprieto los dedos alrededor de la taza, sintiendo el calor contra la piel, como si eso pudiera mantenerme anclada aquí, en esta cocina, en esta mesa, en este momento donde todo todavía parece normal.

—¿Estás bien? —pregunta mamá con suavidad.

Levanto la mirada sonriendo. Esa sonrisa ensayada, perfecta, que uso cuando no quiero que nadie haga más preguntas. Papá no dice nada, pero su mirada se queda un segundo más de lo necesario sobre mí, como si intentara descifrar algo que no voy a permitirle ver. Asher, en cambio, ni siquiera nota la tensión. O finge no hacerlo.




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