Estoy llegando a las canchas de entrenamiento en mi universidad. El sereno de la mañana y la escuridad empiezan a desaparecer lentamente dando paso a los primeros rayos del sol.
Esta es mi hora favorita para practicar, ningún ruido, ninguna mirada, solo el campus que apenas empieza a despertar.
Han paso dos días desde mi pelea con Ian.
No textos.
No llamadas.
No entrenos.
No es como si no hubiera intentado hablar con él, pero pareciera evitarme tanto dentro como fuera de la universidad. Me quiero convencer que nuestra relación no dependía únicamente del deporte, pero el sentimiento de que algo está horriblemente mal me sigue martillando la mente y el corazón.
Dejo el bolso en una esquina y empiezo hacer un pequeño calentamiento.
Cuando creo estar lista, recojo mi raqueta y me dispongo a tirar el primer golpe.
Posición.
Elevo.
Tiro.
Pero se me va, no por mucho, pero suficiente.
Giro la raqueta, como si el error pudiera explicarse ahí, en el encordado, en cualquier cosa…
Respiro.
Vuelvo a lanzar.
Una.
Otra.
Y otra más.
Pero sigo fallando. El sonido no es limpio, no es aquel golpe seco que solía dar sin pestañear, el que hacía que todo voltearan.
Ahora suena… vacío.
—Concéntrate —escucho en la cancha contigua.
Alguien más ha llegado y su entrenador perece estar de mal humor.
Supongo que es un sentimiento compartido estos días.
Me tiro sobre la cancha mirando las nubes que ahora adornan el azul claro, mientras escucho como al otro lado, un vaivén de golpes.
Cierro los ojos y mi mente divaga hasta Ian, jamás descansaba, incluso cuando yo lo invitaba a mirar las nubes, nunca lo hacía.
Extraño sentimiento que me produce ahora.
El timbre de mi celular me hace recordar que es hora de alistarme para volver a clase, después de todo, había exámenes que no se iban a desarrollar solos.
………………O
La docente salió del salón recibiendo los últimos exámenes.
Suspiré
—¿Como te fue, Hazel? —preguntó Sachi, mi mejor amiga, quien se encontraba al costado mío.
—Pudo haber estado mejor.
Escondí mi cabeza entre mis brazos.
Dios castigue los dolores de cabeza.
—Te vez cansada, ¿quieres que vaya a cafetería por algo de comer? —volvió a preguntar, acariciándome el cabello.
Negue con la cabeza.
—Voy yo, de paso que voy por enfermería por un analgésico.
—¿Quieres que vaya contigo?
Negué por segunda vez.
Por el rabillo del ojo me había percatado que su novio ya había llegado y la esperaba en la puerta
—No es necesario, regreso ahí mismo —dije poniéndome de pie—. Además, creo que alguien te quiere ver.
Salí del salón, dejando atrás a mi amiga con su sonrisa de oreja a oreja al ver a su novio. Ellos tenían una relación bastante bonita, se conocieron hace cinco meses cuando ella fue animar en un partido de fútbol. Claro que fue él quien quedo encantado con sus gritos y decidió buscarla al terminar.
Al chico lo conocía únicamente de vista, Sachi había intentado presentármelo en más de una ocasión, siempre en quedada con sus amigos, pero mis tiempos libres se basaban en el tenis e Ian, o, mejor dicho, en el tenis con Ian.
Nuestra relación era totalmente diferente a la suya. En el fondo trataba de evitar cualquier tipo de comparación por el hecho de que las situaciones eran distintas. Ian y yo, habíamos mantenido una buena amistad formada por el tenis hace bastantes años atrás y apenas hace un mes, cuando todo relativamente estaba mejor, me propuso intentar algo más. Fue un día entre complicado y bonito, mi amigo más cercano pasaba a ser mi novio, todo parecía encajar perfectamente, pero vaya que las cosas funcionaban mucho mejor cuando solo era mi amigo.
Al pasar por cafetería esta estaba más ruidosa de lo normal, o tal vez era mi dolor de cabeza el que lo agudiza. Todo me molesta, las voces, las bandejas, las sillas arrastrándose.
Dejo la botella de agua y el sándwich frente a mí sin ganas. Es necesario que de mínimo un bocado antes de tomar cualquier medicamento, pero el hambre parece haber huido de mí.
Saco el celular.
Nada.
Ni un solo mensaje.
Ni siquiera el visto de los míos.
Llevo mi mano a la frente para masajear el entrecejo.
“No pasa nada”, me digo. “Tendrá que hablar conmigo en algún momento”
Pero no era eso, no era la ausencia, era la extraña sensación que no abandonaba mi pecho. Esa cosa incomoda que te dice que algo cambio, aunque nadie te lo haya dicho todavía.