Cuando el marcador miente

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Las pelotas que golpeaban la cancha me generaban un cosquilleo en el vientre imposible de evitar, zapatillas arrastrándose, voces mezcladas en un murmuro constante. Todo vibraba en conjunto con la emoción del torneo.

Apreté la raqueta entre mis manos.

El uniforme se sentía más ajustado del normal, la falda blanca plisada apenas rozaba mis muslos con cada paso, la camisera a la par y el cabello recogido en una alta coleta ya me empezaba a molestar el cuero cabelludo.

El día soleado pintaba el momento como si fuese un día perfecto, calmado, desencajando con lo que yo sentía por dentro:

Tensión.

Avancé por la cancha, notando las bandas de colores, que hace algunos instantes habían sorteado, sobre los brazos de los jugadores.

Rojo.

Verde.

Azul.

Rosa.

Naranja.

Mi equipo.

Mi mirada se movió sola.

Silene estaba unos metros más allá, también con una cinta naranja, acomodándose el flequillo con tranquilidad, como si aquello fuera lo más importante de su entrenamiento.

Ian a su costado, reía con otros chicos del equipo verde.

Natural.

Seguro.

Como acostumbraba a aparentar.

Mi mirada finalmente cayo sobre Archie, al otro lado.

Banda azul.

De pie, calmado, con la raqueta apoyada en el hombro.

No hablaba con nadie, pero de vez en cuando asentía saludando a los que pasaban por su costado.

Levantó la mirada.

Y me encontró.

No apartó la vista, yo tampoco lo hice.

En algún punto de conocernos, la incomodidad había decidido cambiar por un sentimiento de reconocimiento.

La última vez nos quedó un resultado pendiente.

Situación que ambos sabíamos que se podía repetir si es que claro, ambos terminábamos siendo representantes finales de nuestros respectivos equipos.

Parpadeé primero.

Claro.

Siempre yo.

—Jugadores, a sus posiciones. El torneo interno entre equipos esta por empezar.

El altavoz acababa de marcar el inicio.

Respiré hondo.

“Acá vamos” me dije para los adentros

………………O

Los primeros partidos pasaron rápido.

Golpes limpios.

Errores mínimos.

Movimientos constantes.

Mi mente y mi cuerpo coordinaban lo suficiente para ganar… pero no lo suficiente para tener un control total.

Faltaba algo.

Y cada vez que pensaba en los días anteriores, esa sensación regresaba.

Como una duda que no terminaba de disiparse.

Estaba en el graderío, inclinada hacia adelante, girando la raqueta entre mis manos, cuando el altavoz irrumpió el murmullo general.

—Final del equipo naranja. Cancha tres: Hazel contra Silene.

Solté el aire despacio.

Era momento.

Me levanté y caminé hacia la cancha.

Silene ya se encontraba al otro lado de la red para el saludo inicial.

—Suerte —dijo, sonriendo—, para mí.

Le devolví una sonrisa torcida que apenas alcanzó a ser una mueca.

Si quería jugar a eso…

Perfecto.

Pero había algo que tenía claro:

Ella no era mi competencia.

El pitido sonó, dando inicio al partido con su saque.

La pelota cruzó la red con velocidad.

Respondí.

Intercambio corto.

Punto mío.

Otro saque.

Otro punto.

Y otro.

Ventaja sobre cuatro para mí. Si seguía así, esto iba a terminar rápido.

Aproveché.

Presioné

Gané dos más.

Pero entonces un zumbido me hizo eco en la cabeza.

Me tocaba una devolución sencilla.

Tarde.

La pelota se fue larga.

Fruncí el ceño. No era un golpe difícil, no debí haber fallado.

Silene aprovechó el momento y recortó la distancia.

Otro punto.

Y otro.

Mi ventaja seguía, pero ya no se sentía igual.

Giré mi raqueta.




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