El marcador brillaba demasiado.
6 — 5.
Un punto y sería la ganadora.
Match point.
El estadio universitario estaba de pie, la tensión en el ambiente parecía ser contenida por una fina capa de cristal que en cualquier momento explotaría. Pero para ella, todo era difuso, descuadrado. Como si la cancha estuviera a kilómetros, como si serpenteara bajo sus pies.
Tiro la pelota.
Una vez.
El sonido fue seco.
Hueco.
Otra vez.
No sentía los dejos, como si llevara un guante grueso que le impedía ajustar su raqueta.
Respira.
Siempre había sido suficiente
Inhala.
Exhala.
Pero esta vez el aire parecía no cumplir su función.
El ruido en su mente no se cesaba.
Los recuerdos volvían uno tras otro en un bucle interminable.
Levanto la mirada.
La red.
Las líneas.
Su rival al otro lado, esperando.
Todo estaba en su lugar.
Todo… menos ella.
Lanzó la pelota.
El movimiento salió perfecto. Casi automático.
Como si su cuerpo aún creyera en algo que su mente ya no lograba sostener.
Golpeó.
La devolución llegó alta.
Corta.
Fácil.
El punto estaba ahí, esperándola.
Era el tipo de punto que habría cerrado cientos de veces. No. Miles.
Avanzó.
Un paso, luego otro.
La red cada vez más cerca, el ángulo abierto. Todo listo.
Solo tenía que terminarlo.
Pero entonces…
—Va a caer sola.
La voz regresó.
Fria. Cruel.
El tiempo se rompió.
La cancha dejo de ser cancha, y por un segundo, no estaba jugando en una final, sino reviviendo el momento exacto en el que todo había cambiado.
El golpe se adelantó, apenas, pero lo suficiente para cambiar su rumbo.
La pelota tocó la cinta.
Se detuvo.
Y cayó de su lado.
El sonido fue mínimo, pero dentro de ella, fue un colapso.
El público reaccionó de forma tardía con sorpresa.
El murmullo que fue en un inicio, ahora se transformaba en un ruido ensordecedor.
No se movió.
Estaba ahí, con la raqueta aun suspendida, mirando el punto donde había quedado la pelota como si pudiera retroceder el tiempo y cambiarlo.
Como si deseara no haber perdido la concentración.
Al otro lado, su rival aprovechó la situación.
El siguiente intercambio fue rápido.
Desordenado.
Irreconocible.
Y cuando la pelota final salió.
Todo había terminado.
El partido… el torneo… y algo más.
El aplauso fue de inmediato.
Fuerte.
Innegable.
Pero no eran para ella.
Camino hacia la red sin sentir cuando caminaba.
Automático.
Como todo lo demás.
Él ya se encontraba ahí, esperándola.
Se encontraban más cerca de lo que habían estado en todo el partido y en cualquier otro enfrentamiento.
Real.
Imposible de ignorar.
Le tendió la mano.
Ella la tomó.
Fría, mecánica.
En ese instante sus miradas se encontraron y en la de él, no existía burla, ni superioridad, había algo que no sabía precisar.
Se inclino apenas, lo suficiente para que nadie más, excepto ella, lo escucharan.
—Antes eras difícil de vencer.
Las palabras cayeron como un bloque frio.
No era provocación, era la verdad y ella lo sabía.
Soltó su mano.
Retrocedió.
Y por primera vez desde que todo había empezado, no le dolió haber pedido, le dolió no reconocerse.