Los tonos anaranjados se colaron por mi ventana.
Estaba atardeciendo.
La casa estaba en silencio, era parte de estudiar en otro lugar que no era tu ciudad natal, pero ahora me parecía demasiado.
“Gané el segundo lugar.”
Eso era lo que todos pensaban.
Me senté sobre la cama, mirando por un momento el suelo, como si hubiera algo que entender ahí.
“Deberías estar feliz”
Exhalé lento.
No quería pensar en esa horrenda voz, ni en como todo lo que había hecho se había reducido a sus simples palabras.
Apreté la mandíbula.
—No —murmuré—. No es nada.
Pero no supe a quién se lo estaba dejando en claro.
El móvil vibró a ni costado.
Lo miré de reojo.
MP.
Fruncí levemente el ceño antes de abrir el chat.
MP: Tu saque perdió consistencia en el segundo set
Parpadeé.
Eso… no era lo que esperaba.
MP: Variaste menos el ángulo
MP: Te leyeron más rápido
MP: ¿Estabas nerviosa o fue decisión?
Lo releí un par de veces.
En definitiva, no me esperaba eso.
Tecleé.
Hazel: ¿Siempre analizas así?
Tardó unos segundos.
MP: solo cuando alguien juega mejor de lo que cree.
Fruncí el ceño.
No respondí.
Apagué la pantalla.
Solté un suspiro y me tendí en la cama.
Un golpe suave en la puerta me obligó a volver a abrir los ojos.
—¿Puedo pasar?
No esperó a responder.
—Sachi, no estoy…
La puerta se abrió igual.
Entró como siempre: sin permiso, con energía.
A veces veía necesario quitarle el duplicado de mi casa.
—¡Medallista! —dijo, avanzando hacia mí—. No podía no venir hoy.
No tuve tiempo de reaccionar antes de que me abrazara.
—Estoy tan orgullosa de ti —murmuró contra mi hombro.
Me quedé quieta un segundo y después le devolví el abrazo.
—Gracias.
Y lo dije en serio, pero quizá no del todo.
¿Me lo merecía?
Se separó apenas para mirarme mejor.
—Oye, esa cara no es de alguien que acaba de llegar a un final.
Forcé una sonrisa.
—Estoy cansada.
—Ajá —respondió, claramente sin creerme—. Bueno, no importa. Hoy no se negocia. Vamos a celebrar.
—Sachi…
—No.
Se cruzó de brazos como si fuera una decisión tomada por ambas.
—Hoy te toca disfrutarlo.
Abrí la boca para protestar, pero en ese momento sonó el timbre.
Las dos nos miramos.
—¿Esperas a alguien? —pregunté
Sachi sonrió y eso fue suficiente para saber que algo no me iba a gustar.
—Bueno… no exactamente.
Fruncí el ceño.
—Sachi.
Pero ya iba camino a la puerta.
La seguí, más por seguridad que por curiosidad.
Cuando abrió, no fue una persona.
Fueron dos.
—¡Sorpresa! —dijo el novio de Sachi, levantando una bolsa como si fuera una ofrenda.
Me quede tiesa.
Mi pijama de casa con motas moradas no estaba preparado para esto.
—Espero que no te moleste —añadió, entrando sin esperar respuesta—. Técnicamente nos invitamos solos.
Pero no fue él quien me hizo detenerme.
Fue la figura de atrás.
Archie.
Apoyado ligeramente contra el marco, con una camisa azul demasiado bien planchada para alguien que claramente no se había esforzado en el resto, observando todo con esa calma que ya empezaba a reconocer.
Nuestros ojos se cruzaron apenas un segundo.
Sostuvo la mirada un instante más de lo necesario.
Y luego, como si nada, desvió la atención hacia el interior.
—Vives lejos —dijo, sin saludo, como si fuera lo primero que notara.
Parpadeé
—…Hola —respondí, un poco tarde.
Una esquina de su boca se levantó apenas.
—Sí.
Eso fue todo.
—Si te niegas tendremos que secuestrarte —intervino Sachi, metiéndose entre ambos con una sonrisa demasiado evidente—. De ambas formas no te puedes quedar sola hoy.
—“Tendremos” —repetí, mirándola.
—Después me lo agradecerás —añadió, guiñándome un ojo.
Entrecerré la mirada, pero no respondí.
—¿Entonces? —insistió Sachi, cerrando la puerta detrás de todos —. ¿Salimos o pedimos algo?