Cuando el marcador miente

10

Mis dedos seguían apoyados sobre la manija del auto, pero mi atención estaba fija al frente.

El lugar no era lo que esperaba.

No era una academia.

No era una cancha cualquiera.

Era un albergue.

Las paredes estaban algo desgastadas, pintadas con colores que alguna vez fueron brillantes. Había dibujos pegados en las ventanas, algunos torcidos, otros ya descoloridos; y, aun así…

Se sentía vivo.

Mi mirada se movió lentamente hasta detenerse en la cancha.

Archie ya estaba ahí, agachándose frente a un niño pequeño, sosteniéndole la raqueta con paciencia, acomodándole la mano con cuidado.

—Así —lo escuché decir, más suave de lo que jamás lo había oído hablar—. No tienes que golpear fuerte… solo acompaña la pelota.

El niño asintió, concentrado.

Falló.

Archie sonrió.

—Otra vez —dijo, con calma y esperó.

Sin apuro.

Sin prisa.

Mi ceño se frunció apenas.

No por confusión.

Sino porque… no encajaba.

O tal vez sí.

Y yo no lo había visto en esta faceta antes.

Pasé la vaya que protegía el patio.

El sonido de mis pasos llamó la atención de algunos niños.

Uno de ellos me miró.

Luego otro.

Y en cuestión de segundos…

—¡Archie!

—¡Archie, vino alguien!

—¡Es tu novia!

Me quedé quieta.

—¿Qué?

Parpadeé.

Una niña se acercó corriendo, con una sonrisa enorme.

—¡Sí es, sí es! —afirmó, mirándome como si ya me conociera—. Siempre viene contigo, ¿no?

Abrí la boca.

Cerré.

—¡Tenemos alguien más para jugar! —dijo otro niño, dando brinquitos, seguido por los demás.

Sentí ese tirón incómodo en el pecho.

Ese que aparece cuando sabes que vas a romper algo.

Ilusión.

Expectativa.

Y no tuve corazón.

Sonreí.

Pequeño.

Suave.

—Sí… vine a ayudar hoy.

La reacción fue inmediata.

Risas.

Aplausos.

Manos pequeñas tirando de mis brazos.

—¡Ven!

—¡Yo quiero jugar!

—¡A mí me toca!

No tuve tiempo de arrepentirme.

Apeas di un paso hacia ellos cuando una voz, demasiado cerca, se deslizo detrás de mí.

¿Mi novia?

La voz llegó como una corriente eléctrica.

Demasiado cerca.

Demasiado baja.

Me quedé rígida.

Archie se inclinó apenas, lo suficiente para que su voz rozara mi oído.

—Interesante.

Sentí el calor subir directo a mis mejillas.

—Yo…

—Ahora me debes otra —añadió, con ese tono que ya empezaba a reconocer—. Mentirle a los niños no es buena idea.

Tragué saliva.

No me giré.

No podía.

Porque si lo hacía…

—Archie —interrumpió uno de los niños, tirando de su camiseta—. ¡Ella va a jugar conmigo!

Él se enderezó.

—Claro —respondió cambiando a un tomo mucho más dulce.

Su mano rozó apenas mi hombro al pasar.

—Disfruta que tienes su atención, novia —dijo antes de alejarse.

Cerré los ojos un segundo.

Esto iba a ser un problema.

—¡Ven! —insistió el niño, tirando de mi mano.

No me dejó pensar más.

Caminé con él hasta el campo de saque.

—Sujeta así.

Me agaché frente al niño, ajustándole la raqueta en esa pequeña manita.

—No necesitas golpear fuerte, ¿sí? A veces los mejores tiros, vienen desde aquí —señalé su corazón.

La lanzó.

Falló.

Me miró con duda.

—Otra vez —dije, sonriendo—. Verás que funciona.

Y esta vez…

Le dio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.