Lunes otra vez.
El peor día para volver a empezar… o el mejor.
El campus estaba lleno de movimiento como cualquier inicio de semana, pasos rápidos, afluencia estudiantil, voces a medio despertar, chicos que corrían para llegar en el tiempo de tolerancia y otros que claramente no hacían ni el mínimo esfuerzo por estar aquí.
Ajuste la correa de mi bolso mientras cruzaba hacia las canchas
Para mí no era un día pesado, empezaba con práctica de tenis en la universidad por el mañana y terminaba con un par de horas de clase por la tarde. Nada fuera de lo normal, pero, aun así, la motivación había decidido aparecer sin previo aviso.
Quizá había sido el buen descanso de la noche anterior.
O todo lo contrario.
El fin de semana me lo había pasado entre buscar pistas de MP, sin mucho éxito, reorganizar mis horarios para encajar sus prácticas con las del equipo… y, de paso, lidiar con Sachi, que había decidido entrar en crisis emocional por su última pelea.
Exhalé despacio.
Sí, la universidad se había vuelto mi refugio.
Mi teléfono vibró.
Lo saque sin detenerme.
MP: No olvides que pensar demasiado no mejora el saque.
Fruncí el ceño.
Desde cuando los consejos se emitían fuera de cancha.
Hazel: ¿Y qué pasa si es que no puedo dejar de pensar?
Los tres puntos aparecieron casi al instante
MP: Se convierte en mal habito.
Rodé los ojos.
No me estaba ayudando en nada.
Guardé el celular justo antes de entrar a la cancha.
—Señorita Blake.
El entrenador ya estaba reuniendo al equipo.
Me acomodé entre los demás, soltando los hombros.
Algunos bostezaban, otros apenas estiraban.
Volver a la rutina no era fácil.
—Antes de empezar —dijo—, quiero presentarles a alguien.
Un leve murmullo se levantó, acompañado de risitas.
No era sorpresa.
Los rumores siempre corrían rápido.
—Se suma como apoyo técnico esta temporada.
Me levante ligeramente de puntitas, lo suficiente para verlo bien.
Arthur.
De pie junto al entrenador, relajado, como si este lugar ya le perteneciera. Nada incomodo, ni nuevo, simplemente… ubicado.
—Arthur —terminó el entrenador—, puedes decir algo si quieres.
Él negó suavemente.
—No voy a hablar mucho —dijo, con un tono tranquilo—. Prefiero ver cómo juegan.
El entrenador asintió.
—Bien —dijo aclarándose la garganta—. A calentar y luego roten.
El grupo comenzó a dispersarse.
Gire sobre mis talones para ir hacia la línea de fondo.
—Hazel.
Me detuve en seco.
Volteé.
Arthur estaba a un par de pasos.
—Tú eres Hazel, ¿verdad?
Asentí, con la raqueta aún en la mano.
—Sí.
Una leve sonrisa, amable, pero medida.
—Bien —dijo observando mi raqueta, provocando que mi agarre se intensificara.
Las palabras parecieron perderse en un silencio breve como si en cualquier momento fuera a añadir algo más, pero no lo hizo.
—A calentar —indicó al final, con un gesto suave de la cabeza hacia la cancha.
Simple.
Profesional.
Pero su mirada se quedo un segundo más sobre mi agarre, lo suficiente para sentirme nerviosa.
Asentí de vuelta y me giré caminando hasta la línea de saque, donde otros tres compañeros del equipo ya se encontraban practicando.
Dejé caer la pelota un par de veces.
Exhalé.
Alcé la mano, elevé el balón y golpeé.
Un saque limpio.
El brazo respondió bien.
Otro más.
El ritmo se marcó rápido.
A lo lejos, en una de las canchas antiguas, reconocí una silueta familiar.
Archie.
Movimientos precisos, golpes secos, sin esfuerzo aparente. No estaba prestando atención a nada más, como siempre o eso parecía, porque en el siguiente intercambio, su mirada se alzó, directo, como si hubiera sentido la mía.
El golpe salió igual de limpio, pero su atención ya no estaba del todo en el juego.
Sostuve el contacto un segundo… dos, y fui yo quien la desvió primero porque mi teléfono vibró.