Cuando el marcador miente

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Desperté con el sonido del celular vibrando contra la madera de la mesita de noche.

El brazo me pesaba demasiado como para moverme rápido, así que tanteé a ciegas entre las sábanas hasta encontrarlo.

La pantalla iluminó apenas la habitación todavía azulada por la mañana.

MP

Mi sueño desapareció con la misma rapidez con la que apareció el nombre.

MP: Avísame cuando llegues.

Me quedé mirando el mensaje un par de segundos.

Afuera, el cielo todavía parecía indeciso entre amanecer o seguir durmiendo. La casa estaba silenciosa y fría, de esa forma extraña en la que todo parece suspendido antes de que el día empiece de verdad; y aun así, ahí estaba yo, completamente despierta por un mensaje de siete palabras.

Ridículo.

Dejé caer el teléfono sobre la almohada y me cubrí la cara un segundo. Necesitaba urgentemente recuperar algo de dignidad.

La ducha ayudó un poco.

El agua caliente terminó de despertarme mientras repasaba mentalmente todo lo que había practicado esos últimos días:

Los errores.

Los reflejos tardíos.

Las devoluciones mejoradas.

Las correcciones

Él…

Aunque ni siquiera sabía cómo se veía y ni con la imaginación me bastaba para crear una representación del cómo sería. Inútilmente, ya lo había intentado un par de veces en la semana

La forma en que aparecía en mis días últimamente. Como esas canciones que uno escucha por accidente un par de veces… y de pronto descubre tarareando sin darse cuenta.

Cuando terminé de cambiarme, me miré un segundo en el espejo.

Tal vez debería intentar controlar un poco los rizos, pensé mientras recogía el cabello en un moño alto.

Incliné apenas la cabeza hacia un lado.

No estaba mal.

Aunque…

Abrí el armario otra vez y cambié la camiseta.

El blanco probablemente combinaba mejor con el azul del conjunto.

Me quedé observando el resultado un segundo más.

Luego fruncí ligeramente el ceño hacia mi propio reflejo.

—Estás yendo a entrenar —murmuré—. No a protagonizar una campaña deportiva.

El trayecto hasta las canchas estuvo acompañado por el típico ruido de la ciudad despertando lentamente.

Motores.

Conversaciones lejanas.

El chirrido ocasional de alguna tienda abriendo.

Pero debajo de todo eso había otra sensación.

Una especie de expectativa inquieta instalada justo debajo de las costillas. Como si algo estuviera a punto de empezar.

Apenas crucé la entrada del club, saqué el celular.

Hazel: Ya llegué.

La respuesta apareció rápido.

MP: Cancha tres.

MP: Hay una máquina lanzabolas al fondo.

MP: Inicia llamada.

MP: Solo activa el lector.

Fruncí apenas el ceño.

Hazel: Eso sonó sospechosamente clandestino.

Pasaron dos segundos.

MP: Y aun así obedeciste.

Rodé los ojos mientras iniciaba la videollamada.

La cámara frontal mostró mi cara por un segundo ante de que la girara hacia la cancha.

Pantalla negra del otro lado.

Ni imagen, ni voz.

Nada.

Solo el pequeño indicador de que seguía conectado.

Qué persona tan rara.

Abrí el lector automático de mensajes y dejé el celular apoyado contra mi botella de agua sobre la banca.

La voz artificial hizo una pequeña prueba.

“Lector activado.”

Hice una mueca inmediata.

—Esto parece el inicio de una película de secuestro tecnológico.

El teléfono permaneció en silencio medio segundo.

Luego apareció el mensaje que fue leído por la IA con su tono característico neutral.

—“Tu dramatismo necesita más calentamiento que tu revés.”

Solté una risa involuntaria.

Esto iba a ser demasiado extraño.

Me até mejor la coleta antes de entrar a la cancha.

La mañana todavía conservaba ese aire fresco que desaparecía apenas el sol terminaba de subir. El suelo de arcilla crujía suavemente bajo las zapatillas mientras comenzaba a trotar alrededor de la línea de fondo.

Movilidad.




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