Cuando el hielo cicatrice

Capítulo 3

Alaska

presente

—No puedo creer que Andrew esté de vuelta —Kyle sonríe mientras coge una venda elástica entre sus manos—. Espera, recuerdas a Dick, ¿cierto? —como no le respondo, continúa—. Es decir, en ese entonces andabas muy metida en tu cuento de femme fatale y siendo una auténtica popular, pero es imposible que nadie se acuerde de Andrew en su mejor época.

—No lo sé, no estoy segura de si lo recuerdo o no —miento. Porque que Kyle esté aquí, en mi espacio, en el único lugar donde todo suele estar bajo mi control, hablando de Dick y de su regreso, no ayuda en absoluto a mi estado de ánimo el día de hoy.

Un simple asentimiento de cabeza.

Eso fue todo.

Dick Andrew me dio un asentimiento de cabeza, pasó de largo y se subió al auto desde donde mi hermano lo llamó. Yo me quedé ahí, con el topper en las manos, que si no fuera porque el enano me sacudió con un abrazo y su maestra casi que me jala el topper mientras fruncía el ceño, todavía estuviera plasmada en mi sitio.

Supongo que es lo que merezco por lo que hice hace cuatro años. Sin embargo, eso no quiere decir que mi corazón no se encoja como lo hace. Porque lo hace. Se aprieta lento, como si reconociera algo que aún no termina de morir. Y por más que intente convencerme de que ya no debería importarme, de que esto es lo correcto, de que la distancia es necesaria, sigue doliendo.

Más de lo que estoy dispuesta a admitir.

Se sentó adelante donde estaba yo anteriormente y aproveché la oportunidad para detallarlo mientras que Asher le preguntaba sobre su vida. Bueno, solo pude ver su espalda y un poco de su perfil. No ha cambiado mucho, excepto por la mayoría de sus brazos tatuados. Eso me fijé cuando giró su gorra; el movimiento me permitió ver su musculoso brazo lleno de tinta y el cabello un poco más corto de cómo lo solía usar cuando éramos novios. Cuando yo metía los dedos en sus mechones mientras nos besábamos y…

—No puedes decir que no, vamos, no salía de tu casa… Todo el tiempo visitaba a Hale y…

—Ah, sí, creo que lo recuerdo —cedo, porque de lo contrario va a seguir dando vueltas sobre lo mismo. Así que cambio de conversación—. Después de todo, ¿qué haces aquí? ¿No deberías estar entrenando o algo así?

Kyle sonríe, sin un ápice de culpa.

—Pues la bienvenida a Andrew no duró mucho. Los del equipo están en el gimnasio, pero aquí entre nos… —se inclina un poco, como si fuera a contarme un secreto— tengo una resaca de muerte para ponerme a levantar pesas.

—¿Y tu brillante solución es venir a fisioterapia? —Lo miro, alzando una ceja.

—Exacto —dice, dejando la venda sobre la camilla como si acabara de resolver un problema importante—. Rehabilitación preventiva. Muy profesional todo.

Niego con la cabeza.

—¿Y qué culpa tengo yo de eso? Mejor ve a perder el tiempo con la conejita que te lo quitó anoche… y no me hagas perder el mío.

Conociendo a Kyle, seguramente estuvo enredado con alguna chica que conoció en un bar cualquiera de North Bay y lo confirmo cuando él se ríe, sin ofenderse, como si le acabara de dar la razón.

—Cierto, tienes trabajo, el entrenador mandó a dos jugadores a revisión —añade, recostándose contra la camilla—. A Kovalenko, que salió con una sobrecarga en el muslo y a Bennett, que tiene la muñeca resentida…

—¿Alguna vez te han dicho que eres una vieja chismosa? —bromeo.

Pero no le da tiempo de contestar porque la puerta se abre justo en ese momento y Kovalenco aparece en el umbral. Kyle se baja de la camilla de un salto, apartándose con facilidad y cruzándose con él al salir, como si hubiese recapacitado en que ha estado perdiendo el tiempo aquí dentro.

—Te dejo en buenas manos —le dice a su compañero de equipo, guiñandole un ojo antes de desaparecer.

Ruedo los ojos, pero no digo nada.

Kovalenco entra del todo, cerrando la puerta detrás de sí, y se pasa una mano por la nuca con gesto cansado.

—No es que me guste estar aquí, pero bueno… —dice, encogiéndose de hombros—. Tunner insiste en que necesito una revisión.

—Siéntate. —Señalo la camilla con la cabeza. Él obedece y yo me acerco, tomando la tableta para revisar su historial mientras intento concentrarme en lo que tengo delante—. ¿Qué tenemos?

—Muslo —responde—. Parte posterior. Empezó ayer después del entrenamiento.

—¿Dolor constante o solo al moverte?

—Al moverme. Y cuando presiono.

—Bien. Voy a palpar. Avísame si molesta.

Me coloco a su lado, apoyando una mano firme sobre su pierna para ubicar la zona.

No espera ni dos segundos cuando me dice que ahí duele. Presiono justo donde el músculo se siente más tenso y él se queja un poco.

—Está bastante cargado —confirmo—. No hay ruptura, pero si lo fuerzas, puede ir a más. Flexiona la rodilla y luego estira.

Hace el ejercicio que le indico y repite el movimiento. Hay un pequeño tirón al final y lo anoto. Paso a la prueba de resistencia, aplicando presión y cuando empuja contra mi mano lo hace bien, pero no limpio del todo.

Asiento para mí misma.

—Sobrecarga en isquiotibiales —dictamino—. Nada fuera de lo normal. —Dejo el expediente a un lado y me froto las manos ligeramente antes de volver a él—. Voy a descargar el músculo.

—¿Esta es la parte en la que me haces sufrir?

—Está es la parte en la que te quejas menos que los demás —respondo, seca.

Coloco ambas manos sobre la parte posterior de su muslo y empiezo a trabajar el tejido, presionando, deslizando, buscando los puntos de mayor tensión.

El músculo está duro, reactivo bajo mis dedos.

Escucho a Bennett decir “si viera lo buena que está la fisio, no tendría esa cara”. Pongo los ojos en blanco y voy a continuar con el ejercicio, pero entonces la risa ronca de Dick me paraliza. Es muy pequeña, pero incluso ese pequeño sonido lo recuerdo como si fuera ayer. Estoy de espaldas y no necesito girarme para saber que es él. Mi cuerpo lo reconoce antes que mi cabeza, como si esos cuatro años no hubieran servido para borrarlo del todo.




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