Cuando el hielo cicatrice

Capítulo 2

Dick

Hace cinco años

—Te lo juro, si vuelvo a meter otro hat trick, Alaska me invita a salir —dice Kyle, dejándose caer a mi lado como si el mundo girara alrededor suyo.

Estoy sentado en las gradas, con los codos apoyados en las rodillas y el casco a mi lado, mientras el resto del equipo empieza a dispersarse entre risas. Tomo la botella de agua que está a mi lado y me echo un poco en la cara. Ignorando el comentario que acaba de lanzar Donovan.

Aunque creo que lo que dice es en serio porque, a veces, realmente cree que el mundo gira a su alrededor. Tiene esa facilidad irritante para caer bien, para sonreír y conseguir lo que quiere sin esforzarse demasiado. Lo he visto coquetear con una camarera mientras pedía una bebida y, cinco minutos después, estar hablando con el entrenador como si nada, como si pudiera cambiar de papel según le convenga.

—Alaska no te miraría ni con tres hat tricks en un solo partido —le suelta Néstor sin mirarlo, concentrado en atarse bien las zapatillas—. Empezando porque a Alaska ni siquiera le gusta el hockey.

Me paso una mano por el cabello todavía húmedo y miro hacia la pista, donde algunos siguen patinando como si no quisieran salir nunca del hielo, mientras hurgo un poco más en la frase que acaba de soltar Radvinsky. Y es que tiene toda la maldita razón.

Alaska no miraría a Kyle ni aunque ganara la puta Copa Stanley.

Pero eso no es lo que me jode.

Lo que realmente me jode, es darme cuenta de que Alaska Hale no miraría a ninguno de nosotros. Ni siquiera a mí.

Otra vez, Néstor Radvinsky demuestra que es ese tipo que dice poco, pero cuando habla, pesa.

—Dicen que se anda enrollando con el capitán del equipo de fútbol —dice uno de los chicos desde atrás, riéndose por lo bajo mientras se deja caer en la grada.

—No lo creo. —Suelto antes de darme cuenta.

Todos giran a verme.

Me tenso al instante, porque se supone que Alaska Hale me es indiferente. Como todas las chicas del instituto. Porque yo soy ese tipo de chico que solo vive para el hockey, o al menos eso es lo que llevo años repitiéndome, lo que mi padre se ha encargado de meterme en la cabeza con cada entrenamiento y con cada exigencia.

Ninguno sabe que tengo a Alaska en la mira desde la primera vez que la vi. Ninguno sabe que no me es indiferente. Y nunca nadie lo sabrá. Sobre todo porque es la hermana menor de mi mejor amigo… y eso la convierte en territorio prohibido, en una línea que no se puede cruzar.

Asher confía en mí. Y yo debería respetar eso.

Debería.

Hale aparece subiendo las gradas y, como mi salvador, lo señalo con el mentón mientras digo, intentando sonar despreocupado:

—Lo digo porque Hale no lo permitiría.

Los chicos enfocan más mi comentario en la rivalidad que hay entre Frank, el capitán del equipo de fútbol, y Asher, y no en que tengo a Alaska tan vigilada, que sé perfectamente que no está saliendo con nadie. Y no es una suposición. Sé a qué hora entra a clases y en qué aula se sienta casi siempre. Sé que los martes sale antes porque cambia una asignatura, que los jueves se queda un rato más en la biblioteca, aunque no siempre estudia. A veces solo está ahí, pasando páginas sin prisa. Sé quiénes son sus amigas, con quién almuerza y en qué mesa se sienta.

Asher se deja caer a mi lado, me da un golpe leve en la rodilla y luego mira al frente, hacia la entrada de la pista.

—Les rompiste la defensa —dice refiriéndose al juego.

—Fue pase tuyo —respondo, encogiéndome de hombros.

—Y aun así nadie te paró en el tercero —añade otro desde atrás—. Esos tipos no sabían ni dónde estaban.

—Ganamos porque jugamos en equipo —murmura Néstor.

—Sí, sí, discurso de capitán… —Kyle resopla—, pero ganamos, ¿no? —se levanta de un salto, se pasa una mano por el cabello y nos mira a todos—. Y como sigamos así, en unos años vamos a estar todos jugando en la liga profesional. —Hace una pausa, como si ya pudiera verlo, como si ese futuro estuviera a la vuelta del pasillo—. Deberíamos ir a celebrar.

—Paso —suelta Néstor, levantándose con el casco en la mano mientras ya va buscando la salida.

—Estaría bien despejar la mente antes de los exámenes finales —dice Asher, más tranquilo, colgándose el bolso al hombro.

Algunos chocan manos detrás, todavía con la adrenalina del partido zumbándoles en el cuerpo, otros se excusan con medias sonrisas, diciendo que tienen que subir el promedio si quieren seguir en el equipo, que el entrenador ya advirtió. El grupo empieza a dividirse entre los que viven para el momento y los que saben que el futuro también pesa, y yo me quedo justo en medio, mirando cómo todos se mueven, pero con la cabeza en otro lugar.

—¿Y tú, Andrew? —Kyle me empuja el hombro—. No me digas que vas a salir otra vez con la excusa de “tengo entrenamiento”.

—Tengo entrenamiento con papá —respondo sin dejar al frente.

—Qué vida tan triste —se burla—. Tanto talento desperdiciado en la castidad.

Es ridículo.

Ni siquiera puedo apartar la vista de ella.

Hay decenas de chicas en este instituto, todas revoloteando alrededor mío y todas me resultan exactamente lo mismo. Pero Alaska Hale… Ella es otra cosa. Algo que no sé nombrar y que, si soy sincero, tampoco quiero entender demasiado.

Sus rizos rubios caen sobre sus hombros en un desorden que parece calculado, como si hasta el caos le obedeciera. Y hay algo en su forma de moverse, en cómo pisa, en cómo ocupa cada centímetro del espacio que vuelve inútil cualquier intento de mirar a otro lado. No es que haga algo extraordinario. Es que todo en ella lo parece. Se acerca a un grupo de chicas cerca de la entrada y empieza a hablar con ellas. No alza la voz, no exagera gestos, no busca atención, y aun así la tiene. Sobre todo la mía que soy incapaz de apartar los ojos de ella. Es como si llevara una luz propia que no necesita permiso para brillar. Como si el mundo, de alguna forma, ya hubiera decidido girar un poco en torno a ella.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.