Cuando el marcador miente

9

El sonido de la cremallera al cerrarse rompió el silencio de mi cuarto.

Miré el reloj.

Iba tarde, pero no lo suficiente como para correr.

Me incliné frente al espejo, acomodando un riso que insistía en caer donde no debía. Mi reflejo se veía más… ligero.

No perfecto.

Pero mejor.

El entrenamiento de esa mañana seguía en mi cuerpo.

En los brazos.

En el ritmo.

En esa sensación extraña de que, por primera vez en días, todo parecía haber funcionado.

Solté el aire sonriendo.

Tal vez no estaba tan perdida como creía.

El teléfono vibró sobre la mesa.

Archie: No viniste hoy al entrenamiento.

Parpadeé.

Fruncí apenas el ceño.

—¿Qué…?

Claro que había ido.

Solo que no ahí.

Volví a sonreír, salir de lo habitual no resultaba tan malo.

Mi pulgar se quedó suspendido sobre la pantalla.

Podía responder.

Pero…

No sé.

No terminé de hacerlo.

Bloqueé el teléfono y lo dejé donde estaba.

Ya vería después, ahora, era momento de ir a clases.

Mientras pasaba por las calles, el clima también parecía estar de buen humor: un cielo despejado acompañado de una briza serena otorgaban las buenas tardes con cordialidad.

Al pasar la entrada, el campus estaba tan ruidoso como siempre.

Pero hoy no me molestaba.

Avancé entre la gente con paso más ligero, esquivando conversaciones ajenas sin sentirme atrapada en ellas.

Entré al aula.

Busqué mi asiento y me senté.

Abrí el cuaderno.

Sin duda tenía que empezar a repasar esas anotaciones si quería rendir bien en los siguientes exámenes.

“O por lo menos prestar atención a clase” pensé, soltando un suspiro.

Alcé la mirada y entonces… lo vi.

A lo lejos.

Entrando.

Mi ceño se frunció apenas.

Seguí su movimiento con la mirada mientras avanzaba por el pasillo entre filas.

—Raro…

Pensé en voz alta antes de poder evitarlo.

Bajé la mirada.

Volví a alzarla con disimulo.

Recorrí el aula.

Una vez.

Dos.

Como si el error fuera mío, como si tal vez fuera yo la que se hubiese equivocado de salón, pero no.

Era el mismo.

La misma pizarra.

Los mismos compañeros.

Entonces… ¿qué hacía él aquí?

La silla a mi lado se movió.

—Te faltó esto.

Giré el rostro fingiendo que no lo había visto.

Archie dejó la pulsera sobre mi cuaderno.

La miré por unos segundos y entonces recordé.

Claro, la que había olvidado en su auto la noche de la salida.

La tomé, colocándomela casi por inercia.

—Cierto… gracias.

—¿Es tu costumbre no responder los mensajes?

Alcé la mirada.

—¿Qué?

—Te escribí en la mañana.

Se recostó ligeramente en la silla, mirándome de lado.

—Como no respondiste, tuve que venir a buscarte.

Abrí la boca.

La cerré.

Ah.

Era por eso.

—No lo vi —mentí a medias.

—Ajá.

No sonó convencido.

Tampoco insistió y lo agradecí internamente.

—Entrenamiento flojo hoy —añadió, como si nada, apoyando el brazo sobre la mesa—. Demasiada gente que cree que ganar es cuestión de talento.

—¿Ah, sí? —pregunté, con algo de sorpresa.

Era la primera vez que Archie empezaba una conversación y no sarcástica.

—El entrenador estaba de mal humor.

—Qué novedad —dije negando con la cabeza.

Soltó una exhalación leve, casi sonriente.

—Dice que repetir hasta que duela es lo único que sirve.

Bajé la mirada un segundo.

—Suena… motivador.




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