Cuando el marcador miente

8

La notificación volvió a encender la pantalla.

Era el mismo mensaje.

Lo había leído tantas veces que ya no necesitaba abrirlo para recordarlo.

MP: ¿De verdad crees que no puedes dar más…?

Apreté el teléfono entre mis manos.

No era solo lo que decía.

Era la forma.

Como si supiera exactamente donde apretar.

MP: ¿Te estas acostumbrando a no intentarlo, Hazel?

Exhale despacio.

Ya tenía suficientes cosas en la cabeza.

El último partido, esa sensación incomoda de no estar a la altura… ni siquiera de mí misma.

No debería importarme, no que un desconocido, así como miles en redes, ahora tiraran un montón de comentarios sobre mis errores.

Pero…

“¿Desde cuando empecé a dejar que lo hicieran… y peor aún, que tengan razón?

La idea me tensó el pecho.

Aun así, abrí el chat.

Hazel: ¿Qué buscas?

Los tres puntos aparecieron casi de inmediato.

MP: Un trato.

Hazel: ¿Un trato?

MP: Te mostraré tus errores más frecuentes.

MP: Tú decides si haces algo con eso.

Mis dedos se quedaron suspendidos sobre la pantalla.

Hazel: ¿Y por qué lo harías?

Pausa.

Demasiado larga.

MP: Digamos que me entretiene ver hasta qué punto puedes llegar… cuando dejes de engañarte, claro.

Fruncí el ceño.

Hazel: ¿Quién eres?

MP: Alguien que ya te ha visto jugar.

Molestia.

Curiosidad.

Esa sensación incomoda que no terminaba de encajar.

Hazel: ¿Te conozco?

MP: No necesitas hacerlo.

Apreté el teléfono.

Evadir respuestas debería ser su deporte.

Hazel: Sigo sin entender qué ganarías tú.

Los tres puntos aparecieron, desaparecieron, volvieron.

MP: Ver si eres tan buena como dicen… o solo tienes suerte.

Vaya que si sabía a donde atinarle.

Hazel: ¿Y cuál es el trato?

MP: Mañana. En el parque de tenis. 6:00 a.m. Cancha 3.

MP: Si llegas tarde, mejor no empieces.

Leí el mensaje una vez más.

Directo. Seguro. Sin espacio para dudas.

Como si supiera firmemente que iba a ir.

Y claro… no se equivocaba.

………………O

El aire matutino me envolvió en cuanto pisé la cancha.

Frío.

Silencio.

La cancha 3 estaba vacía.

Como siempre a esta hora.

Dejé mi bolso en el banquillo y giré la raqueta entre mis dedos.

Esto era ridículo.

Ni siquiera sabía quién estaba detrás de esos mensajes.

Ni por qué había aceptado.

Ni por qué sentía que no venir… no era una opción.

Puse los ojos en blanco.

—Solo juega —murmuré.

Lancé la pelota.

La golpeé.

El sonido seco rebotó en la cancha.

Otro.

Más fuerte.

Otro.

Como si la fuerza pudiera ahogar lo que aún daba vueltas en mi cabeza.

Nada cambió.

Nada mejoró.

Exhalé con frustración.

Giré la raqueta.

Entonces, el tono de notificación.

Saqué el teléfono del bolsillo de la chamarra que tenia enlazada en la cintura.

Bajé la mirada.

MP: Tu agarre está demasiado rígido.

Levanté la vista de inmediato.

Las gradas.

Vacías.

Las otras canchas.

Sin movimiento.

El reflejo tenue en los ventanales de la cafetería continua.

Nada.




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