Cuando el marcador miente

11

El sonido de la alarma me atravesó la cabeza.

Gruñí, tanteando a ciegas hasta encontrar el teléfono y silenciarlo.

Abrí los ojos apenas, mirando el techo sin moverme.

Mi cuerpo pesaba.

No como después de un partido.

Peor.

—…Levántate, Hazel —murmuré, con la voz todavía dormida.

Giré un poco el cuello, estirándome con cuidado.

Ahí estaba.

El ardor en los brazos, la rigidez en las piernas y ese cansancio que no se iba con solo dormir.

Cerré los ojos un segundo más, mientras mi mente fue hasta los recuerdos del dia anterior: Los niños y Archie.

Correr con ellos.

Repetir movimientos.

Agacharme, levantarme, volver a explicar.

Sonreí.

—Necesito estar en mejor forma… —susurré—, y también su energía.

Suspiré, dejándome caer un segundo más contra la almohada.

Luego miré la hora.

5:51 a.m.

—…genial.

Me senté despacio, pasando una mano por mi cabello.

—Seis de la mañana —murmuré—. ¿En qué momento acepté esto?

Salir de casa se sintió más automático que consciente.

Sudadera.

Raqueta.

Cabello medio recogido.

Puerta.

Calle.

El aire frío terminó de despertarme.

Caminé con las manos metidas en los bolsillos, avanzando por calles todavía medio dormidas.

No había ruido, ni gente, solo ese silencio raro de las mañanas muy temprano.

Bostecé.

—Definitivamente esto debería ser ilegal…

La reja del parque apareció al final de la calle.

Empujé con cuidado.

El metal hizo un leve ruido al abrirse.

Entré.

Y como esperaba…

Nada.

Ni una sola persona.

Las canchas vacías.

Las gradas en silencio.

El eco suave de mis propios pasos.

Cerré la reja detrás de mí y avancé hacia la cancha.

—Como siempre —murmuré—. Nada sospechoso.

Dejé el bolso a un lado, saqué la raqueta y una pelota.

Rebote.

Rebote.

Rebote.

Saqué el teléfono.

Dudé un segundo.

Hazel: Llegué.

Guardé el celular.

Pelota al aire.

Golpe.

Vibración.

MP: Llegaste tarde.

Solté una pequeña risa nasal.

Tomé el teléfono.

Hazel: Fueron minutos.

MP: Fueron suficientes.

Rodé los ojos.

Volví a la cancha.

Golpe.

Fallé.

Chasqueé la lengua.

MP: ¿Día pesado?

Exhalé.

Hazel: Algo así.

Golpe.

Golpe.

El cuerpo no respondía del todo.

Hice otra pausa.

MP: Estás forzando el brazo.

Bajé la mirada hacia mi muñeca.

Hazel: Ya lo corregí.

MP: No del todo.

Fruncí el ceño.

Ajusté un poco el agarre.

Silencio.

Miré el teléfono unos segundos más.

Pensando.

Hazel: ¿Con que frecuencia juegas tenis?

Los tres puntos aparecieron.

MP: Lo suficiente.

Entrecerré los ojos.

Hazel: Eso suena a que bastante.

MP: Suena a que sigas practicando.

Resoplé.

Guardé el móvil en el bolsillo de la chamarra que había amarrado en mi cintura.

Golpe.

Golpe.

Débil.

Saques torpes.

Movimientos lentos.

Y, aun así, ligeramente ajustados.

En definitiva, estaba cansada.

Hoy no estaba siendo eficiente.

Me sentía en un lapso de cámara lenta.

Volvía a tomar el teléfono, mientras me sentaba en el graderío para beber agua.

Hazel: ¿Eres del equipo?

MP: Llegas tarde a tu propio saque.

Hazel: ¿Entrenador?

MP: Más temprano.

Chasqueé la lengua.

Hazel: ¿Algo?

Silencio.

Más largo esta vez.




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