Cuando el hielo cicatrice

Capítulo5

Alaska

Presente

¿Debería seguir doliendo después de cuatro años?

La respuesta es sí.

Debí decírselo. Debí mirarlo a la cara y decirle que sí, que aunque no llevo una cicatriz física, después de cuatro años, sigue doliendo igual. Que hay cosas que no cierran, que no sanan, que solo aprendes a vivir con ellas y a quedarte en silencio… pero lo único que conseguí decir fue “Es todo por hoy. Seguiremos sesiones tres veces por semana”

No pude darle la respuesta que quería. Ni una sola palabra logró salir sin quedarse atascada en un nudo en la garganta que me traicionó en el peor momento. Solo fui capaz de girarme, de darle la espalda como una cobarde, fingiendo que revisaba algo en la tablet mientras sentía cómo los ojos se me llenaban y tenía que tragarme todo antes de que una lágrima lo arruinara, pero eso no duró mucho porque cuando respondió: “Con una vez a la semana basta” y, salió de la sala, las lágrimas empezaron a correr por si solas.

Exhalo despacio mientras coloco los platos sobre la mesa, alineándolos.

—¿Te pasó algo hoy? —pregunta mi madre, dejando los cubiertos a un lado del plato que acabo de poner.

—Solo fue un día largo.

La verdad sería decir que vi a Dick. Que lo tuve a centímetros. Dos veces. Que su voz sigue sonando en mi cabeza como si no se hubiera ido nunca. Que duele. Que sigue doliendo.

Cuatro años.

Cuatro años y sigo sin poder sostenerle la mirada sin sentir que todo se me desarma por dentro.

Pero mamá no tiene ni idea de lo que pasó entre nosotros y de nada sirve que se lo cuente ahora. Ella asiente, apretando los labios como si no terminara de creerme, pero decide no insistir. Terminamos de poner la mesa justo cuando aparece papá para ocupar su lugar. Sentándome a su lado, apoyo los codos en la mesa y me paso una mano por el rostro, intentando ordenar algo que claramente no tiene orden.

No sé cómo voy a hacer, porque trabajar con Dick no va a ser como con otros jugadores. Revisar una lesión y ajustar un par de ejercicios. Es tenerlo a centímetros, escuchar su voz como si no hubieran pasado cuatro años, sentir que cada gesto suyo remueve algo que sigue vivo dentro de mí. Es fingir que mi pulso no se altera cuando su mirada me atraviesa. Debo ser profesional, no puedo permitirme fallar.

Respiro hondo y fuerzo mi mejor sonrisa.

—Papá, ¿me ayudas?

Levanto la mirada casi sin querer, siguiendo el sonido. No sé en qué momento se llenó la mesa ni a qué hora mamá puso un plato de comida al frente. La voz es de Oliver. Tiene el ceño fruncido en una concentración absoluta mientras lucha con el empaque de un jugo que no puede abrir. Sus deditos lo aprietan para girarlo, pero nada.

—A ver, dame eso, campeón, yo te ayudo. —Mi padre se inclina ligeramente hacia él, ya estirando la mano. Pero el enano aparta el jugo con un gesto decidido, negando con la cabeza.

—No… —dice, frunciendo más la nariz—. No quiero que lo hagas tú. —Se gira hacia el otro lado, estirando el brazo y es entonces cuando veo a Frank que está sentado a su lado, relajado—. Quiero que lo haga papá.

—A ver, qué tenemos aquí. —Frank sonríe apenas, dejando lo que estaba haciendo para inclinarse hacia él. Toma el jugo con facilidad y lo destapa en un segundo—. Listo.

El enano sonríe como si le hubieran resuelto la vida entera y vuelve a su asiento, satisfecho, bebiendo como si nada más importara. Summer que está a mi lado voltea los ojos de forma dramática.

La escena es pequeña, casi insignificante, pero hay algo en ella que se aprieta dentro de mí. Y no sé muy bien por qué. Quizás sea porque hay una parte de mí que aún anhela algo que nunca pudo tener.

—¿Y Asher? ¿No venía contigo? —mamá levanta la vista del plato esperando que le responda.

—Se quedó hablando con algunos chicos del equipo —digo, envolviendo un rollo de pasta en el tenedor—. No quise esperarlo.

No específico que esos chicos eran Kyle, Néstor y Dick. Ni que, al verlos juntos, me golpeó un déjà vu demasiado nítido. Como si el tiempo hubiera decidido detenerse solo para mostrarme la misma escena de hace cuatro años. Ellos riendo después de un juego, planeando a dónde irían a celebrar… y yo, de fondo, fingiendo que no me importaba tanto como en realidad me importaba. Lo único bueno es que, a pesar de todo, me dio cierta felicidad ver la emoción de los chicos al volver a juntarse con Dick.

—¿Hay un puesto más en la mesa para un viejo amigo? —la voz de Asher se escucha desde la puerta, seguida del sonido de las llaves cayendo sobre la mesa.

Mi pulso se acelera de inmediato y el corazón se me sube a la garganta. Y no es por ver a mi hermano mayor. Es porque con él entra Dick y todo dentro de mí se desordena. El aire parece volverse más denso, más difícil de respirar, mientras mi mirada se levanta casi sin permiso. Afuera del kínder de Oliver no me dio tiempo de detallarlo. En el auto, apenas pude ver su espalda. En la sala, estaba demasiado nerviosa como para mirarlo más de un segundo. Pero aquí, ahora, lo tengo lo suficientemente cerca. Y lo aprovecho. Porque necesito comprobar que es real.

No está guapo.

Dick Andrew ahora está guapísimo.

Los años no pasaron por él, le hicieron un favor. Uno muy grande. Tiene ese aire de chico problemático que creció, que se volvió más peligroso sin dejar de ser atractivo. La barba incipiente le marca la mandíbula, más definida ahora, más dura. Sus pómulos están más afilados, como si la vida se hubiera encargado de esculpirlo a base de golpes. Y esa boca… ¡Dios bendito! Mis labios la recuerdan demasiado bien. Trago saliva y aparto la mirada apenas un segundo, como si mirarlo de más fuera un riesgo. Y lo es, por todo lo que me hace sentir con solo estar ahí.

—¡Pero mírate! —Mamá es la primera en reaccionar. Se levanta de la mesa para rodearlo en un abrazo cálido, que apenas puede por lo corpulento que es—. Estás enorme.




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