Dick
Hace cinco años
—Quiero verla —le digo a June, que está haciéndose algo extraño en el pelo. Me tiro en su cama desarmando la pila de cojines y sabiendo lo mucho que detesta qué lo haga.
—En serio que estás coladito por ella, hermano. —Mi hermana, sin dejar de manipular su cabello, frente al espejo, me mira a través de él.
—Me gusta, sí —me salta una notificación en el celular y entro para ver la publicación en la que Asher me etiquetó. Solo es una foto donde estoy con los chicos del equipo.
—Eso es un eufemismo —envuelve un mechón de cabello liso y castaño en un palo eléctrico y, por más que trato de entender, no sé qué es lo que hace. Ella saca la punta de la lengua para concentrarse y cuando cree que está listo, suelta el mechón de cabello que ahora se ve como los rizos de Alaska. Luego se voltea y me señala con el palo eléctrico, diciendo—: La verdad es que no me gusta como cuñada, porque ella es una auténtica pick me.
—Ni siquiera sabes qué significa eso, June —volteo los ojos mientras le hago zoom a una foto de Asher donde se ve Alaska en el fondo riendo junto a Summer.
—Señor, escuché a Dakota decírselo a Sophie cuando pasaba por el pasillo del instituto, así que creo que sí.
—Alaska puede ser de todo menos una pick me —la defiendo.
—Ay, por Dios, hasta mira cómo la defiendes y ni la hora te da. Puede ser hermana de Summer, pero no me cae bien. No me gusta como cuñada.
—¿Por qué?
—Porque tengo quince años y sé diferenciar a una pick me… y tú no.
—Creo que eso es más bien celos de hermana —me levanto de su cama. Le doy un beso en la frente y se queja cuando se quema con el aparato que tiene en la cabeza—. Ahora voy a entrenar.
Salgo de su habitación antes de que empiece a quejarse de que la hice quemar y cierro la puerta detrás de mí con una sonrisa que no puedo evitar. June siempre ha sido así, intensa, convencida de que entiende el mundo mejor que nadie, pero esta vez está completamente equivocada.
Alaska no es nada de lo que ella cree.
Bajo las escaleras de dos en dos, con el pulso ya acelerado antes siquiera de tocar el hielo. Papá está esperándome junto a la puerta, como siempre. Puntual. Fue jugador profesional. De los buenos. De los que no solo jugaban, sino que imponían respeto. Ahora es comentarista deportivo, especializado en hockey, y su voz sigue teniendo ese peso que hace que la gente escuche aunque no quiera.
—Tarde —dice, mirando el reloj.
No lo estoy, pero no respondo.
Salimos y el trayecto es silencioso. El tipo de silencio que no es cómodo, pero que ya se volvió costumbre. Sé que me está evaluando aunque no diga nada. Como si cada movimiento mío fuera parte de un análisis que nunca termina.
Amo el hockey. De verdad.
El hielo, la velocidad, el golpe seco del stick, la sensación de control en medio del caos… todo eso es mío. Pero con él es distinto. Es una exigencia constante. Todo lo que hago le parece mal, como si siempre hubiera un “pero” esperándome al final de cada jugada. Si anoto, debí haber asistido; si asisto, debí haber rematado yo; si hago ambas, entonces me señala el único pase que no fue perfecto. Con el entrenador es distinto: corrige, pero te empuja a mejorar, te marca el error y luego te enseña cómo arreglarlo, como si realmente creyera que puedes hacerlo mejor.
A veces pienso de que, haga lo que haga, para Dickson Andrew nunca es suficiente.
Por mi propio bien he optado por creerme qué lo hace porque me quiere porque supongo que así se hacen los mejores jugadores.
Llegamos a la pista y el frío me golpea. Me ajusto los guantes, agarro el stick y salgo al hielo. Pero no puedo concentrarme mucho porque lo primero que veo es un cabello rubio moviéndose por el viento. Incluso escucho su suave risa. Ni siquiera está aquí. Pero está tan metida en mi cabeza que la siento real. Aprieto la mandíbula y acelero, empujando más fuerte contra el hielo, tratando de concentrarme.
Hoy voy a verla.
La idea se instala en mi pecho como una descarga eléctrica. No sé exactamente qué voy a decirle. No tengo un plan. Solo sé que quiero verla, que necesito verla, aunque sea unos minutos. Es solo ir a la fiesta donde sé que ella estará y acercarme un poco. Debo ser cuidadoso para que Asher no se de cuenta o más bien, me preocupa que sea Kyle el que se entrometa.
El entrenamiento termina con el sonido seco del silbato y el eco de los patines frenando sobre el hielo. Tengo el pecho ardiendo, el cuerpo cansado, y aun así sé que fue un buen entrenamiento. O eso creo hasta que veo la cara de papá. No dice nada al principio. Solo observa. Salgo del hielo, me quito los guantes y camino hacia él.
—Hay una fiesta esta noche —digo, intentando sonar casual, como si no me importara demasiado—. Quería ir.
—No. —Ese “no” suena tan tajante que aprieto la mandíbula—. Mañana es la audición para el equipo —añade, mirándome por fin—. No vas a llegar cansado.
—Entrené bien —replico—. Todo salió como debía.
—Fallaste dos pases en el tercer bloque.
—Su mirada se afila cuando dice sin dudar, como si lo hubiera estado guardando justo para esto. Y claro que lo recuerda. Siempre recuerda en qué fallo.
—Los corregí después —insisto—. No voy a llegar tarde.
—No. —Esta vez ni siquiera se molesta en explicarlo.
Asiento, aunque por dentro toda mi sangre hierva. Recojo mis cosas, apretando los puños y camino hacia el auto porque discutir con él es como empujar contra una pared que no se mueve nunca. Cuando llegamos a casa sigo la rutina, hago exactamente lo que se espera de mí.
Hijo perfecto.
Jugador perfecto.
Control absoluto.
La casa está en silencio cuando cae la noche. Papá ya se encerró en su estudio, seguramente repasando jugadas, analizando partidos ajenos con la misma precisión con la que mide cada uno de los míos. Yo debería estar haciendo lo mismo. Descansando. Preparándome para mañana. Pero no puedo.